El encuentro con el subdirector había dejado un sabor a cobre en la boca de Ethan, una nota metálica y persistente que se pegaba al paladar como si hubiera estado masticando monedas oxidadas. El pasillo del instituto, con sus luces fluorescentes parpadeantes que emitían un zumbido eléctrico casi doloroso para sus nuevos oídos, se sentía ahora como una cinta transportadora diseñada para triturar cualquier rastro de anomalía. Pero Ethan no podía permitir que lo recalibraran. No por ese hombre gris que olía a estática y a oficina vacía.
Necesitaba respuestas, y no de aquel hombre que había conocido en el bosque, quien parecía disfrutar del misticismo críptico desde su refugio en las afueras. Ethan necesitaba a alguien que viviera en su mismo mundo; alguien que caminara por los mismos pasillos y respirara el mismo aire viciado de Grey Hollow. Alguien que, de alguna manera, le hubiera advertido del peligro antes de que sus propios huesos empezaran a expandirse bajo la piel.
Buscó a Thomas.
Lo encontró en la biblioteca, el único lugar donde el zumbido de los pensamientos ajenos parecía amortiguarse bajo el peso del papel viejo y las estanterías de madera maciza. Thomas estaba sentado al fondo, en una mesa oculta por las sombras de los estantes de enciclopedias. Al acercarse, los sentidos de Ethan se dispararon de una forma que lo dejó sin aliento, obligándolo a sostenerse de un carro de libros para no trastabillar ante la intensidad de la percepción.
No era el olor a hierro y ozono del subdirector. Tampoco era el aroma rancio de los otros chicos. A medida que acortaba la distancia, Ethan fue golpeado por una fragancia densa, orgánica y profundamente familiar: almizcle, tierra húmeda y una calidez animal que parecía vibrar en la misma frecuencia que su propia sangre. Era un rastro que sus instintos reconocieron antes que su mente; una firma biológica que gritaba hogar y peligro al mismo tiempo.
Thomas levantó la vista antes de que Ethan llegara a la mesa. Sus movimientos eran lentos, deliberados, pero había una tensión en sus hombros que delataba una inquietud interna. Sus ojos no eran comunes; eran profundos, alertas y, por un instante, brillaron con un reconocimiento ámbar tan intenso que pareció iluminar la penumbra, una brasa de oro fundido que se desvaneció tras un parpadeo consciente.
—Te dije que no te acercaras al bosque, Ethan —dijo Thomas. Su voz era un susurro rasposo, cargado de una frustración que no correspondía a un chico de diecisiete años.
Ethan se sentó frente a él, sintiendo que sus propios músculos se tensaban por reflejo. Frunció el ceño, procesando las palabras de su amigo con una mezcla de sospecha y desconcierto.
—¿Cómo sabes que entré al bosque, Thomas? —soltó Ethan, bajando la voz—. Nadie me vio salir esa noche.
Thomas dejó escapar un aire pesado por la nariz y cerró el libro que tenía delante, pero no con violencia, sino con el cansancio de quien guarda un secreto demasiado pesado. Se inclinó hacia adelante y el olor a almizcle se volvió casi embriagador.
—No necesito verte para saber dónde has estado, Turner. Lo llevas pegado a la piel. Hueles a pino húmedo, a moho antiguo y a ese miedo agrio que solo se mastica entre los árboles de la zona norte —Thomas lo observó, y por un segundo, su mirada perdió esa dureza habitual, dejando ver una sombra de empatía—. Además, seguro que tus sentidos están al límite ahora mismo. Eso debe de abrumarte. Sentir que el mundo es demasiado ruidoso, que cada sonido te golpea como un martillo. Estás intentando procesar demasiada vida para un solo par de ojos humanos. Créeme, sé lo que es sentir que la cabeza te va a estallar.
Ethan tragó saliva, evitando mirar directamente a ese brillo ámbar que aún palpitaba en sus retinas. Estaba harto de los misterios, pero la vulnerabilidad en la voz de Thomas lo descolocó.
—Siento que voy a estallar —confesó en un susurro—. Todo es... demasiado.
—Sé lo que eres —soltó Thomas, y el aire pareció desaparecer de los pulmones de Ethan—. Sé que Silas tuvo que morderte para salvarte la vida esa noche.
Ethan se quedó de piedra. El nombre y la revelación resonaron en su mente como un disparo. Retrocedió un centímetro en la silla, con el corazón martilleando contra sus costillas.
—¿Silas? ¿Cómo sabes...? ¿Tú conoces al hombre del bosque? —La sorpresa de Ethan era genuina, mezclada con una repentina sensación de haber sido observado todo este tiempo—. ¿Tú también...? ¿Dices que él me... me mordió para salvarme?
Al mencionar el nombre de Silas, Thomas enderezó la espalda. No fue el movimiento de un autómata, sino el de alguien que reconoce una autoridad necesaria. Hubo un destello de respeto en su rostro, pero también una seriedad cargada de experiencia personal, como si él mismo hubiera pasado por ese mismo fuego.
—Si él decidió actuar por ti, fue porque no había otra salida, Ethan. Silas no es alguien que regale esto por capricho —dijo Thomas, y su voz adquirió un peso distinto, más protector que impositivo—. Él sabe exactamente lo que estás pasando porque es quien mantiene el equilibrio cuando todo lo demás se desmorona. Sus métodos son los que nos permiten seguir caminando entre los demás sin que sospechen nada. No intentes luchar contra el cambio tú solo, no seas estúpido. El cambio siempre gana, y si te resistes por puro orgullo, te vas a romper desde adentro. Deja que te ayudemos. Deja que él te enseñe a llevar esto antes de que sea tarde.
Ethan apretó los puños bajo la mesa. Siempre había sido reacio a creer en leyendas o en la existencia de algo tan absurdo como los hombres lobo, buscando explicaciones lógicas para todo, pero su cuerpo lo traicionaba con cada latido ensordecedor que sentía incluso en las puntas de los dedos.
—No puede ser verdad —masculló Ethan, aunque su voz carecía de la convicción de antes—. Esto tiene que ser otra cosa. Alguna enfermedad, alguna mutación genética rara...