El Velo De La Rosa

Capítulo 63: un futuro incierto

El sol apenas comenzaba a elevarse sobre el horizonte, tiñendo de tonos dorados y anaranjados los extensos campos verdes que se extendían alrededor de la finca de Anna. La brisa de la mañana traía consigo el olor a hierba fresca y tierra húmeda, creando una atmósfera tranquila, aunque en el patio principal la actividad era constante y ordenada.

Varios carruajes ya estaban alineados, listos para partir. Soldados de distintas razas revisaban las correas, aseguraban las cajas y organizaban las provisiones para un viaje que duraría varios días. Uno de los vehículos destacaba por su estructura reforzada con vigas de madera resistente y hierro, diseñado para proteger su contenido. En su interior, envueltas en telas suaves y colocadas sobre paja, descansaban con mucho cuidado las piedras extraídas de las nuevas minas descubiertas en el territorio de Anna. Una parte sería llevada a la ciudad de los gobernantes para su evaluación oficial, y el resto continuaría hasta la capital imperial, donde Lady Anna quería que fueran analizadas por los mejores especialistas de la Academia.

En medio de la actividad de preparación para el viaje, se alzaba la figura de Lythariel Aelthir, la líder de la comunidad élfica.

Era una elfa de presencia imponente y belleza serena, con más de trescientos años de vida que se reflejaban en cada gesto y en la profundidad de su mirada. Medía 1,75 metros, con una figura esbelta y elegante, digna de su condición de guía y representante de su pueblo. Su cabello, largo y brillante como la luz de la luna recién nacida, caía en ondas sueltas hasta la cintura, adornado con una delicada diadema de filigrana dorada incrustada con esmeraldas verdes que resaltaban sus rasgos finos y pálidos. Sus ojos, de un color dorado cálido y profundo, podían mostrar una calma absoluta, una profunda reflexión o una firmeza implacable cuando la situación lo exigía.

Vestía una túnica ceremonial de tono marfil y blanco puro, bordada con intrincados símbolos antiguos en hilo dorado que representaban su vínculo con la naturaleza y su autoridad. Sobre ella llevaba un manto de terciopelo verde oscuro, sujeto a los hombros con broches de piedras preciosas. En su mano derecha sostenía un bastón ceremonial tallado en madera antigua y espiritual, rematado en su parte superior por una gran gema verde luminosa, símbolo de su poder y de su rol como guardiana de su gente.

Su personalidad era la de alguien que había aprendido a sobrevivir a guerras, migraciones y traiciones: serena, paciente y profundamente inteligente, siempre dispuesta a anteponer el bienestar de su pueblo por encima de sus propios sentimientos o rencores. Aunque guardaba en su interior el dolor por la pérdida de su esposo, había elegido dejar atrás el odio para buscar un futuro de convivencia y paz.

Junto a ella, Lady Altheria observaba toda la preparación con satisfacción. Cuando se acercó, le entregó un sobre cuidadosamente sellado con cera roja y el emblema de la Rosa Blanca.

—Entrégaselo personalmente a Lord Demian y a Lady Selene —le indicó con voz amable pero firme—. Contiene todos los informes necesarios sobre nuestra situación y nuestras propuestas.

Lythariel recibió la carta con ambas manos, con la misma dignidad que la caracterizaba.

—Así lo haré.

Altheria sonrió con calidez, dejando ver en su mirada recuerdos de tiempos pasados.

—Hace muchos años también cuidé de ellos, igual que después cuidé de Anna. Sé que, aunque el camino ha cambiado, siguen siendo personas de palabra.

Lythariel inclinó levemente la cabeza.

—Lo sé. Lady Anna me habló mucho de usted y de lo que han construido aquí.

—Entonces seguro que exageró un poco —respondió Altheria con una pequeña risa—. Pero el fondo es verdad.

Ambas intercambiaron una última mirada llena de confianza antes de despedirse.

Pocos minutos después, el carruaje principal abandonó lentamente la finca. En su interior viajaba Lythariel, acomodada con elegancia. Frente a ella permanecía sentado su guardia personal: Eryndor Vaelis, un elfo de cabello castaño oscuro y ojos verdes, de expresión siempre serena y atenta. Desde que su hija Sylwen había partido hacia la Academia, él había asumido la responsabilidad de protegerla.

Alrededor del vehículo avanzaba una escolta variada y bien preparada: cinco soldados elfos ágiles y silenciosos, dos guerreros orcos de complexión fuerte, dos hombres bestias con sentidos agudizados y un maestro artesano enano que no dejaba de mirar a todos lados con curiosidad.

—Dicen que esa ciudad ha cambiado mucho —comentó el enano mientras acomodaba su mochila llena de herramientas—. Tengo ganas de ver qué materiales usan ahora.

Uno de los orcos soltó una carcajada profunda.

—Yo solo espero que tengan buena comida y cerveza. Si eso ha mejorado, todo lo demás da igual.

Las risas se extendieron por el grupo, mientras el camino se abría ante ellos.

El resto del grupo se unió a las risas, y continuaron avanzando entre conversaciones relajadas, comentando el clima, el camino y las historias que habían escuchado sobre aquellas tierras.

Dentro del carruaje, en cambio, reinaba un silencio más suave. Lythariel permanecía inmóvil, mirando el paisaje que pasaba por la ventana: los campos que se extendían hasta las colinas, los bosques al fondo y el cielo despejado que parecía acompañarlos en todo momento. Parecía distraída, con la mirada perdida, como si estuviera recorriendo caminos que no estaban en el mapa.

Eryndor la observó en silencio durante unos segundos, sin interrumpirla, hasta que decidió hablar con voz baja y respetuosa.

—¿Está nerviosa?

Lythariel parpadeó, volviendo su atención al interior del vehículo, y sonrió con cierta timidez.

—Mucho —admitió sin ocultarlo.

El guarda personal asintió lentamente, comprendiendo perfectamente su estado.

—Es comprensible. Volver a un lugar que guarda recuerdos tan antiguos siempre genera esa sensación.




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