El Velo De La Rosa

Capítulo 64: cuando solo debes ver quién eres

El carruaje avanzaba con suavidad y tranquilidad por el camino ancho que se extendía hacia la capital imperial. El ritmo constante del traqueteo de las ruedas sobre la tierra apisonada y el suave balanceo del vehículo habían terminado por vencer a la pequeña Lira, que ahora dormía profundamente, acurrucada y apoyada sobre el regazo de Anna. Incluso en sueños no soltaba lo que le importaba: entre sus pequeñas manos seguía aferrando el envoltorio de papel del último pastelillo que había logrado guardar.

Anna la observó con una sonrisa llena de ternura, pasando una mano con mucho cuidado por su cabello.

—Al final no duró ni media hora despierta —murmuró en voz baja, para no despertarla.

A través de la ventana entreabierta podía ver a Garoum, que cabalgaba justo al lado del vehículo con su porte firme y serio, como siempre. Unos metros más atrás, Lyra y Maelys seguían el paso, conversando animadamente entre ellas mientras mantenían la vigilancia del camino.

Dentro del carruaje, además de la niña dormida, solo quedaban ella y Eliana.

Después de unos minutos, Anna sintió una mirada fija y atenta sobre su rostro. Levantó la vista y se encontró con que la hechicera no apartaba los ojos de ella, observándola en silencio, como si estuviera leyendo algo en su interior.

Anna arqueó una ceja con curiosidad.

—¿Qué pasa? ¿Tengo algo en la cara?

Eliana negó lentamente con la cabeza, sin dejar de mirarla.

—Nada en absoluto.

Anna sonrió con un toque de picardía para aliviar el ambiente. Se llevó una mano al pecho con gesto dramático y exagerado.

—Si sigues mirándome así con tanta atención, voy a empezar a creer que te has enamorado de mí.

Eliana la miró durante unos segundos más, sin inmutarse por la broma, y luego soltó un suspiro suave, mezcla de resignación y paciencia.

—No te hagas ideas raras, Anna. No es nada de eso.

Anna dejó escapar una pequeña risa, aunque en el fondo notaba que algo más serio se ocultaba tras esa mirada.

—Qué cruel eres a veces —bromeó, pero su tono se fue calmando poco a poco.

Eliana permaneció en silencio unos instantes, eligiendo bien las palabras antes de hablar. Finalmente, con voz tranquila pero firme, formuló la pregunta que llevaba tiempo rondándole:

—Solo quería preguntarte algo. Algo que llevo observando desde hace tiempo.

Anna dejó de sonreír y la miró con atención, comprendiendo que el asunto no era trivial.

—Dime, ¿qué es?

—¿Por qué te molestan tanto esas cosas? —preguntó directamente.

Anna inclinó ligeramente la cabeza, confundida.

—¿A qué cosas te refieres?

—A la estatua que mandaron levantar en la plaza —respondió Eliana con calma—. A la Unidad Rosa Blanca que vimos formarse en la puerta. A que la gente salga en masa para despedirte y te hable como si fueras una gran gobernante que ha salvado el mundo.

El interior del carruaje se sumió en un silencio breve pero denso. Anna volvió la vista hacia la ventana, perdida en el paisaje que desfilaba lentamente ante sus ojos: campos verdes, árboles que se mecían con la brisa y caminos que se alejaban hacia el horizonte.

Durante unos segundos no respondió. Solo respiraba con calma, como si buscara la forma de expresar lo que llevaba tanto tiempo guardando en lo más hondo. Cuando habló, su voz sonó serena, demasiado serena, como si estuviera repitiendo algo que había pensado mil veces.

—Porque siento que no lo merezco —admitió al fin.

Bajó lentamente la mirada hacia Lira, que seguía durmiendo sin preocuparse por nada, ajena a los pensamientos que atormentaban a su compañera. Anna acarició con suavidad su mejilla, con un gesto lleno de afecto y tristeza a la vez.

—Todo lo que estoy haciendo ahora… todo lo que creen que he logrado —continuó en un susurro—, no siento que sea suficiente para compensar todo el daño que se hizo.

Guardó silencio un instante, tragando con dificultad.

—Mis padres gobernaron estas tierras durante años, y lo único que hicieron fue destruirlas, oprimir a su gente y sembrar el miedo. Y cuando llegó mi turno de tomar el mando… —una sonrisa amarga y pesada apareció en sus labios—, no fui mejor. Al principio quise seguir sus pasos, creyendo que el poder era solo para dominar. Si acaso, fui peor que ellos, porque no tenía ni su experiencia ni su justificación.

Levantó lentamente la vista, con los ojos brillantes pero firmes.

—Por eso, cuando veo que me ponen una estatua, que soldados llevan mi símbolo en el pecho o que personas que sufrieron bajo mi familia me dan las gracias… siento que me están viendo demasiado bien. Como si todo lo malo que ocurrió hubiera desaparecido de golpe, como si mi pasado no pesara nada. Y sé que no es así.

Eliana permaneció inmóvil, escuchando cada palabra sin interrumpirla, dejando que sacara todo aquello que le oprimía el pecho. Entonces, con un movimiento tranquilo, se inclinó ligeramente hacia delante y, sin previo aviso, le dio un pequeño pero firme golpecito con las yemas de los dedos en la frente.

—¡Ay! —exclamó Anna, abriendo mucho los ojos y llevándose una mano al lugar donde había sentido el golpe—. ¿Por qué hiciste eso?

Eliana volvió a recostarse en su asiento con la misma calma de siempre.

—Porque estás diciendo una tontería. Una tontería grande.

Anna parpadeó, sorprendida por la respuesta tan directa.

—¿Una tontería?

—Exacto —afirmó Eliana sin dudar—. Deja de pensar que todo lo que haces hoy es solo un intento desesperado por reparar el pasado. Eso no es lo único que eres.

Su expresión se volvió más seria, pero no severa; al contrario, cargada de sinceridad y experiencia.

—Tienes razón en una cosa —continuó con voz suave pero firme—. Lo que ocurrió en estas tierras jamás desaparecerá del todo. Hay personas que lo vivieron en carne propia, y otras que crecieron escuchando las historias de sus padres y abuelos. El dolor no se borra con un solo decreto ni con un solo año de buenas acciones.




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