La noche había caído sobre la capital imperial, pero el Palacio Real brillaba con más luz que ninguna otra parte de la ciudad. Miles de antorchas, candelabros de cristal y lámparas mágicas iluminaban el inmenso salón de recepciones, cuyas paredes de mármol blanco estaban decoradas con tapices bordados en oro y esculturas que representaban la historia del Imperio Valtheris. La música suave de la orquesta llenaba el aire, mezclándose con el murmullo de cientos de voces, el tintineo de copas de cristal y el aroma a flores exóticas y vinos selectos.
Era la noche del cumpleaños de la Emperatriz Seleneia, uno de los eventos más importantes del año, donde se reunían nobles de todas las regiones del Imperio, embajadores de reinos lejanos, altos cargos de la Iglesia y también profesores y estudiantes destacados de la Academia Imperial.
En uno de los extremos del salón, un pequeño grupo llamaba la atención inevitablemente. Todos los ojos se desviaban hacia ellos de vez en cuando, algunos con curiosidad, otros con desconfianza, y muchos con una clara incomodidad.
Eran los nuevos alumnos.
Brynja y Durgan vestían sus trajes ceremoniales tradicionales: tejidos de lana gruesa de tonos oscuros, bordados con hilos de plata y acero, y adornados con símbolos de sus clanes y montañas. Durgan llevaba una capa corta sobre los hombros y una hebilla con forma de martillo, mientras que Brynja había trenzado su larga cabellera roja con cintas de cuero y pequeños anillos de hierro pulido, luciendo con orgullo el atuendo que su familia le había enviado.
Grokhar destacaba por su tamaño imponente, pero se movía con una delicadeza inesperada. Llevaba una túnica de lino grueso de color marrón oscuro, reforzada en los hombros y el pecho con placas de cuero endurecido y acero oscuro, con bordados que representaban montañas y rocas, el símbolo de su tribu.
Rhaegar lucía el atuendo de gala de su pueblo: una camisa de cuero suave y oscuro, sobre la que llevaba una capa ligera hecha de pieles de lobo y venado, con adornos de colmillos pulidos y correas grabadas con runas antiguas. Se veía majestuoso, tranquilo y seguro de sí mismo.
Maelys había cambiado su uniforme por un vestido de gala que combinaba su elegancia y su origen demoníaco: de terciopelo negro con bordados en hilo rojo y plata, con mangas amplias y un escote moderado, además de joyas de obsidiana que resaltaban el color de sus ojos.
Y Seraphina… su vestido había sido confeccionado especialmente para ella, pensado con mucho cuidado. Estaba hecho de seda blanca y tela iridiscente que cambiaba de tono según la luz, abierto en la parte inferior para adaptarse a su larga cola de escamas nacaradas, sin ocultarlas ni disimularlas, sino integrándolas con el diseño. El resultado era una prenda elegante, única y hermosa, que le permitía moverse con naturalidad.
Ninguno intentaba parecerse a los demás. No llevaban ropas comunes de gala humana, sino que vestían con orgullo lo que representaba a sus tierras y a su gente. Junto a ellos estaban Eliana, Lyra y la pequeña Lira, quienes tenían una sola orden clara de Anna: “No permitan que se sientan solos”. Y estaban decididas a cumplirla.
Sin embargo, la realidad era más difícil.
La mayoría de los invitados se mantenían a distancia. Muchos los miraban de reojo, cuchicheaban entre ellos y desviaban la vista si alguien del grupo se volvía hacia ellos. El silencio alrededor de aquel rincón se volvía cada vez más pesado e incómodo.
Hasta que una voz fría y cortante rompió el murmullo general.
—Realmente es una farsa verlos aquí.
Todos se giraron al instante.
Avanzando con paso firme y porte impecable, llegó Valeria Duvall, la hija mayor de una de las casas nobles más antiguas e influyentes del Imperio. Vestía un elegante vestido de gala blanco y dorado, con detalles en verde oscuro, joyas de esmeralda y una postura que respiraba superioridad y educación estricta. La seguían dos estudiantes nobles de segundo año, que la miraban con admiración.
Se detuvo frente al grupo, mirándolos de arriba abajo sin ocultar su desdén.
—¿Es esto lo que se ha convertido la fiesta de la Emperatriz? Un lugar donde se permite la entrada a seres que no tienen lugar entre la verdadera nobleza y la gente decente —dijo con voz clara, lo suficientemente alta para que varios nobles cercanos pudieran escucharla—. Todos sabemos lo que dictan las enseñanzas de la Iglesia: la Diosa bendijo a los humanos y nos otorgó el orden y la autoridad. Estas razas son seres que no siguieron el camino correcto, que no fueron elegidos. No tienen por qué estar aquí, ni recibir educación, ni tratarse como si fueran iguales.
Sus ojos se posaron con especial dureza sobre Seraphina, que se encogió levemente sobre sí misma, sintiendo cómo se le aceleraba el corazón.
—Y tú en particular —añadió Valeria con tono desdeñoso—. Una lamia. Criaturas de las leyendas, asociadas a la mentira, el veneno y la traición. ¿Cómo se atreven a dejarte caminar libremente entre nosotros? Esto es una ofensa, una farsa que debería haberse rechazado desde el principio para que terminara pronto.
Brynja apretó los puños y abrió la boca para responder, pero Durgan la detuvo con un gesto de la mano. Grokhar frunció el ceño, dispuesto a ponerse de pie si era necesario, y Rhaegar dejó que sus orejas se inclinaran hacia atrás, mostrando su desagrado. Maelys se adelantó un paso, lista para responder con la misma dureza.
—¿Y quién eres tú para decir quién puede estar aquí y quién no? —le espetó Maelys con voz fría.
Valeria solo sonrió con arrogancia.
—Soy alguien que conoce su lugar en el mundo, algo que ninguno de ustedes parece entender. Pero no se preocupen, esto no durará mucho. La Iglesia no aceptará esta locura, y cuando llegue el momento, veremos quién tiene la razón.
Justo en ese instante, un murmullo de respeto y sorpresa recorrió a los nobles que estaban cerca.