El velo gris

Capítulo 2: El bosque

Ethan no durmió. No de la forma en que el cuerpo necesita para repararse.

​Permaneció inmóvil bajo las sábanas, con los ojos sellados por la voluntad pero la mente operando a máxima potencia. En la negrura de la habitación, la casa se convirtió en un instrumento de percusión: el crujido de la madera asentándose, el zumbido eléctrico de las paredes, el lamento del techo bajo una presión invisible. Y, entre esos sonidos domésticos, algo más. Un tono intermedio que no lograba categorizar. No era el impacto de unos pasos, ni el roce del viento. Era una presencia sonora, un peso que se desplazaba sin tocar el suelo.

​Cuando la luz anémica del amanecer se filtró por la ventana, Ethan ya estaba de guardia.

​Mirando. Esperando una confirmación que no llegó.

​Bajo la claridad del día, el bosque parecía haber retraído sus garras. Las ramas que anoche arañaban el vidrio ahora descansaban con una normalidad insultante, como si la oscuridad hubiera sido un delirio de su propia fatiga. Se incorporó con una pesadez plúmbea; no era cansancio físico, sino el agotamiento de quien ha mantenido los nervios en tensión durante horas.

​Se acercó al cristal y lo tocó. Estaba gélido. Afuera, el aire era una balsa de aceite; ni una hoja se estremecía. Aquello le erizó el vello de la nuca: recordaba perfectamente el fragor de un viento violento golpeando la casa durante la madrugada.

​—Sueño —masculló. La palabra sonó hueca, un refugio frágil contra la evidencia.

​El desayuno fue un simulacro de normalidad. Su padre, ya blindado en su ropa de trabajo, diseccionaba noticias en su teléfono mientras el café humeaba, ignorado.

​—Deberías reconocer el terreno —dijo su padre, su voz compitiendo con el tintineo de la cuchara—. Te vendrá bien salir de estas cuatro paredes.

​Ethan vertió el cereal con movimientos mecánicos.

—Ajá.

—Podrías empezar por la escuela. Ver dónde queda.

—Mañana.

—O hoy —insistió su padre. Por primera vez, levantó la vista, pero no para mirar a Ethan, sino para observar la puerta trasera, la que ayer se abrió sola.

​Ethan sostuvo la cuchara en el aire.

—Hoy no.

​Un silencio denso se instaló entre ambos. Su padre asintió finalmente, una capitulación silenciosa.

—No te alejes demasiado de las calles principales.

​Ethan casi esbozó una sonrisa amarga.

—Claro.

​Grey Hollow de día era una versión sobreexpuesta del misterio de la noche anterior. Había gente, sí, pero la atmósfera seguía contenida, como si el pueblo entero estuviera aguantando la respiración. Las conversaciones eran susurros truncados; las risas, si existían, no cruzaban el umbral de las casas. Incluso los perros en los porches no ladraban. Simplemente se sentaban, con las orejas tiesas y los ojos fijos en el forastero. No era hostilidad; era vigilancia.

​Caminó sin rumbo, con las manos hundidas en los bolsillos, evitando las vitrinas que no parecían querer vender nada y las puertas que no parecían querer abrirse. Grey Hollow no necesitaba seducir a nadie; ya tenía a quien quería.

​Dobló una esquina y el asfalto se rindió.

​El bosque estaba ahí. No a lo lejos, no como una sugerencia, sino como un muro al final de la calle. No había vallas, ni señales de advertencia, ni una línea de propiedad clara. La civilización simplemente se disolvía en la maleza.

​Ethan se detuvo. Su instinto le ordenaba dar media vuelta, regresar al refugio —aunque fuera falso— de la casa amueblada. Pero había un hilo invisible, una curiosidad malsana que tiraba de él.

​Dio un paso hacia adelante. El cambio fue quirúrgico.

​No fue una transición gradual de sonidos. Fue un corte limpio. En el momento en que su suela pisó la tierra húmeda, el rumor del pueblo —el motor de un coche, el crujido de una persiana— desapareció por completo. Se giró, alarmado. La calle estaba a menos de cinco metros, visible, pero el silencio que lo rodeaba era absoluto, como si hubiera entrado en una campana de vacío.

​—Vale... —murmuró. Su voz no se proyectó; el bosque pareció devorarla antes de que llegara a sus propios oídos.

​Avanzó. El crujido de las hojas secas bajo sus pies era ahora un estruendo en la quietud. Los árboles, columnas de corteza grisácea y perfecta, se alzaban hacia un cielo que ya no podía ver. La luz bajaba filtrada, tiñendo todo de una penumbra verdosa y enferma.

​Inhaló hondo y el aire le supo a metal viejo y tierra podrida.

​—Solo es un bosque —se mintió de nuevo.

Crack.

​A su izquierda. Ethan se congeló, el corazón saltando contra sus costillas como un pájaro enjaulado. Giró la cabeza milímetro a milímetro. Nada. Solo sombras chinescas y troncos que parecían cambiar de posición si dejaba de mirarlos.

​Entonces, un movimiento. Un destello de algo oscuro y fluido que cruzó entre dos pinos a una velocidad que ningún animal común poseía.

​—Un ciervo —dijo en voz alta, necesitando desesperadamente que las leyes de la biología se aplicaran allí.

​Siguió caminando, pero sus pies ya no le pertenecían. Su cuerpo se había puesto en modo de supervivencia: hombros contraídos, respiración superficial, los sentidos agudizados hasta el dolor. Se detuvo otra vez. Aguzó el oído.

​No había pájaros. No había el zumbido persistente de los insectos. El bosque estaba en una pausa expectante, como una audiencia esperando que el actor principal cometiera un error.

​—Esto es estúpido —se obligó a decir.

​Dio media vuelta para regresar. Había tenido suficiente. Pero al girar, el sonido volvió a manifestarse. Detrás de él. Muy cerca.

​Esta vez el cuerpo no le respondió. El miedo era un ancla de plomo en su estómago. No fue un ruido accidental; fue un desplazamiento de masa. Algo pesado se había movido para compensar su giro.

​Lento, con el terror subiendo por su garganta, Ethan miró por encima del hombro.

​Al principio, solo vio árboles. Pero luego, su cerebro logró separar la figura del fondo. Entre dos troncos colosales, a unos diez metros, había una forma. Era alta, de una verticalidad imposible, y permanecía tan inmóvil que parecía parte del paisaje. Pero no lo era. No tenía bordes definidos, era como un jirón de noche atrapado a plena luz del día.




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