El velo gris

Capítulo 4: Ecos en Grey Hollow

Ethan despertó con la sensación de que el aire de Grey Hollow había ganado peso durante la noche. Al inhalar, el oxígeno se sentía denso, como si arrastrara partículas de algo metálico y antiguo que se adhería a la garganta como una capa de polvo invisible. La luz del amanecer se filtraba entre los árboles con una palidez enfermiza, pero las sombras no retrocedían ante el sol; se desplazaban con una intención propia, refugiándose en los rincones de su habitación con una lentitud que desafiaba la lógica. No era un sueño, ni el residuo de una mente cansada. El bosque no solo estaba ahí, al otro lado del cristal; parecía estar conteniendo el aliento, observándolo con una paciencia geológica.

​Bajó a la cocina, donde el chirrido rítmico de la cafetera era el único sonido que perforaba el silencio absoluto de la casa. Su padre estaba sentado frente a una taza humeante, con la mirada fija en un punto muerto de la pared, justo donde una grieta en la madera parecía dibujar una forma abstracta que cambiaba de aspecto si se la miraba de reojo. El hombre parecía una estatua de sal, atrapado en una inercia que Ethan empezaba a encontrar contagiosa.

​—¿Has dormido algo? —preguntó Ethan, arrastrando una silla.

​El ruido de las patas de madera contra el suelo resonó como un disparo en una iglesia vacía, haciéndolo estremecer. Su padre tardó un segundo de más en reaccionar, como si su conciencia tuviera que viajar desde una distancia remota para regresar a su cuerpo. Su rostro, bañado por la luz fluorescente de la cocina, parecía una máscara de cera mal moldeada, surcada por ojeras que parecían grietas.

​—Este lugar es demasiado silencioso, Ethan —dijo, con una voz que sonaba a papel seco rozando el suelo—. Me cuesta acostumbrarme a que no haya ruido de fondo. En la ciudad siempre había un motor, una sirena, algo. Aquí... a veces me parece escuchar cosas que no están ahí.

​—Yo también las escucho, papá. Pero no son solo ruidos. Hay unos postes metálicos en el linde del bosque que emiten un zumbido... una frecuencia que te hace vibrar los dientes. Anoche, cuando intentaba dormir, juraría que el sonido venía de dentro de las paredes. Como si el pueblo entero estuviera conectado a esa red. Hay algo en esos postes que no es normal, papá. Parecen estar vigilando.

​Su padre dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco que hizo saltar unas gotas de café negro. Sus dedos temblaban ligeramente mientras intentaba alisar el periódico arrugado, aunque sus ojos permanecían fijos en un titular que no estaba leyendo.

​—Es un cambio grande para los dos. Estamos cansados, bajo mucho estrés, eso es todo. Necesitas concentrarte en la escuela y dejar de buscarle tres pies al gato. Vinimos aquí para estar tranquilos, para dejar atrás el caos. ¿Recuerdas?

​—Esto no es tranquilidad, papá. Es una emboscada —replicó Ethan, sintiendo que la frustración le cerraba la garganta.

​Su padre no respondió. Volvió a sumergirse en su lectura ficticia, levantando el periódico como un muro entre ellos. Era una máscara de normalidad que se volvía más rígida y artificial con cada hora que pasaban dentro de esas paredes.

​El camino a la escuela fue una lección de incomodidad pura. Ethan caminó con la cabeza gacha, pero sus sentidos estaban agudizados hasta el punto del dolor. Notó a los vecinos realizando tareas cotidianas con una precisión perturbadora. Una mujer regaba un jardín de tierra seca y flores marchitas mientras sus labios se movían en un murmullo inaudible, una letanía que se perdía en el aire frío; más allá, un grupo de niños corría en un callejón en un silencio absoluto, sus pies golpeando el suelo en una sincronía perfecta, sin un solo grito, sin una sola disputa. Era una parodia de la infancia.

​Algunos habitantes lo miraban con una curiosidad clínica, deteniéndose a mitad de un paso para seguirlo con la vista, como si fuera un cuerpo extraño detectado por un sistema inmunológico. Otros, simplemente lo ignoraban de una forma tan agresiva que Ethan sentía que su propia presencia física se desvanecía, como si no estuviera completamente presente en la frecuencia de realidad en la que ellos operaban.

​Al entrar en la escuela, la sensación de electricidad estática en el aire le erizó el vello de los brazos. Los pasillos eran túneles de eco contenido. Los estudiantes evitaban el contacto visual, moviéndose en líneas rectas, manteniendo siempre la misma distancia de seguridad entre unos y otros. No había el caos vibrante de un instituto normal; no había taquillas golpeándose ni risas estrepitosas. Era una maquinaria perfectamente aceitada donde cada pieza conocía su función y su lugar.

​Durante la clase de literatura, el ambiente alcanzó un punto de saturación. El profesor, un hombre de facciones angulosas y ojos que nunca parpadeaban, leía poemas sobre la naturaleza con una voz tan plana y desprovista de emoción que las palabras parecían morir en cuanto salían de su boca. Ethan sintió que la mirada del hombre se clavaba en él con una insistencia depredadora.

​—Señor Turner —dijo el profesor, deteniéndose a mitad de un verso—. En este pueblo valoramos mucho la discreción. La armonía depende de que cada individuo mantenga su volumen interno bajo control. Espero que encuentre su ritmo pronto, antes de que el desajuste sea... notable.

​Ethan frunció el ceño, sintiendo un frío repentino en la nuca. No era una bienvenida ni un consejo pedagógico; era una advertencia de conformidad dictada por una autoridad que no figuraba en ningún manual escolar.

​Al mediodía, buscando escapar de las miradas de reojo que lo seguían por el comedor, buscó refugio en la biblioteca. Era un espacio inmenso, lleno de estanterías de madera oscura que parecían absorber la poca luz que entraba por los ventanales. Se sentó en una mesa apartada, al fondo, donde el olor a papel viejo y polvo parecía más denso. Abrió un libro al azar, buscando cualquier distracción, pero mientras sus ojos intentaban fijarse en las palabras, un movimiento en su visión periférica lo hizo saltar.




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