El Velo De La Rosa

capitulo 61: una moneda de varias caras

Sylwen permanecía de pie frente a la gran puerta de roble macizo, decorada con tallados finos que representaban las ramas de la casa D’Valrienne. Durante varios segundos, simplemente se quedó allí, observando la madera pulida y sin atreverse a levantar la mano.

No estaba segura de por qué había terminado en ese lugar. O quizás sí lo sabía, pero le costaba aceptarlo.

Los últimos días habían sido extraños, confusos y llenos de sensaciones contradictorias. Había recorrido las calles de la ciudad, había escuchado las conversaciones de los habitantes, había visto cómo todos hablaban de Anna con gratitud, respeto y hasta cariño. Y por más que lo intentaba, por más que veía los cambios con sus propios ojos, seguía sin poder encajar todas las piezas. El dolor del pasado y la realidad del presente chocaban en su mente, dejándola con más preguntas que respuestas.

Por eso, al final, había caminado hasta aquí. Frente al despacho de Selene, la persona que más tiempo había compartido con Anna y que, quizás, podría ayudarla a entender.

Respiró hondo, reunió valor y finalmente levantó la mano.

Toc.

Toc.

Toc.

—Adelante —respondió una voz serena y clara desde el interior.

Sylwen empujó la puerta lentamente y entró. El despacho era amplio, luminoso y elegante, con paredes revestidas de madera oscura, estanterías llenas de libros y mapas, y un gran ventanal por donde entraba la luz suave de la tarde. Como siempre, la mesa de trabajo estaba cubierta de documentos, informes y pergaminos sellados, señal de que la administración del territorio nunca descansaba.

Selene estaba sentada detrás de ella, inclinada sobre unos papeles y con una pluma en la mano. Ni siquiera levantó la vista de inmediato, acostumbrada a que la visitaran por asuntos de trabajo.

—Toma asiento, Sylwen —dijo con calma, sin dejar de leer.

La elfa obedeció y se sentó en una silla frente al escritorio. El silencio se instaló en la habitación, roto solo por el sonido suave de las hojas al pasar. Uno, dos, tres minutos pasaron en esa quietud, hasta que finalmente Selene dejó la pluma, apartó los documentos y levantó la mirada con atención.

—Bien —dijo, cruzando las manos sobre la mesa—. Veo que no vienes por un asunto de rutina. ¿Qué es lo que te preocupa?

Sylwen dudó unos instantes, buscando las palabras para expresar todo lo que sentía y pensaba. Al final, decidió ir directo al grano, tal como solía hacer.

—Quiero preguntarle algo. ¿Qué piensa usted de Anna?

Selene parpadeó, sorprendida por la pregunta tan directa y personal. Por primera vez en toda la conversación, su expresión cambió, y el silencio que siguió fue distinto: más pesado, más íntimo, cargado de recuerdos y sentimientos que no se mencionaban a la ligera.

La mujer se recostó lentamente contra el respaldo de su silla, dejando caer los hombros como si esa pregunta le exigiera bajar la guardia. Durante unos segundos pareció estar buscando con cuidado cada palabra, como si estuviera desenterrando recuerdos guardados en el fondo de su memoria.

—Sinceramente… —empezó, y su voz sonó más suave, más cercana— ni siquiera yo lo sé con certeza.

Sylwen se quedó inmóvil, confundida. Esa no era la respuesta que esperaba. Había imaginado que diría que era su hermana, que la quería, que confiaba en ella… pero no esa duda tan abierta.

—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó con curiosidad.

Selene soltó una pequeña risa, pero no era una risa alegre, sino cansada, como quien reconoce una verdad compleja.

—Quiero decir que mi hermana ha sido demasiadas personas distintas en una vida demasiado corta. Y cada una de ellas ha sido tan diferente de la anterior que a veces me pregunto si hablamos de la misma persona.

Su mirada se desvió hacia el gran ventanal, donde se veían los tejados de la ciudad y el horizonte iluminado por el sol. Parecía estar mirando algo que ya no estaba allí, algo que quedaba muy atrás en el tiempo.

—Aún recuerdo cuando era solo una niña —continuó, y en sus labios apareció una sonrisa sincera y nostálgica—. Entonces era completamente distinta. Era pequeña, inquieta, curiosa y muy cariñosa. Siempre andaba pegada a mí, como si yo fuera su refugio seguro.

Sylwen no pudo ocultar su asombro.

—¿Anna? ¿Lady Anna?

—La misma —afirmó Selene, asintiendo con suavidad—. En las fiestas y reuniones de la nobleza, se escondía detrás de mi vestido y no quería salir.

—¿Por miedo? —preguntó la elfa, intentando imaginar esa escena.

—No exactamente por miedo, sino porque le parecían aburridos y ridículos —respondió Selene, y la sonrisa se hizo más amplia—. Los llamaba “los gordos feos que hablan sin decir nada”.

Sylwen tuvo que hacer un esfuerzo para no dejar ver su sorpresa. Esa forma de hablar, esa franqueza sin filtros, sonaba demasiado parecida a la Anna que conocía ahora.

—Cuando había galas o cenas largas, siempre buscaba la forma de escapar —añadió—. Y si Demian estaba cerca, los dos desaparecían sin dejar rastro. Una vez tardamos horas en encontrarlos… estaban escondidos en la despensa de las cocinas, comiendo pasteles y tartas a escondidas.

Sylwen no supo qué responder. Esa imagen no encajaba con ninguna de las versiones de Anna que había conocido: ni con la tirana fría y distante, ni con la gobernante decidida y responsable de ahora. Era una persona completamente distinta, pero al mismo tiempo tenía rasgos que le resultaban familiares.

Pero entonces, la sonrisa de Selene se desvaneció lentamente. La luz en sus ojos se apagó un poco, y el ambiente de la habitación cambió de golpe, volviéndose más denso y serio.

—Pero luego llegó la otra Anna —dijo en voz más baja y grave.

El silencio volvió a caer entre ellas, pero esta vez estaba cargado de dolor.

—La que nuestros padres construyeron —continuó Selene, y su voz sonó más fría, más distante, como si estuviera hablando de algo ajeno—. Cuando vieron que la niña era inteligente y tenía un gran potencial, decidieron que debía ser la heredera perfecta: estricta, orgullosa, sin debilidades, sin sentimientos que pudieran “estorbar”. Le enseñaron que el poder era lo único que importaba, que la compasión era una debilidad y que las demás personas eran solo herramientas o estorbos.




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