El último documento recibió finalmente el sello imperial. Con un gesto firme y seguro, Aurelian dejó lentamente la pluma sobre el escritorio y estiró los hombros para aliviar la tensión acumulada durante horas.
—Listo —dijo con satisfacción.
Frente a él, Anna permanecía completamente recostada sobre la mesa, con los brazos extendidos y la frente apoyada en la madera. Su mirada estaba perdida en el vacío, como si su alma hubiera abandonado su cuerpo hacía ya varios minutos.
—¿De... verdad? —preguntó con una voz casi inexistente, como si le costara mucho esfuerzo articular las palabras.
El emperador soltó una pequeña risa, divertido ante su estado.
—Sí. Terminamos.
Aquellas dos palabras bastaron para que, como por arte de magia, Anna levantara lentamente la cabeza. Sus ojos, antes apagados y cansados, comenzaron a recuperar poco a poco su brillo habitual.
—¿Ya no quedan más? ¿Ni una sola hoja?
—Ninguna.
Anna dejó escapar un largo suspiro que pareció salir desde lo más profundo de su pecho, liberando toda la tensión de días.
—Pensé que moriría rodeada de papeles, firmas y sellos...
Aurelian negó con la cabeza, sonriendo.
—Te ayudé con la mitad, así que no tienes por qué quejarte tanto.
Al oírlo, Anna se incorporó de inmediato, enderezándose con una expresión tan llena de gratitud que parecía un cachorro que acababa de ser rescatado de una tormenta. Sus ojos se agrandaron y brillaron con una luz nueva.
—Majestad... muchísimas gracias. De verdad, no sé cómo se lo voy a agradecer.
El emperador no pudo evitar reír con más ganas.
—No me mires así, que terminaré creyendo que acabo de adoptar otra hija más.
Anna sonrió con timidez, bajando un poco la mirada.
—Es que... odio los trámites, las reglas y los formularios con toda mi alma. Eso quedó bastante claro, ¿verdad?
—Más que claro —respondió él con calma.
Luego, Aurelian tomó un gran mapa desplegable del Imperio Valtheris y lo extendió con cuidado sobre la mesa, fijándolo en las esquinas para que no se enrollara. Anna se acercó con curiosidad, apoyando las manos en el borde para observar.
Sobre la extensión de tierras dibujada, su antiguo hogar apenas aparecía como un punto diminuto: una pequeña propiedad noble, marcada solo con el nombre de la finca y nada más. Una simple mansión rodeada de campos y bosques, sin ninguna otra distinción oficial.
El emperador señaló aquel punto con el dedo.
—Hasta hoy, esto era todo lo que figuraba en los registros del Imperio. Solo una finca privada.
Anna guardó silencio mientras lo miraba. Recordaba cada rincón de aquel lugar: las paredes de la vieja residencia construida por sus padres, los pasillos vacíos y fríos donde había pasado años de exilio, y también el mismo suelo donde había decidido cambiar su destino para siempre.
Aurelian tomó entonces un pequeño sello de cera con el escudo imperial, lo acercó a la vela hasta que se calentó y lo presionó con firmeza justo sobre aquel punto del mapa. Al retirarlo, quedó impreso el símbolo oficial que confirmaba su estatus.
—Desde ahora —dijo con voz solemne—, dejará de ser una finca. Queda reconocida oficialmente como una ciudad independiente, bajo la administración y jurisdicción de Lady Anna D’Valrienne.
Anna observó la marca recién puesta sin decir una palabra. Le costaba asimilarlo del todo. Aquel lugar que durante tanto tiempo solo había sido recordado como el sitio donde había sido desterrada la tirana, ahora pasaría a figurar en todos los mapas del continente como una ciudad propia. Su ciudad.
—En los próximos días enviaremos comunicados oficiales a todas las provincias del Imperio, así como a los reinos y naciones con los que mantenemos relaciones —añadió el emperador—. Tendrán que actualizar sus registros y mapas, porque hoy nace una nueva entidad política.
—El nombre permanecerá igual —comentó después.
Anna levantó la vista, con una expresión tranquila pero satisfecha.
—La Rosa Blanca ya es un símbolo que la gente conoce y respeta. No tendría sentido cambiarlo ahora.
Sonrió, pero antes de que pudiera añadir nada más, Aurelian esbozó una sonrisa que tenía algo de traviesa, demasiado sospechosa para ser buena noticia.
—Además... ya recibí el informe detallado sobre cierta obra que se levantó en la plaza principal.
Anna se quedó completamente inmóvil. Sintió que su corazón se detenía un instante.
—...
—Una enorme estatua, dicen. Cinco veces más alta que tú, tallada en piedra blanca y mármol, sosteniendo en una mano una rosa blanca con todo detalle.
Anna cerró lentamente los ojos, como si estuviera suplicando que la tierra se la tragara en ese momento.
—Majestad... por favor...
—Y los informes dicen que quedó realmente imponente y muy bonita.
Anna comenzó a golpearle suavemente los antebrazos con las manos, sin fuerza pero con mucha vergüenza.
—No se burle de mí...
—Pero si es un gran honor, algo que pocos reciben en vida.
—¡Yo no pedí ninguna estatua! ¡No quería que me hicieran algo así!
—Demian me escribió explicándome todo. Incluso que construyeron una plaza entera a su alrededor para que todos puedan verla.
—¡Él tuvo la culpa! ¡Fue su idea!
Aurelian ya no podía contenerse más y soltó una carcajada abierta, viendo cómo la joven noble se sonrojaba hasta las orejas y seguía golpeándolo con torpeza.
—Y también me comentó que se formó una unidad militar especial que lleva tu emblema en el pecho: la Unidad de la Rosa Blanca.
—¡Deje de recordármelo, por favor!
Los pequeños golpes continuaban mientras Anna inflaba las mejillas en un evidente puchero, olvidándose por completo de las formalidades.
En ese momento, la puerta del despacho se abrió con suavidad.
Una joven de porte elegante y sereno ingresó tranquilamente. Vestía una armadura de acero pulido con detalles dorados y adornos en tonos azul oscuro, combinada con una capa larga que caía con gracia hasta el suelo. Llevaba el cabello castaño oscuro recogido con pulcritud, y unos finos lentes enmarcaban sus ojos de un azul grisáceo que transmitían inteligencia, calma y autoridad. Era Lyssandra Valtheris, Comandante Suprema del Ejército Imperial y la hija mayor del emperador.