El velo gris

Capítulo 1: Llegada a Grey Hollow

El vehículo se detuvo antes de que Ethan registrara que el movimiento había cesado. No fue la inercia del frenazo lo que lo arrancó de su letargo, sino el vacío; un silencio súbito y denso que pareció succionar el oxígeno de la cabina, dejando un rastro de presión en sus oídos. El motor seguía encendido, enviando una vibración rítmica y casi imperceptible a través de la suela de sus zapatos, pero afuera el mundo se había quedado mudo. No había ráfagas de conversaciones lejanas, ni el eco de pasos sobre el asfalto, ni el pulso eléctrico de una ciudad viva. Solo el siseo del viento filtrándose entre copas de árboles demasiado colosales para un asentamiento tan pequeño, un rumor que sonaba más a un susurro colectivo que al simple movimiento del aire.

​Ethan levantó la vista, sintiendo el cuello rígido tras horas de viaje. El letrero, castigado por los años y la humedad del valle, colgaba con una inclinación antinatural que desafiaba la gravedad. GREY HOLLOW. La pintura blanca se descascaraba en escamas secas, como si el tiempo hubiera intentado devorar el nombre sin éxito, revelando una madera grisácea y muerta debajo. Una grieta profunda hería el cartel en diagonal, evocando una cicatriz mal curada que dividía el nombre del pueblo en dos mitades asimétricas. Su padre giró la llave y el último vestigio de tecnología, el suave ronroneo del motor y la luz tenue del tablero, se extinguió de golpe.

​—Llegamos —dijo su padre.

​Su tono era neutro, esa clase de neutralidad ensayada que evitaba cualquier arista emocional, cualquier contacto visual que pudiera desencadenar una conversación real. Ethan no ofreció respuesta. Su mirada se perdió en la masa vegetal que flanqueaba el letrero. El bosque no era simplemente denso; era compacto, una muralla de troncos de un marrón oscuro, casi negro, que parecían apretarse unos contra otros no para crecer buscando la luz, sino para impedir el paso de cualquier intruso. Era una arquitectura orgánica e innecesariamente hermética, un muro de espinas y musgo que parecía observar el camino con una fijeza milenaria.

​—¿Vas a bajar? —preguntó su padre, rompiendo el hechizo del silencio.

​Ethan parpadeó, despejando la bruma de sus pensamientos. Durante un instante suspendido, como si el tiempo se hubiera fracturado ante sus ojos, tuvo la certeza de que algo entre las sombras del follaje se movía. No era el balanceo errático de una rama ni el rastro huidizo de un animal pequeño. Era un movimiento deliberado, una sombra más densa que el resto que se congeló en el instante exacto en que sus ojos intentaron enfocarla. Ethan fue el primero en apartar la mirada, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura exterior. Al abrir la puerta, el frío lo recibió como una bofetada física. No era la clase de descenso térmico que eriza la piel, sino uno que se instalaba directamente en los pulmones, una frialdad aséptica, casi mineral. Inhaló y sintió una opresión en el esternón; su cuerpo, por puro instinto biológico, desconfiaba de la pureza de aquel aire. Se sentía demasiado limpio, demasiado estático.

​Cerró la puerta con un golpe seco, un estruendo que pareció profanar la quietud absoluta del lugar y que rebotó varias veces contra la pared de árboles antes de extinguirse. "Es solo un pueblo", se recriminó en silencio, convirtiendo el pensamiento en un amuleto contra el mal presentimiento que le reptaba por la nuca. Su padre ya estaba junto al maletero, su silueta recortada contra la luz mortecina de una tarde que parecía negarse a morir del todo.

​—Es tranquilo —dijo su padre, vendiendo la soledad absoluta como una virtud necesaria—. Aquí podremos empezar de cero, Ethan. Lejos de... todo. Sin ruidos. Te gustará.

​Ethan forzó una mueca que pretendía ser una sonrisa. No era humor, era una respuesta automática, un mecanismo de defensa perfeccionado durante meses de luto y hospitales.

​—Claro —dijo, sintiendo el sabor amargo de la mentira en la parte posterior de la lengua.

​El maletero se abrió con un gemido metálico que sonó como un grito en mitad de un funeral. El sonido rebotó contra los troncos y el eco tardó un segundo de más en disiparse, como si la atmósfera de Grey Hollow fuera demasiado espesa para absorber las ondas sonoras con normalidad. Ethan volvió a mirar el letrero mientras cargaba con la primera maleta. Por un instante, las letras parecieron danzar bajo la luz débil, transformándose en algo ilegible. Frunció el ceño. Parpadeó con fuerza. GREY HOLLOW. Ahí estaba de nuevo. Inmutable. Agotamiento, se dijo. Su mente no había descansado realmente desde que el mundo empezó a tratarlo no como a un hijo, sino como a una pieza de cristal a punto de estallar tras la muerte de su madre. El pitido monocorde de las máquinas del hospital todavía vibraba en el fondo de su conciencia, una frecuencia que parecía entrar en sintonía con el extraño zumbido de fondo que empezaba a percibir en este pueblo.

​Mientras ambos cargaban las primeras cajas hacia la entrada de la casa, Grey Hollow pareció revelarse ante ellos sin la cortesía de una transición amable. Las calles eran estrechas, flanqueadas por casas de techos bajos y maderas oscuras que proyectaban sombras alargadas sobre un asfalto extrañamente pulcro. A pesar de ser media tarde, las luces de las ventanas ya estaban encendidas: puntos amarillentos y fijos que vigilaban el entorno con una fijeza artificial. Ethan se detuvo un momento, observando a los pocos habitantes que cruzaban la acera opuesta. Se movían con una determinación extraña; nadie parecía distraído, nadie se detenía a conversar. Caminaban con una cadencia idéntica, como si estuvieran siguiendo un metrónomo invisible en sus cabezas.

​Un grupo de adolescentes cruzó la calle principal a unos metros de ellos. Iban en un silencio absoluto. Uno de ellos, un chico de facciones afiladas, giró la cabeza con una lentitud calculada. Sostuvo la mirada de Ethan mientras este cargaba su equipaje. No fue un desafío; fue un reconocimiento frío, como el de una máquina procesando un dato nuevo. El chico sonrió: una expresión geométrica, perfecta, pero carente de cualquier rastro de calidez. Una sonrisa de catálogo.




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