El velo gris

Capítulo 9: Esencias

El lunes por la mañana, el despertar de Ethan no fue un retorno gradual a la conciencia, sino una colisión brutal contra la realidad. No abrió los ojos; sus sentidos lo arrastraron fuera del sueño antes de que sus párpados pudieran reaccionar.

​El sonido fue lo primero. A tres manzanas de distancia, un perro lloraba rítmicamente, y Ethan podía discernir el roce de su vientre contra el suelo helado del patio. Debajo de él, en la cocina, el zumbido de la cafetera de su padre sonaba como un taladro industrial perforando el suelo, y el chasquido del periódico al pasar la página resonaba como un latigazo. Pero lo peor era el olor. El aire de su habitación, que antes pasaba desapercibido, ahora apestaba a polvo estancado, a un sudor adolescente tan intenso que picaba en la nariz y a un rastro metálico que subía desde la calle, como óxido húmedo y sangre antigua que se filtraba por las grietas del asfalto.

​Ethan se incorporó de golpe, ahogando un grito, y el colchón chirrió bajo un peso que se sentía extrañamente redistribuido. Su cuerpo era ajeno. Al frotarse la cara, la textura de su propia piel parecía más tosca, y las sábanas de algodón, antaño suaves, se sentían como papel de lija de grano grueso contra sus palmas. Se puso de pie con una facilidad alarmante, como si la gravedad hubiera perdido fuerza, y al pasar frente al espejo del armario, se quedó petrificado.

​La luz grisácea del amanecer que entraba por la ventana no podía ocultar el cambio. No había sido solo la adrenalina del fin de semana. A sus diecisiete años, había sufrido una metamorfosis nocturna. Su mandíbula, antes suave, estaba ahora cincelada, casi agresiva en su definición. Sus hombros habían ganado una amplitud que hacía que su camiseta de dormir le apretara dolorosamente en las costuras, y sus músculos poseían una definición escultural, tensa e hirviente, como si estuvieran listos para la acción. Su respiración, ahora más profunda y rítmica, hace vibrar su caja torácica de una manera totalmente nueva, un eco sordo que parecía sintonizar con algo fuera de la casa.

​—Esto no es real. Silas es un loco y yo estoy teniendo una crisis psicótica —se repitió a sí mismo, intentando forzar a su mente a ignorar lo que su cuerpo gritaba.

​Trató de recordar cómo había llegado a la cama. El último fragmento de memoria era el frío lacerante del bosque, el dolor en su hombro y la mirada eléctrica de Silas antes de que todo se volviera oscuridad. ¿Había corrido hasta aquí? ¿Había entrado por la ventana? Inspeccionó el suelo: no había barro, ni ropa rasgada en el cesto, ni la marca de la mordida en su hombro, solo una piel impecable y fuerte.

​Bajó a la cocina intentando controlar sus pasos, pero cada uno de ellos estaba cargado de una potencia elástica que amenazaba con impulsarlo contra el techo si no medía su fuerza. Su padre, sentado a la mesa con el periódico, levantó la vista y la taza de café se detuvo a medio camino de su boca. Sus ojos se abrieron de par en par, escaneando a su hijo con un desconcierto genuino, teñido de un rastro de instinto ancestral.

​—¿Ethan? —preguntó su padre, su voz llena de una extrañeza que rozaba el temor. Por un segundo, olfateó el aire sutilmente, un tic reflejo que ni él mismo entendía—. Jesús... ¿Qué demonios has estado haciendo este fin de semana? Parece que has crecido dos centímetros en una noche. Estás... robusto, hijo. Casi no te reconozco.

​Ethan sintió un sudor frío recorrerle la nuca. El cambio físico era innegable, y la reacción de su padre era puramente biológica, un reconocimiento instintivo de algo diferente, aunque su mente consciente no pudiera explicarlo.

​—Solo es el estirón de los diecisiete, papá. He dormido mucho, supongo —mintió, su voz sonando más profunda, una vibración sorda y segura que él mismo desconocía.

​—Aprovecha esa energía —dijo su padre, volviendo al diario con una indiferencia mecánica, como si prefiriera no profundizar en el cambio—. El pueblo está revolucionado con el festival de este fin de semana, pero hoy es lunes. No llegues tarde a la escuela.

​Al salir de casa, Grey Hollow no se sentía como el refugio que su padre tanto pregonaba. Bajo el aroma a pino fresco y la leña de las chimeneas, Ethan detectaba el miedo estancado del pueblo: una mezcla de cera de vela rancia, sudor frío de pesadillas y un rastro casi imperceptible de algo muerto hace mucho tiempo que parecía brotar de las grietas de las casas antiguas.

​Al entrar en el instituto, el caos sensorial lo golpeó como un muro físico. El aire apestaba a una docena de perfumes baratos, al metal oxidado de las taquillas y al sudor rancio del equipo de gimnasia que flotaba desde el vestuario. Cada risa era un estallido que le martilleaba los oídos, cada roce de mochila un terremoto. El pasillo era una marea de hormonas, ansiedad y secretos que Ethan podía casi palpar.

​Intentó concentrarse en su clase de historia, pero sus oídos captaban las conversaciones de los pasillos a tres aulas de distancia. Escuchaba el latido rítmicamente aburrido de la profesora, un sonido sordo que lo distraía de las fechas en la pizarra. Fue entonces cuando un cambio radical en la atmósfera lo hizo enderezarse en su asiento, con la nuca erizada.

​Un olor denso, gélido y cargado de ozono empezó a filtrarse por la rendija de la puerta del aula. No era orgánico. Era una mezcla de hierro viejo, óxido acumulado y la carga eléctrica estática que precede a una tormenta, pero artificial, esterilizada. Ese olor traía consigo un silencio antinatural; el bullicio del pasillo se extinguió a medida que la presencia se acercaba.

​Al terminar la clase, Ethan caminó por el pasillo principal con la mandíbula apretada, tratando de ignorar cómo sus sentidos le gritaban que algo andaba mal. El olor a hierro viejo y ozono se intensificó hasta volverse una presión física en sus pulmones, un sabor amargo en su lengua.

​El subdirector estaba allí, de pie junto a las vitrinas de trofeos de cristal, con las manos entrelazadas a la espalda, observando su propio reflejo sin parpadear. Su presencia era como un agujero negro de temperatura; a su alrededor, el aire parecía morir. No había vitalidad en él, solo una eficiencia estática. A medida que Ethan se acercaba, el hedor metálico y eléctrico se volvió sofocante.




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