El velo gris

Capítulo 2: Un bosque y una cárcel de ladrillos

Ethan no durmió. No de la forma en que el cuerpo necesita para repararse, hundiéndose en un vacío restaurador; en su lugar, habitó un estado intermedio donde la vigilia y el sueño se entrelazan como raíces de un árbol enfermo que buscan agua en un pozo contaminado. Permaneció inmóvil bajo las sábanas, con los ojos sellados por la voluntad pero la mente operando a una potencia dolorosa, procesando cada milímetro de silencio como si fuera una amenaza física. En la negrura absoluta de la habitación, la estructura de la casa se transformó en un instrumento de percusión macabro: el crujido de la madera asentándose bajo un peso inexistente, el zumbido eléctrico de las paredes que parecía transportar un mensaje cifrado en una frecuencia subatómica, y el lamento del techo bajo una presión atmosférica que no debería existir en un valle tan resguardado. Y, entre esos sonidos domésticos, algo más; un tono intermedio que no lograba categorizar, una presencia sonora que se desplazaba por el pasillo sin tocar el suelo, rodeando su puerta con una paciencia mineral, una vibración que se sentía más en los dientes que en los oídos, como el eco de un motor subterráneo que nunca se apaga.

​Cuando finalmente el agotamiento lo venció, se hundió en un sueño turbio con olor a hospital, desinfectante y ozono. En él, su madre estaba de pie junto a la ventana de esa misma habitación, dándole la espalda. El sol de la tarde atravesaba su figura, haciéndola parecer translúcida, casi radiante, un espectro de luz atrapado en una diapositiva quemada. Ethan intentó acercarse, pero sus pies se hundían en un suelo que se había vuelto de ceniza tibia, una sustancia gris que le succionaba el impulso y enfriaba sus tobillos con una malevolencia táctil.

​—Es tan tranquilo aquí, Ethan —susurró ella sin girarse, y su voz no era un sonido, sino una marea de estática en el centro de su cráneo.

​Él quiso gritarle que tenían que irse, que la casa tenía hambre, que las paredes estaban vivas, pero cuando ella se giró lentamente, el horror le cerró la garganta. Sus rasgos estaban borrosos, como una fotografía movida por el viento, una mancha de acuarela pálida sobre un lienzo sucio. En lugar de ojos, tenía dos pulsos de luz roja, rítmicos y gélidos, que se encendían y apagaban con la cadencia de un corazón artificial.

​—Ya estamos en casa —sentenció ella, y su voz estalló en un estruendo de estática blanca que lo expulsó violentamente del sueño, dejándolo sentado en la cama, empapado en un sudor frío que sabía a metal.

​Despertó de golpe con la luz anémica del amanecer filtrándose por la ventana. Estaba de guardia, mirando el techo y esperando una confirmación de peligro que no llegó.

Bajo la claridad del día, el bosque parecía haber retraído sus garras; las ramas que anoche arañaban el vidrio ahora descansaban con una normalidad insultante, mecidas por una brisa que no llegaba a mover las cortinas. Se incorporó con una pesadez plúmbea y bajó a la cocina, donde el desayuno fue un simulacro de normalidad. Su padre, ya blindado en su ropa de trabajo, diseccionaba noticias en su teléfono mientras el café humeaba, ignorado. Parecía haber editado de su memoria el incidente de la noche anterior; su rostro estaba liso, carente de la tensión que solía marcarlo en la ciudad, una máscara de calma que resultaba casi más aterradora que el enojo.

​—Debes reconocer el terreno, Ethan. Ver dónde queda la escuela y airearte un poco. Este aire es más puro que el de la capital —dijo su padre, sin levantar la vista.

​Ethan vertió el cereal con movimientos mecánicos, escuchando cómo cada copo golpeaba el tazón como un pequeño estruendo en la quietud de la casa. Su padre levantó la vista para observar la puerta trasera con una fijeza perturbadora, como si esperara que alguien —o algo— llamara.

​—No te alejes demasiado de las calles principales —advirtió antes de salir, una frase que sonó menos a consejo y más a una delimitación de territorio.

​Grey Hollow de día era una versión sobreexpuesta del misterio. Ethan caminó con las manos hundidas en los bolsillos, evitando las vitrinas de las tiendas que no parecían querer vender nada y las puertas de las casas que no parecían querer abrirse. Había gente, sí, pero la atmósfera seguía contenida, como si el pueblo entero estuviera aguantando la respiración. Los vecinos se movían siguiendo un compás invisible; caminaban con una postura perfecta, casi rígida, y las conversaciones en las esquinas eran susurros que se cortaban en seco cuando él pasaba. Incluso los perros en los porches no ladraban; simplemente se sentaban con las orejas tiesas y los ojos fijos en él, vigilantes, como cámaras biológicas de pelaje opaco.

​Guiado por el recuerdo de la luz roja de su sueño, se desvió de la ruta principal hasta encontrar el poste en el linde del bosque. Era una aguja de metal oscuro, de unos tres metros de alto, con una cápsula de cristal en la punta que resguardaba una geometría compleja de filamentos plateados. Emitía un zumbido eléctrico que le hacía vibrar los dientes y le erizaba el vello de los brazos. Notó que la tierra alrededor de la base estaba muerta; un círculo de ceniza gris y calcinada donde nada crecía, ni siquiera el musgo que reclamaba el resto del asfalto agrietado.

​Impulsado por una curiosidad malsana, dio un paso hacia el interior del bosque. El cambio fue quirúrgico. En el momento en que su suela pisó la tierra húmeda, el rumor del pueblo desapareció por completo. El silencio era absoluto, una masa física que le taponaba los oídos con una presión de profundidad abisal. Avanzó entre árboles que parecían columnas de corteza grisácea y perfecta, demasiado rectos para ser naturales, como si hubieran sido diseñados en un tablero antes de ser plantados. La luz del sol apenas se filtraba, quedando atrapada en una niebla perenne que olía a tierra vieja y metal oxidado. Cada paso que daba parecía resonar en una cavidad inmensa debajo de sus pies, un eco de vacío que le advertía que no pertenecía allí.




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