El Velo De La Rosa

Capítulo 60: El futuro de la Rosa Blanca

El despacho principal del castillo respiraba una calma poco habitual.

No se escuchaban discusiones, ni golpes en la mesa, ni gritos de frustración. Tampoco se oía el estruendo de cristales rompiéndose o pasos apresurados huyendo por los pasillos. Aquella tarde, el ambiente era serio, concentrado y cargado de una importancia que flotaba en el aire como una promesa silenciosa.

Sobre la enorme mesa de roble oscuro, pulida hasta reflejar la luz de las lámparas de aceite, se extendía un verdadero mar de documentos: informes detallados, mapas dibujados con precisión milimétrica, registros de cuentas, sellos de autoridad y pergaminos que llevaban grabados los emblemas de las más importantes instituciones del reino.

Anna estaba de pie a un lado, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada fija en el mapa principal. Cuanto más tiempo pasaba observándolo, más le costaba asimilar lo que veía.

—Esto era mucho más pequeño —murmuró, como si hablara para sí misma.

Demian, sentado en el extremo opuesto y hojeando un registro, soltó una sonrisa tranquila.

—Lo era. Mucho más.

—Tan pequeño que apenas cubría lo necesario para vivir —añadió ella, señalando con el dedo una zona marcada con líneas antiguas—. Aquí estaba la casa principal. Alrededor, solo algunos campos de cultivo y un pequeño bosque para leña.

Deslizó el dedo hacia el norte.

—Esto era bosque cerrado.

Luego hacia el sur.

—Y esto también. Nadie se atrevía a entrar más allá de los límites originales.

Selene, que permanecía recostada en su sillón con un libro cerrado sobre el regazo, asintió con calma.

—Ahora ya no lo es.

Anna se quedó en silencio unos segundos, recorriendo con la vista toda la extensión dibujada sobre el pergamino. La diferencia era abismal. Donde antes había solo naturaleza salvaje o tierras abandonadas, ahora se veían trazados claros: nuevas calles, barrios enteros de viviendas, talleres de oficios, almacenes bien organizados, campos de cultivo que se extendían hasta donde alcanzaba la vista, pequeñas plazas, caminos empedrados que conectaban todo el territorio y varias zonas marcadas con símbolos de construcción para los próximos años.

El crecimiento no había sido desordenado; había sido planeado, sólido y constante.

—¿En qué momento ocurrió todo esto? —preguntó finalmente, con una mezcla de sorpresa y orgullo que intentaba disimular.

—Mientras estabas ocupada recorriendo el territorio para sanar lo que otros habían roto —respondió Selene con suavidad.

—Y estudiando magia antigua, estrategia y leyes —añadió Demian.

—Y metiéndote en problemas en tres provincias distintas —completó su hermana mayor con una media sonrisa.

—No provoqué tantos problemas —se defendió Anna, frunciendo el ceño.

—Anna…

—Bueno… quizás algunos pequeños. Pero nada que no pudiera arreglar.

Selene simplemente la miró con esa expresión que decía más que mil palabras. Anna decidió ignorarla y centrar su atención en los demás papeles.

Frente a ellos había otro documento, uno que contenía información todavía más reveladora: el registro actualizado de todos los habitantes que vivían en aquellas tierras.

No eran solo humanos.

Allí figuraban comunidades enteras de enanos, que habían llegado para trabajar en la explotación responsable de los minerales y en la construcción. También elfos, que habían encontrado en los bosques renovados un lugar donde vivir en paz y compartir sus conocimientos sobre la tierra. Había grupos de ogros y otras razas que en otros lugares eran vistas con desconfianza, pero que aquí habían encontrado trabajo y respeto. Y, más recientemente, habían empezado a llegar familias de demonios, buscando un refugio donde no fueran juzgados solo por su apariencia.

Cada grupo tenía su propio representante, sus acuerdos y sus derechos bien definidos.

—Lady Altheria ha hecho un trabajo extraordinario —comentó Anna, reconociendo el esfuerzo de la administradora que había puesto al frente de los asuntos cotidianos.

—Lo ha hecho —confirmó Selene—. Aunque sigue insistiendo en que todo esto es mérito tuyo.

Anna dejó escapar un suspiro largo. Porque, en el fondo, sabía que era cierto. Lady Altheria gestionaba cada detalle, resolvía conflictos y organizaba los recursos, pero la autoridad final, la decisión de abrir las puertas, de cambiar las reglas y de ofrecer una oportunidad a todos, había partido de ella. La finca seguía siendo su propiedad, y todo lo que ocurría allí llevaba su nombre.

Por eso estaban reunidos aquella tarde.

Anna alargó la mano y tomó el documento más importante de todos, el que había estado preparando durante semanas.

—Quiero presentar la solicitud oficial —dijo con voz firme y clara.

Demian levantó la vista, arqueando una ceja con atención.

—¿Estás segura? Sabes lo que esto implica, ¿verdad?

—Completamente segura.

Selene también se inclinó hacia adelante, observando el pergamino. Ya sabía de qué se trataba: era la petición para que aquella zona dejara de ser considerada simplemente una finca privada o una extensión de las tierras del gobernador, y obtuviera el reconocimiento como ciudad independiente dentro de los dominios de la Casa D’Valrienne.

Un cambio de estatus que no era solo un trámite burocrático. Era un salto gigantesco.

Demian tomó el documento, lo desdobló con cuidado y comenzó a leerlo en silencio, recorriendo cada línea con atención. El tiempo pareció ralentizarse mientras sus ojos se movían por el texto. Cuando terminó, dejó los papeles sobre la mesa y se recostó en su silla, cruzando las manos.

—Es posible —dijo finalmente.

Anna levantó la vista rápidamente, con una mezcla de esperanza y cautela.

—¿En serio? ¿No hay impedimentos insalvables?

—No es que sea fácil —aclaró él de inmediato—, pero es posible. Primero necesitaremos la aprobación del Consejo Imperial. Luego el visto bueno del Gran Canciller, que revisará cada cifra y cada ley. Y finalmente el sello del Emperador.




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