El Velo De La Rosa

Capítulo 66: El peso de las almas

Las calles de la capital imperial bullían de actividad desde primera hora de la mañana. El sol bañaba con luz dorada los edificios de piedra blanca, las fachadas con adornos de hierro forjado y los puestos de mercado que llenaban cada rincón. El sonido de las voces, el regateo de los comerciantes y el tintineo de las monedas creaban un murmullo constante y alegre que envolvía toda la plaza principal.

Mientras Maelys y Clarisse se habían apartado para descansar cerca de una de las fuentes de mármol, donde el agua fresca caía en cascada y refrescaba el ambiente, el resto del grupo no estaba precisamente en calma. Al contrario, parecían haber encontrado un nuevo pasatiempo favorito.

—Lucien…

La voz de Lyra sonó dulcemente, pero con una entonación demasiado inocente, demasiado cuidada, como si estuviera a punto de desatar una broma que ya tenía planeada.

El joven noble apenas levantó la vista. Estaba detenido frente a un pequeño puesto de artesanías, entre cientos de cadenas, anillos y colgantes. Entre sus dedos sostenía con delicadeza una pieza muy fina: un colgante de plata pulida, trabajado con formas de hojas entrelazadas, y en su centro engarzaba una gema azul pálida que brillaba con la luz como si guardara un trozo de cielo.

—¿Sí? —respondió con total naturalidad, aunque su pulgar acariciaba la gema sin darse cuenta.

En ese instante, Eliana apareció a su lado como si hubiera estado esperando el momento justo. Se inclinó un poco para ver mejor lo que tenía en la mano, con una sonrisa que ya delataba su curiosidad.

—¿Y qué es lo que estás mirando con tanta atención? ¿Algo en especial?

Lucien mantuvo la compostura, aunque sus mejillas comenzaron a adquirir un leve tono rosado.

—Nada importante. Solo observaba el trabajo del artesano.

—¿Ah, sí? —repitió Lyra, acercándose también y apoyando una mano en el mostrador. Se inclinó un poco para ver el colgante, y al instante una sonrisa traviesa y enorme se extendió por su rostro—. Vaya… es realmente bonito. Muy delicado.

—Y el color combina perfecto con ciertos ojos que hemos visto últimamente —añadió Eliana, asintiendo con la cabeza con aire de aprobación.

Lucien simplemente asintió, sin saber muy bien qué decir.

—Sí… es un buen trabajo.

Hubo unos segundos de silencio, pero fue un silencio cargado de complicidad. Ambas mujeres se miraron de reojo, intercambiando una mirada idéntica, y luego volvieron a fijar los ojos en él.

—¿Será…

—empezó Lyra, arrastrando las palabras con intención.

—…para cierta personita que suele reírse con facilidad y le gustan las cosas sencillas? —terminó Eliana sin dejarle tiempo a respirar.

Lucien se quedó completamente inmóvil, como si le hubieran congelado en el sitio.

—No sé de qué hablan —respondió con voz firme, aunque un poco más aguda de lo habitual.

—Claro que sí sabes —replicó Lyra con una carcajada contenida—. Hace menos de una semana decías que esas joyas son adornos innecesarios y que no te fijas en ellas. Y ahora aquí estás, mirando una con tanta dedicación.

—Y una bastante elegante, además —agregó Eliana, sin dejar de sonreír—. Parece que de pronto cambiaste de opinión.

Un poco más lejos, Sylwen observaba toda la escena con los brazos cruzados sobre el pecho. Intentaba mantener la expresión seria y distante que la caracterizaba, pero ver al joven noble tan acorralado era demasiado incluso para ella. Una pequeña sonrisa terminó escapándose de sus labios, que trató de ocultar bajando la mirada.

Lucien sintió cómo todas las miradas se concentraban sobre él, y notó que la temperatura de su rostro subía todavía más.

—Solo… —se aclaró la garganta con fuerza, intentando recuperar la compostura— solo me pareció un trabajo bien hecho. Nada más. El artesano tiene habilidad.

—¿Y casualmente, al verlo, pensaste en Clarisse? —preguntó Lyra directamente, sin dejarle escapatoria.

El silencio que siguió fue suficiente respuesta. Lucien no dijo nada, pero sus dedos se cerraron un poco más sobre el colgante.

Eliana ya no pudo contenerse más y soltó una risa suave y alegre.

—Míralo, hasta se ha puesto nervioso. No hace falta que diga nada, ya lo dice toda su cara.

—No estoy nervioso —replicó él de inmediato, aunque evitaba mirarlas a los ojos—. Solo están diciendo tonterías que no tienen ningún sentido.

—Tonterías… —repitió Sylwen con suavidad, acercándose un paso—. Pero si son tonterías, ¿por qué todavía no has soltado el colgante?

Lucien bajó lentamente la vista hacia su propia mano. En efecto, seguía sosteniéndolo entre los dedos, como si se hubiera olvidado de dejarlo sobre el mostrador. Abrió la boca para responder, pero no encontró ninguna excusa que no sonara ridícula.

El silencio se convirtió en risas suaves que llenaron el pequeño espacio frente al puesto. Por suerte para él, las dos personas que aparecían en la conversación estaban demasiado lejos, junto a la fuente, para escuchar nada de lo que decían.

A pocos metros de distancia, rodeadas por el sonido constante y relajante del agua, Clarisse y Maelys permanecían sentadas en el borde de piedra. Clarisse observaba cómo el agua caía en finos hilos, brillando bajo el sol, mientras que Maelys sostenía en su regazo las pequeñas bolsas con los objetos que había comprado hacía unos minutos.

La joven demonio tenía la mirada fija en el agua, con una expresión tranquila pero pensativa. Clarisse la miró de reojo, notando que no estaba tan relajada como fingía.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó con suavidad.

Maelys tardó unos segundos en responder, como si estuviera buscando las palabras adecuadas.

—Sí… —dijo al final, con un tono suave—. Solo… todavía no me acostumbro a esto.

Clarisse asintió en silencio, comprendiendo de inmediato a qué se refería. Basta con mirar a su alrededor para notarlo: algunas personas las observaban de reojo, otros susurraban frases que no alcanzaban a escuchar, y había comerciantes que fingían no verlas o se apartaban levemente cuando pasaban cerca. No era hostilidad abierta, pero sí desconfianza, distancia y prejuicio.




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