El velo gris

Capítulo 8: El Peso de la Sangre

​La figura dio un paso fuera de la penumbra de los robles, revelando una gabardina de cuero desgastado que parecía haber sobrevivido a un siglo de tormentas y batallas olvidadas. El hombre era alto, de hombros anchos y una postura que proyectaba una fijeza absoluta, como si el viento y la lluvia no pudieran moverlo ni un milímetro de su lugar. Su rostro, tallado por la dureza de quien ha visto el mundo romperse y ha sobrevivido para contarlo, estaba surcado por cicatrices finas que solo la luz plateada de la luna lograba resaltar. Su sola presencia no era simplemente imponente; era gravitatoria, haciendo que el aire alrededor de Ethan se volviera denso, cargado de una electricidad estática que le erizaba el vello de la nuca.

​—Mi nombre es Silas —dijo el hombre, y su voz no solo salió de su garganta, sino que pareció vibrar directamente en el esternón de Ethan con una frecuencia que hizo que el dolor de su hombro pulsara en una respuesta rítmica y violenta—. Y antes de que tu mente empiece a construir muros, antes de que intentes convencerte de que esto es otro truco del cansancio o una alucinación de este pueblo maldito, detente y mira tus pies. El barro entre tus dedos es real. El frío que ha dejado de morderte la piel es real. Y esa sed que te quema la garganta como si hubieras tragado brasas... esa es la verdad más pura que vas a conocer en toda tu vida.

​Ethan retrocedió, sus dedos enterrándose en la tierra húmeda del claro. Sus reflejos, ahora disparados por una adrenalina que se sentía distinta a la humana, lo hicieron ponerse de pie con una agilidad felina, una coordinación que nunca había poseído. Se sentía eléctrico, como si cada nervio de su cuerpo hubiera sido reemplazado por cables de alta tensión transportando una energía que no sabía cómo apagar.

​—Me mordiste —acusó Ethan, su voz rompiéndose en un susurro cargado de pánico y furia—. Esa cosa... esa sombra me estaba despedazando y tú apareciste para terminar el trabajo. Me clavaste los dientes, maldito loco. ¡Mírame! Estoy cubierto de tierra, mi padre no sabe dónde estoy y tú me hablas de "verdades" mientras me desangro.

​Silas soltó un bufido que fue mitad risa amarga y mitad gruñido contenido. Se acercó con una lentitud calculada, cada paso medido con la precisión de un depredador que no necesita correr porque sabe que su presa no tiene a dónde ir. Sus ojos, en la penumbra, destellaron con un oro intenso, una luz interna que hizo que a Ethan se le helara la sangre en las venas.

​—Esa "sombra", como la llamas con tu vocabulario limitado por el miedo, era un Demonio, Ethan. Una Entidad de Fusión Espectral. No era un fantasma errante ni un espíritu del bosque; era una construcción artificial diseñada por un Arcano para localizarte y devorar tu esencia hasta dejar solo un cascarón vacío. Estabas muerto en el momento en que sus dedos de humo tocaron tu piel. Tu alma se estaba disgregando para alimentar el núcleo de esa abominación.

​Silas se detuvo a escasos dos metros, cruzando los brazos sobre su pecho.

​—Tuve que elegir en una fracción de segundo: dejar que ese engendro te consumiera y se hiciera más fuerte, o darte la sangre de los Licántros. Te mordí para anclar tu voluntad a tu carne con un nudo que ni el demonio más hambriento podría desatar. Te di una naturaleza que la oscuridad no puede digerir. Te di una oportunidad de pelear.

​Ethan sacudió la cabeza con violencia, frotándose las sienes como si intentara expulsar las palabras de Silas de su cerebro. El dolor en su hombro latía ahora con una calidez extraña, casi reconfortante, lo cual lo aterraba aún más.

​—¿Licántros? ¿Hombres lobo? —Ethan soltó una carcajada histérica que resonó hueca y quebradiza en el claro, espantando a un par de aves nocturnas—. ¿Estás bromeando? ¿Esto es una especie de broma pesada de los habitantes de Grey Hollow para terminar de volverme loco? No existen los hombres lobo, Silas. Hay gente que desaparece, hay un pueblo que parece una maqueta perfecta y hay un silencio que me está matando, pero no hay... bestias. Esto no es una película de terror de los años ochenta. ¡Soy un chico normal que está teniendo un colapso nervioso! ¡Eso es todo lo que está pasando!

​Silas lo observó con una paciencia gélida, una calma que resultaba más inquietante que un grito.

​—No es una infección que te quita la humanidad, Ethan. Es una revelación de lo que llevas dentro. La mordida solo quita el velo de lo que tu biología ocultaba. Lo que sientas a partir de ahora, la forma que tome tu esencia, dependerá enteramente de tu voluntad y de quién seas realmente. Para algunos es una bendición; para otros, una condena irreversible. Pero en nuestra estirpe hay órdenes, hay una estructura que nos mantiene cuerdos...

​De pronto, Silas se detuvo en seco. Cerró los ojos un segundo y suspiró profundamente, soltando una nube de vapor que se disolvió lentamente en el aire gélido de la noche. Su expresión de guerrero se suavizó apenas un ápice, reemplazada por una chispa de lo que parecía ser una compasión muy antigua y muy cansada. Miró a Ethan, que temblaba no solo de frío, sino de una confusión que amenazaba con quebrarlo.

​—No —murmuró Silas, negando para sí mismo—. Me detengo aquí. No tiene sentido seguir. No quiero abrumarte con más información de la que tus pulmones pueden procesar ahora mismo. Estás en estado de choque y tu mente está intentando protegerse negando lo que tus sentidos ya saben que es verdad. Ya habrá tiempo de enseñarte a rastrear a los Arcanos que enviaron a ese demonio, o a controlar esa furia que pronto sentirás subir por tu columna como si fuera plomo derretido.

​Ethan dio dos pasos hacia atrás, señalándolo con un dedo tembloroso mientras intentaba recuperar el aliento.

​—¿Enseñarme? ¿Tiempo? ¡Estás demente! —gritó Ethan, con la voz quebrada por la incredulidad—. No sé qué me inyectaste en ese ataque, o qué tipo de droga usas para tener esos ojos, pero no voy a quedarme aquí a escuchar tus delirios de grandeza. Me voy de aquí ahora mismo. Voy a volver a mi casa, voy a darme una ducha de agua helada y mañana voy a despertar pensando que eres solo otro lunático que vive en el bosque y se cree el protagonista de una novela fantástica.




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