
Qavren tol-da-u; xesh-da-u. Dal nai: sen-ir xesh-da-u.
“Se le dio… y devoró. No carne: sentido.”
— Registro de la Semilla: Caos. Entrada 0.
— Doctora Mara Quintero.
No sé si aquello fue un sueño. Lo he repasado tantas veces que ya no distingo lo que vi de lo que puse después, igual que en el mapa de mi pared, donde ni yo mismo sabría decir qué montañas copié de un libro y cuáles dibujé solo porque el papel se veía demasiado vacío.
Estaba de pie en un salón más grande que cualquier casa de Monte Alto, lleno de velas que no daban calor. Arriba sonaba una campana. No la de nuestra torre, que suena a olla abollada, sino una más honda, que se fue apagando despacio, como alguien que se despide desde muy lejos y no te deja tiempo de contestar.
En la mano tenía un cristal partido. Brillaba verde, del verde que sale cuando rompes una rama joven, y estaba frío como el agua del pozo en pleno invierno. Me cortaba la palma. No me dolía.
—Estoy cerca.
Lo oí por dentro, en el sitio donde uno se oye pensar, y no era mi voz. Era una voz sin ninguna prisa, la voz de alguien que ya sabe dónde vives.
Los huesos me crujieron y sentí que me encogía hacia adentro, como cuando de pequeño tenía fiebre y la cama se volvía enorme. En un espejo roto que no recuerdo haber visto aparecer pasaban cosas sin orden: un hombre con los ojos puestos al revés; raíces negras apretando una jaula; mi madre, muy lejos, pálida, caminando por una calle donde el fuego estaba dormido. Movía la boca. Decía un nombre. Quise decirlo con ella y la boca no me obedeció.
Por una ventana entró el viento del norte con hojas muertas. En el tejado de enfrente se posó un cuervo. No se movía como se mueven los cuervos, a saltos, mirando de lado. Se quedó quieto y me miró de frente, con dos brasas donde deberían estar los ojos.
—Tres —dijo, y tenía la voz cansada de mi padre cuando volvía del bosque—. Espera. Tres.
Parpadeé y el tejado estaba vacío. El cristal se me deshizo en el puño y soltó un humo verde con relámpagos dentro, pequeños como chispas de fragua. Lo último que vi fue la luna, con un borde rojo, igual que la yema de un dedo cuando mi madre lo pincha con la aguja para sacar una astilla.
De todo aquello, lo único que nunca he conseguido convencerme de haber inventado es la voz.
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misterio, aventura fantastica, ciencia ficción oscura y distópica
Editado: 25.09.2026