Ethan se incorporó de golpe, con el corazón martilleando contra sus costillas como un animal enjaulado que intenta romper los barrotes de su propia carne. El sudor frío le empapaba la camiseta, pegándola a su espalda, y un sabor metálico, amargo y persistente, le dominaba la lengua, como si hubiera estado masticando monedas de cobre durante horas. Por un segundo, sus ojos buscaron desesperadamente las copas de los pinos oscureciendo el cielo y esperó sentir el peso gélido de la sombra aplastando su pecho, pero solo encontró el papel tapiz descascarado de su habitación y la luz grisácea de Grey Hollow filtrándose por la persiana.
—Un sueño —susurró, con la voz quebrada, tratando de convencerse a sí mismo—. Solo fue un maldito sueño.
Se llevó la mano al hombro izquierdo con un movimiento frenético, esperando encontrar la carne desgarrada y el calor pegajoso de la sangre. Se despojó de la camiseta con torpeza, rompiendo un hilo en el proceso, y se plantó frente al espejo del armario, conteniendo el aliento.
Nada.
Su piel estaba intacta. No había cicatrices, ni rastro de la herida de hielo que juraría que le había atravesado el omóplato, ni las marcas de los colmillos que habían perforado su cuello con una fuerza volcánica. La superficie de su cuerpo era un lienzo en blanco, liso y pálido, perfectamente normal. Sin embargo, al presionar la zona con la punta de los dedos, un chispazo de dolor eléctrico le recorrió el brazo hasta la punta de los dedos. Era un dolor profundo, instalado en la médula del hueso, una memoria física que su cuerpo se negaba a ignorar a pesar de que sus ojos le dictaran que estaba sano. El espejo le devolvía la imagen de un chico que parecía el de siempre, pero Ethan sentía que su reflejo era una mentira piadosa contada por la propia casa.
Bajó a la cocina con las piernas temblorosas. Allí, su padre ya estaba desayunando con la misma parsimonia robótica que se había convertido en su nueva identidad. El sonido de la cuchara golpeando el tazón de cereales era rítmico, perfecto, carente de cualquier atisbo de nerviosismo.
—Llegas tarde, Ethan —dijo su padre sin levantar la vista del periódico, cuya portada hablaba de un festival local que nadie parecía recordar haber organizado—. Come algo rápido o llegarás tarde a la primera clase. El ejercicio te vendrá bien, pero no te entretengas por el camino.
Ethan lo observó en silencio, buscando una señal de complicidad, una mota de barro en el suelo o una mancha de sangre en su propia ropa que confirmara el horror de la noche anterior. Pero la cocina estaba impecable. El suelo brillaba, su ropa sucia no estaba por ninguna parte y su padre parecía haber pasado por un proceso de desinfección mental.
—Papá… ¿me viste llegar anoche? —preguntó Ethan, con la voz cargada de una urgencia que rozaba el pánico—. Tuve un accidente en el bosque, yo... estaba herido, papá. Había sangre por todas partes.
Su padre levantó la vista lentamente y le dedicó una sonrisa vacía, una de esas expresiones que se quedan en la superficie de la piel sin llegar jamás a los ojos.
—¿De qué hablas, hijo? Cenamos juntos, hablamos del jardín y te fuiste a dormir temprano. Estás caminando demasiado por ahí solo, Ethan. La imaginación juega malas pasadas cuando uno no se adapta al silencio. Este pueblo es tranquilo; aquí no pasan "accidentes" de ese tipo.
Ethan apretó los puños bajo la mesa hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No era solo que su padre estuviera mintiendo; era que creía en su propia mentira con una convicción absoluta. El pueblo no solo era extraño; estaba reescribiendo la realidad segundo a segundo, editando los eventos traumáticos para mantener una fachada de paz que empezaba a asfixiarlo. Decidió que no podía quedarse allí, esperando a que lo que sea que editará la realidad también lo alcanzara a él.
Salió de casa y emprendió el camino al instituto a pie. Mientras caminaba por las calles de Grey Hollow, notó que sus sentidos estaban operando en una frecuencia distinta. El sonido de sus propios zapatos sobre el asfalto le devolvía un eco demasiado nítido, como si pudiera escuchar la vibración de la calle entera bajo sus pies. El olor a leña de las chimeneas, que antes era acogedor, ahora se sentía casi asfixiante, cargado de matices de resina y ceniza que podía identificar por separado.
Miró hacia el cruce del bosque al pasar. La calle estaba desierta, bañada en esa luz cenicienta que parecía devorar los colores primarios. No había rastro de la sombra, pero el aire en ese punto exacto se sentía más denso, como si todavía guardara el eco de la violencia de la noche anterior.
Llegó al instituto una hora antes de que empezaran las clases, esquivando a los pocos estudiantes que caminaban como autómatas por el patio. La biblioteca era un refugio de penumbra polvorienta, habitada solo por el zumbido monocorde de la calefacción vieja. Ethan se lanzó sobre los archivos de historia local, moviendo las cajas de microfilmes y los tomos encuadernados en cuero con una desesperación creciente. Buscó cualquier mención a ataques, desapariciones, avistamientos de lobos o leyendas sobre figuras altas que acecharan a los viajeros.
Pasó las páginas hasta que las yemas de sus dedos le dolieron. Nada. Según los registros oficiales, Grey Hollow era el lugar más seguro y monótono de la tierra. No había crímenes sin resolver, ni registros de animales salvajes agresivos, ni incidentes en el bosque en los últimos cincuenta años. Era una historia esterilizada, una cronología de ferias agrícolas y reuniones de vecinos. Era como si una mano invisible hubiera pasado una goma de borrar sobre cada evento que pudiera perturbar la calma artificial de los habitantes.
Cerró el último tomo con una frustración que quemaba. Necesitaba a la única persona que hablaba su mismo idioma, el único que le había validado lo que veía.
—Thomas —murmuró entre dientes.