El resto de la mañana en el instituto transcurrió con una fluidez que, en cualquier otro lugar, Ethan habría llamado paz. Pero en Grey Hollow, la paz se sentía como una capa de barniz brillante aplicada sobre madera podrida; una fachada que ocultaba el crujido de la descomposición interna. Las clases se sucedían sin interrupciones, los pasillos estaban inusualmente limpios de los gritos y el caos habitual de los adolescentes, y el aire acondicionado emitía un ronroneo constante, una frecuencia hipnótica que invitaba a bajar la guardia, a cerrar los ojos y simplemente dejar de cuestionar la realidad.
Fue en la clase de Historia donde el aislamiento de Ethan se rompió por primera vez, como un cristal estallando en una habitación al vacío. El profesor recorría la pizarra con una tiza que no chirriaba, dibujando esquemas de una guerra que Ethan no recordaba haber estudiado jamás. El silencio en el aula era tan denso que podía escuchar su propia sangre latiendo en sus sienes. De pronto, un roce de tela a su izquierda lo obligó a tensarse. Un cuaderno se deslizó apenas unos centímetros sobre la madera del pupitre vecino, invadiendo su periferia.
—No te molestes en memorizar las fechas para el examen —susurró una voz, tan baja que apenas era un hilo de aire, pero cargada de un cinismo afilado—. Para cuando llegue el viernes, el profesor habrá decidido que la mitad de esos eventos nunca ocurrieron. Y lo peor no es eso, Turner; lo peor es que nadie en esta sala le llevará la contraria. Todos asentirán como si la historia fuera plastilina.
Ethan giró la cabeza lentamente, sorprendido por la audacia de romper el sagrado voto de silencio del aula. Sus ojos se encontraron con los del chico que lo había interceptado en la biblioteca. El desconocido no estaba mirando la pizarra; estaba inclinado sobre su propio pupitre, con un bolígrafo girando entre sus dedos con una destreza mecánica, casi hipnótica.
De cerca, bajo la luz cruda y parpadeante de los fluorescentes, su presencia era mucho más inquietante de lo que Ethan recordaba. Poseía una fisonomía atlética y fibrosa que parecía estar en perpetuo estado de alerta, como un depredador que intenta hacerse pasar por presa en un entorno demasiado pequeño para él. No era la fuerza bruta de un deportista de instituto, sino una tensión elástica, una agilidad que se delataba en la forma en que sus hombros se movían con cada respiración contenida. Su aspecto era impecable: vestía una camisa azul marino de cuello rígido que contrastaba con la palidez de sus rasgos afilados, y su cabello castaño estaba perfectamente peinado hacia atrás, sin un solo mechón fuera de lugar.
El chico detuvo el giro del bolígrafo en seco y clavó su mirada en Ethan. Por un segundo, el tiempo pareció detenerse entre los dos pupitres.
—Me llamo Thomas —dijo finalmente, con una entonación que sugería que entregar su nombre era un riesgo calculado—. Y sé que viste la sombra en el cruce esta mañana. Yo también la vi. No estás loco, Ethan. Pero estás haciendo demasiado ruido. Tus pensamientos vibran demasiado fuerte para este lugar, y el silencio de Grey Hollow tiene oídos muy finos.
Ethan sintió que un peso invisible, una losa de semanas de duda y soledad, se levantaba de sus hombros. Escuchar su propio nombre en labios de otro "despierto" fue el primer ancla de realidad que encontró en ese pueblo de espejismos.
—¿Qué es esa cosa, Thomas? —preguntó Ethan en un susurro urgente, aprovechando que el profesor se había dado la vuelta—. Mi padre... él ni siquiera recuerda lo que pasó anoche. Estaba bebiendo, llorando por mi madre, jurando que escuchaba sus pasos en el pasillo. Y hoy se despertó como si le hubieran formateado el alma. Es como si el pueblo le hubiera editado el cerebro con una lija.
Thomas asintió con una amargura que parecía nacer de una experiencia personal muy profunda. Se inclinó un poco más hacia Ethan, lo suficiente como para que este notara que Thomas no olía a colonia ni a jabón, sino a algo neutro, casi como el aire después de una tormenta eléctrica.
—Es el efecto secundario de vivir aquí, el "ajuste" —Thomas soltó una pequeña risa carente de humor—. Grey Hollow es un organismo que se auto-corrige, Ethan. Si algo duele demasiado, si un recuerdo no encaja en la armonía de la colmena o si una verdad no tiene sentido, el pueblo lo borra para mantener esta paz artificial. Tu padre quería olvidar el dolor, así que el pueblo le hizo el favor. Se alimentó de su duelo. Pero tú... tú te resistes. Te aferras a tus muertos y a tus dudas como si fueran lo único real que tienes. Y eso te convierte en una anomalía. Una mancha que el sistema necesita limpiar antes de que infecte al resto.
Durante el almuerzo, por primera vez desde que llegó, Ethan no se sintió como un náufrago. Se sentaron en una mesa apartada, lejos del resto de los estudiantes que masticaban su comida en un rítmico y siniestro silencio. Thomas le habló de las grietas que él había mapeado: edificios que cambiaban de tono, siluetas que se desvanecían al mirarlas fijamente, y ese omnipresente olor a ozono que impregnaba el aire antes de que "ellos" actuaran.
Hablar con Thomas era como encontrar un manual de instrucciones en medio de un laberinto. Por un momento, Ethan se permitió reír, una risa breve y nerviosa que sonó extraña en sus propios oídos. El día se volvió extrañamente luminoso; las nubes grises se abrieron para dejar pasar un sol pálido y la sensación de ser observado pareció disiparse.
Fue un error fatal. La anestesia perfecta.
Al salir del instituto, Thomas se detuvo en la gran puerta de hierro, escudriñando el horizonte con una fijeza animal. Se despidió con una advertencia que Ethan no terminó de procesar.
—Vete directo a casa, Ethan. No te detengas en el cruce. Hoy el aire huele demasiado a hierro. El equilibrio está tenso, y tú has brillado demasiado hoy.
Ethan asintió, pero la confianza de haber encontrado un aliado lo hizo caminar con los auriculares puestos, buscando que la música tapara el silencio sepulcral de las calles. Estaba a mitad de camino cuando la melodía se convirtió en estática pura. La temperatura cayó en picado. En mitad de la carretera, bloqueando su camino, la sombra lo esperaba. Ya no era una silueta lejana; era una columna de oscuridad absoluta, de tres metros de altura.