El enorme patio de la Academia Imperial, que hacía apenas unos minutos había sido escenario de presentaciones formales y silencio, poco a poco se fue llenando de un murmullo agradable y relajado. La luz del sol de la mañana se filtraba entre las ramas de los árboles centenarios, iluminando las fachadas de piedra blanca y dorada, mientras el sonido suave del agua de las fuentes se mezclaba con las risas y las conversaciones.
Como si siempre hubieran estado destinados a encontrarse, pequeños grupos empezaron a formarse de manera completamente natural, sin obligaciones ni formalidades.
Por un lado, cerca de uno de los macizos de flores, Brynja ya reía a carcajadas junto a Lyra y Eliana, mientras Durgan permanecía a su lado con los brazos cruzados, intentando mantener la compostura que parecía perder por momentos.
—¡No puede ser que esa sea tu cara normal! —decía Lyra, señalándolo con un dedo y conteniendo la risa—. Parece que te hubieras tragado un clavo oxidado y estás a punto de escupirlo.
El joven enano suspiró con resignación, pero no levantó la voz.
—Se los aseguro. Así me veo cuando estoy tranquilo. Si me enfado, se pone mucho peor.
—¡Pues no quiero imaginarlo! —añadió Eliana, apoyándose en el hombro de Brynja—. Parece que estuvieras enfadado con el mundo entero sin motivo.
Brynja se llevó una mano al estómago, riendo con tanta fuerza que se le saltaron unas pequeñas lágrimas.
—¡Se los dije! ¡Nadie le cree cuando dice que está tranquilo! Hasta cuando era pequeño, mi madre pensaba que le había hecho algo malo solo por verlo así.
—No exageres tanto… —murmuró Durgan, aunque se le notaba que ya estaba acostumbrado a sus bromas.
—¡Y apuesto a que incluso cuando naciste tenías esa misma expresión! —siguió su hermana sin darle tregua—. Seguro que saliste mirando a todos con ese ceño fruncido.
Durgan cerró los ojos con calma, como si estuviera pidiendo paciencia a los antepasados.
—Empiezo a pensar que cometí un error al venir aquí contigo. Me habría ido mejor en la montaña, solo con las piedras.
Las tres mujeres estallaron nuevamente en carcajadas, y hasta el propio Durgan terminó soltando una pequeña sonrisa que intentó ocultar de inmediato.
No muy lejos de allí, junto a una de las columnas de piedra que sostenían el pórtico, Garoum y el Director Cassien observaban con evidente interés la enorme complexión de Grokhar, quien se mantenía de pie con cuidado para no chocar contra nada, como si midiera cada movimiento.
—Dime, Grokhar —preguntó Garoum con tono amable—, ¿hasta qué peso puedes levantar sin que te cueste demasiado?
El ogro se rascó la nuca con una mano enorme, sin saber muy bien qué responder.
—Nunca lo he medido con números… —admitió con su voz grave y profunda, que hacía vibrar un poco el aire a su alrededor—. En mi aldea, si había que mover una roca para construir una casa, o levantar un tronco caído, yo lo hacía. Nadie me dijo cuánto pesaba.
Cassien sonrió con complicidad.
—Eso significa que probablemente sea más de lo que cualquier balanza podría registrar aquí.
—Mi padre siempre decía —añadió Grokhar con orgullo— que si una roca no se mueve a la primera, es porque no has empujado con suficiente fuerza.
Garoum soltó una carcajada abierta y sincera.
—¡Esa es una filosofía que me gusta! Directa y clara.
—Pero Lady Anna me dijo que antes de empujar hay que pensar un poco —añadió el ogro de inmediato, bajando un poco la mirada—. Que si empujo demasiado fuerte sin saber, puedo derribar toda la pared en lugar de mover solo la piedra.
—Y tiene toda la razón —confirmó el director con una sonrisa—. La fuerza es una herramienta, no un fin en sí mismo.
Grokhar asintió con total seriedad, abriendo los ojos como si acabara de entender algo muy importante.
—Sí. Todavía estoy aprendiendo esa parte. Pensar antes de actuar.
Los tres terminaron riendo, con una complicidad que nacía de la sencillez y la buena voluntad.
Mientras tanto, Maelys caminaba junto a Rhaegar y Marien, recorriendo los senderos de grava que rodeaban el patio. La joven demonio no paraba de hablar, contando anécdotas, historias de la Rosa Blanca y todo lo que habían vivido desde que llegaron allí.
—¡Y luego Anna se puso a intentar cocinar y casi quemó la cocina entera! —explicaba con entusiasmo—. Dijo que era fácil, pero terminamos pidiendo comida a los vecinos.
Marien, sin embargo, apenas escuchaba las palabras. Tenía la mirada fija en otra cosa: primero en las grandes orejas del hombre bestia, luego en su cola, y volvía a las orejas una y otra vez, con una curiosidad inocente y fascinada.
Rhaegar, que tenía los sentidos mucho más agudos que los demás, notó aquella atención constante casi al instante. Giró ligeramente la cabeza hacia ella.
—¿Ocurre algo? —preguntó con su voz tranquila y grave.
Marien dio un pequeño salto en su sitio, sonrojándose de inmediato por haber sido descubierta.
—¡Perdón! No quería mirar de esa forma… —bajó un poco la cabeza, avergonzada—. Es solo que… nunca había conocido a un hombre bestia en persona. Solo había leído sobre ellos en los libros.
Rhaegar ladeó ligeramente la cabeza, y sus orejas se movieron suavemente hacia adelante.
—¿De verdad? ¿Ninguno había pasado por aquí?
—Nunca —respondió Marien con entusiasmo, olvidando por un momento la timidez—. Siempre tuve mucha curiosidad. ¿Es cierto que sus orejas se mueven solas cuando escuchan algo? ¿Pueden girar en todas direcciones?
Como si quisiera responderle sin palabras, las orejas de Rhaegar giraron suavemente hacia un lado, luego hacia el otro, y finalmente se inclinaron hacia ella, como si quisieran captar cada palabra que decía.
Marien abrió mucho los ojos, sorprendida y encantada.
—¡Se movieron! ¡De verdad se mueven solas!
Maelys soltó una risa alegre, recordando su propia reacción la primera vez que lo había visto.