El Velo De La Rosa

Capítulo 62: El lugar al que siempre podrás volver

La mañana llegó con un cielo completamente despejado, de un azul intenso sin una sola nube que lo interrumpiera. El sol ya había subido lo suficiente para iluminar todo el patio principal del castillo, calentando las losas de piedra y haciendo brillar las hojas de los árboles que bordeaban el camino.

El lugar estaba lleno de movimiento y actividad. Frente a la entrada principal, los carruajes de madera oscura y ruedas reforzadas ya esperaban listos para partir. Los soldados revisaban las correas, acomodaban los cofres de equipaje y aseguraban las provisiones para el largo viaje de regreso a la capital imperial. Los caballos, bien alimentados y cepillados, piafaban con suavidad, impacientes por ponerse en marcha.

Garoum recorría el grupo con paso firme, revisando cada detalle una y otra vez, mientras Lyra daba instrucciones claras y precisas a los guardias que escoltarían el camino. Todo estaba organizado, todo en su sitio… solo faltaba una persona.

Anna.

—Bueno… —la mujer dejó escapar un pequeño suspiro, cruzando los brazos mientras observaba el ir y venir de todos con una mezcla de resignación y ganas de quedarse—. Supongo que ya es hora de volver a la capital.

No alcanzó a dar ni un solo paso hacia los carruajes cuando unos brazos la rodearon por la espalda con una fuerza suave pero firme, impidiéndole avanzar.

—¿Eh? —se sorprendió ella, girando la cabeza sin poder moverse.

—Un poquito más… déjame quedarme así un momento —pidió la voz de Selene, cálida y cercana, llegando desde detrás de su hombro.

Anna no pudo evitar sonreír, sacudiendo levemente la cabeza con resignación.

—Hermana, si sigues abrazándome así, no voy a poder salir nunca de aquí.

Selene no respondió con palabras, solo apoyó la mejilla sobre el hombro de Anna, exactamente igual que hacía cuando ambas eran niñas pequeñas y Anna buscaba refugio en ella, o cuando simplemente quería sentirse acompañada. Permaneció así unos segundos, sin decir nada, dejando que el silencio hablara por sí mismo.

Anna soltó una risa suave.

—No es como si me fuera a la guerra, ¿sabes? Solo voy a la capital a entregar unos papeles y atender asuntos oficiales. Volveré en menos de dos semanas.

—Para mí es exactamente lo mismo —respondió Selene sin soltarla, con un tono que mezclaba cariño y preocupación—. Cada vez que te vas, me paso el tiempo imaginando todas las formas posibles en las que puedes meterte en problemas, enredarte en discusiones o hacer algo que termine con toda la corte mirándote con cara de horror.

—¡Exageras! —protestó Anna, aunque no hizo ningún esfuerzo por deshacerse del abrazo.

—No exagera nada —dijeron dos voces al mismo tiempo, una detrás de la otra.

Anna levantó una ceja, girándose lo suficiente para ver cómo Demian se acercaba con las manos a la espalda y una sonrisa divertida en los labios.

—Ah, ahora los dos se ponen de acuerdo —se quejó ella con fingida molestia—. Pues bien, los dos exageran. Soy perfectamente capaz de cuidarme sola.

Demian soltó una carcajada sincera, y sin previo aviso alargó la mano y le desordenó completamente el cabello que ella se había peinado con tanto esmero esa mañana.

—¡Oye! —Anna se apartó de un salto, levantando las manos para intentar arreglar el desastre—. ¡Me tomó casi media hora dejarlo bien! ¡Y ahora lo has dejado hecho un nido de pájaros!

—Así está mucho mejor —respondió él, riéndose más fuerte—. Se ve más tú, menos señora importante y más hermana que conozco.

—¡Quedó horrible! —insistió ella, intentando alisar los mechones rebeldes sin mucho éxito.

—Digo que está mejor y punto —repitió Demian, con esa sonrisa que siempre conseguía hacerla enfadar y luego reírse al mismo tiempo.

Pero poco a poco, su expresión cambió. La broma se desvaneció, dando paso a una mirada más seria, más cálida y llena de confianza. Se acercó un poco más y habló en un tono que solo ella podía escuchar con claridad.

—Escúchame bien, Anna. No importa lo que ocurra allá afuera, no importa lo que digan, lo que piensen o lo que intenten hacerte.

Volvió la vista hacia el gran castillo detrás de ellas, y luego más lejos, hacia las calles que se extendían hasta los límites de la ciudad, donde se veían los tejados nuevos, los campos verdes y la gente moviéndose libremente.

—Esta ciudad, esta tierra, y todo lo que hemos construido aquí… siempre serán tu hogar. Siempre. No importa dónde estés, ni cuánto tiempo pase, ni si las cosas se ponen difíciles. Aquí siempre tendrás un lugar al que volver, y personas que te esperan.

Anna se quedó inmóvil, con la mano todavía en el cabello, y sintió cómo la preocupación se desvanecía para dar paso a una sensación de seguridad profunda. Entonces sonrió: una sonrisa pequeña, tranquila y completamente sincera.

—Gracias… —respondió en voz baja, casi un susurro.

Desde el interior de uno de los carruajes, Eliana apoyaba un brazo sobre el marco de la ventana y observaba toda la escena con una sonrisa divertida, mientras Lyra estaba a su lado preparando las provisiones de viaje.

—Mírala —comentó Eliana, bajando un poco la voz para que nadie más lo oyera—. Hace apenas diez minutos estaba discutiendo con el cocinero, jurando y perjurando que ella no había tocado ni un solo pastelillo y que la única culpable era Lira.

Lyra soltó una risa baja, negando con la cabeza.

—Y cuando las encontramos escondidas en la despensa, todavía tenían restos de azúcar en la mejilla y migas en el cuello.

—Y aun así seguía diciendo que eran pruebas insuficientes para condenarla —añadió Eliana, y ambas terminaron riéndose entre dientes.

A pocos metros de distancia, Selene se agachó hasta quedar exactamente a la altura de la pequeña Lira, que estaba esperando junto a Anna con su pequeña mochila ya lista, observando todo con curiosidad.

—Lira —la llamó Selene con mucha dulzura.

La niña inclinó la cabeza a un lado, con sus grandes ojos oscuros atentos.




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