El velo gris

Capítulo 3: La Colmena de Ladrillo

​El edificio no parecía una escuela. No del todo.

​Ethan se detuvo en la acera opuesta, con las manos hundidas en los bolsillos y la mochila colgando de un solo hombro como un peso muerto. La construcción era una mole de ladrillo oscuro y ventanas estrechas, tan altas que los cristales solo devolvían el reflejo de un cielo plomizo. No había grafitis desafiantes en los muros, ni el estruendo caótico de adolescentes gritando, ni el desorden de grupos amontonados en la entrada.

​Había estudiantes, sí. Caminaban, consultaban sus teléfonos, hablaban en voz baja. Todo encajaba en apariencia, pero el conjunto se sentía como una fotografía demasiado retocada. Había una intención en cada movimiento, un orden que rozaba lo militar.

​Ethan exhaló una nube de vapor y cruzó la calle.

—Solo es una escuela —murmuró.

​Pero la frase, tras su experiencia en el bosque, sonó a mentira.

​El interior lo recibió con una calidez artificial. El sonido de los pasillos era contenido, casi filtrado; las conversaciones no se superponían, sino que dejaban espacios de silencio entre unas y otras, como si el aire mismo tuviera un límite de decibelios.

​Mientras caminaba hacia la oficina principal, una chica pasó a su lado. No bajó la vista ni fingió no verlo. Lo miró fijamente, con una intensidad que a Ethan le resultó incómoda, y le dedicó una sonrisa leve, perfectamente simétrica. Luego, siguió su camino sin mirar atrás.

​Ethan sintió una pequeña fricción interna. Algo estaba apenas fuera de lugar, como una nota desafinada en una canción que todos los demás fingían no escuchar.

​—Tú debes ser el nuevo.

​La voz lo asaltó desde un costado. Ethan giró. Un hombre de unos cuarenta años, con camisa clara y gafas de montura fina, lo observaba con una postura relajada pero alerta. Sostenía una carpeta con el nombre de Ethan en la solapa.

​—Ethan, ¿correcto? Soy el subdirector.

​Le extendió la mano. Ethan dudó un segundo antes de aceptarla. El contacto fue breve, pero le dejó una sensación extraña. La mano estaba fría, no por el clima, sino con esa frialdad inerte de un objeto que ha estado mucho tiempo a la sombra.

​—Ven conmigo. Te daré tu horario.

​Ethan lo siguió. El hombre hablaba con un tono uniforme, una cadencia sin errores ni pausas naturales. Explicaba reglas, ubicaciones y expectativas como si estuviera leyendo un código de programación.

​—¿Siempre es así de tranquilo aquí? —interrumpió Ethan, tratando de romper la monotonía del hombre.

​El subdirector se detuvo y le dedicó la misma sonrisa que la chica del pasillo.

—Es un buen ambiente para aprender, Ethan. En Grey Hollow valoramos la falta de distracciones.

​No respondió a la pregunta. Nunca lo hacían.

​El aula fue más de lo mismo: un mar de rostros que se giraron al unísono cuando él entró. El profesor no pidió silencio, no fue necesario; el murmullo simplemente murió por voluntad propia.

​—Ah, Ethan. Toma asiento al fondo.

​Ethan caminó entre los pupitres, sintiendo el peso de las miradas. No eran curiosas ni hostiles; eran evaluadoras. Como si estuvieran midiendo cuánto tardaría en encajar en el patrón del pueblo. Se sentó y dejó la mochila en el suelo con un golpe que le pareció un cañonazo en aquel silencio.

​Intentó concentrarse en la clase, pero algo tiraba de su atención. Giró la cabeza apenas unos grados. Dos filas más adelante, un chico lo observaba. No apartó la vista cuando Ethan lo descubrió. Sostuvieron el contacto durante varios segundos. El chico no sonrió, no reaccionó; simplemente inclinó la cabeza hacia un lado, un movimiento lento y fluido que le recordó a Ethan, con una punzada de terror, a la sombra que había visto entre los árboles del bosque.

​El timbre sonó. El estruendo fue tan abrupto que Ethan se tensó en la silla, pero los demás se levantaron con una calma coreografiada.

​Mientras recogía sus cosas, el chico de antes pasó a su lado. Muy cerca. Ethan sintió el impulso de interrogarlo, pero el chico habló primero, sin detenerse.

​—No deberías ir al bosque. No es para ti.

​Ethan se quedó helado.

—¿Qué? ¿Cómo sabes que fui?

​El chico se detuvo a mitad del pasillo. Por un instante, el ruido ambiental pareció ralentizarse, como si el Velo se tensara a su alrededor. Giró la cabeza lo justo para que Ethan viera un brillo extraño en su mirada.

​—Se nota —dijo simplemente.

​Y siguió caminando.

​El resto del día fue una neblina de miradas que duraban demasiado y conversaciones que se cortaban cuando él pasaba. Al salir del edificio, el aire frío de la tarde lo recibió con una familiaridad que casi agradeció.

​Cuando llegó a casa, el auto de su padre ya estaba en la entrada. Ethan entró esperando el vacío de siempre, pero encontró a su padre sentado en la mesa de la cocina, con dos tazas de café y un silencio que pesaba más que el de la escuela.

​—¿Cómo te fue? —preguntó su padre sin levantar la vista del periódico.

​—Como si hubiera entrado en una secta de robots —respondió Ethan, dejando la mochila con desdén—. Nadie corre, nadie grita. Un chico me dijo que "se nota" que estuve en el bosque. ¿Qué demonios significa eso, papá?

​Su padre dejó el periódico lentamente. Sus manos temblaban un poco, una debilidad que el Velo no lograba ocultar del todo.

—Significa que eres nuevo, Ethan. Estás nervioso. Ves cosas donde no las hay.

​—No, papá. Tú también lo sientes. Llevamos semanas viviendo como si estuviéramos rotos, pero este lugar... este lugar da miedo. Desde que mamá...

​—¡Basta! —su padre golpeó la mesa. El sonido fue seco, pero su voz se quebró al final—. Vinimos aquí para empezar de cero. Para tener paz. ¿No puedes simplemente intentarlo?

​Ethan lo miró con una mezcla de rabia y lástima. Su padre no quería ver las grietas porque, si las veía, tendría que aceptar que el dolor también lo había seguido hasta aquí. El hombre se frotó la cara, agotado, y su tono bajó hasta ser casi un ruego.




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