La oscuridad no trajo el silencio a Grey Hollow; trajo una amplificación de la agonía. Ethan estaba colapsado sobre su cama, con la cara hundida en la almohada, pero las fibras de la tela se sentían como cerdas de acero contra su piel. El mundo se había vuelto demasiado nítido, demasiado agresivo. Podía oír el siseo del gas en las tuberías de la calle y el latido errático de un pájaro en el tejado, un sonido que martilleaba su cráneo con la fuerza de un pistón industrial. Cada inhalación era un asalto: el olor a polvo viejo, el rastro químico del suavizante de ropa y el aroma a metal oxidado que subía desde los cimientos de la casa lo estaban asfixiando.
No era solo el ruido. Era una presión interna, una marea de estática eléctrica que recorría sus nervios buscando una salida. Intentó aferrarse a su nombre, a su edad, a la estructura lógica de su habitación, pero las paredes parecían cerrarse sobre él como las mandíbulas de una trampa.
Entonces, el primer latigazo de ira lo golpeó.
Fue una explosión biológica. Una rabia volcánica trepó por su columna vertebral, borrando cualquier rastro de raciocinio. En medio de ese incendio mental, una imagen se filtró con la fuerza de un impacto: Silas.
No fue un pensamiento voluntario, sino una llamada magnética que tiraba de sus huesos, era de su instinto, esa parte nueva y hambrienta de su ADN, le gritaba que el claro del bosque era el único lugar donde el ruido se detendría. Silas era el eje de ese nuevo mundo, y Ethan necesitaba llegar a él antes de desintegrarse.
Se puso en pie de un salto y la silla de madera salió despedida contra el armario, astillándose con un estruendo que para Ethan sonó como una deflagración. Se miró al espejo y retrocedió ante lo que vio: sus ojos se habían transformado en dos pozos de mercurio líquido, un plateado incandescente que devoraba la penumbra. Bajo su piel, los tendones se tensaban como cables de acero. Sus uñas se oscurecieron y se alargaron en garras de obsidiana que rasgaron la madera del escritorio al intentar sostenerse.
De repente, dos golpes secos en la puerta lo hicieron tambalearse.
—¿Ethan? ¿Estás bien ahí dentro? He oído un golpe.
Era su padre. Su voz, antes un refugio, ahora era un estruendo insoportable que olía a preocupación humana y café rancio. Ethan se cubrió la boca con las manos, sintiendo cómo sus encías sangraban mientras los colmillos forzaban su salida, rompiendo el último vestigio de su anatomía humana.
—¡Aléjate! —rugió Ethan. Su voz no fue un sonido, sino una vibración gutural que hizo temblar el pomo de la puerta—. ¡Vete de aquí! ¡Ahora!
Hubo un silencio denso al otro lado. Ethan podía oír el latido acelerado de su padre, el roce de su palma dudando sobre la madera.
—¿Ethan? Tienes una voz extraña... ¿estás enfermo? Voy a entrar...
—¡QUE TE ALEJES! —gritó Ethan con una ferocidad salvaje que hizo que su padre retrocediera un paso instintivo por el pasillo.
No esperó a oír más. La culpa fue una chispa mínima devorada por el incendio de sus instintos. Saltó por la ventana sin usar las manos, aterrizando en el césped húmedo con una elasticidad sobrenatural. Corrió hacia el bosque, guiado por esa brújula interna que apuntaba hacia el centro de la negrura.
Al cruzar el límite de los árboles, el suelo se convirtió en un mapa de texturas y vibraciones. Sus pies apenas tocaban la maleza; era un borrón de músculos y sombras abriéndose paso entre las raíces, impulsado por un rastro de calor que gritaba "autoridad".
Llegó al claro y allí, bajo la sombra de un roble inmenso, estaba Silas.
El hombre permanecía de pie, con los brazos cruzados, observando al joven lobo con una calma absoluta. Para Ethan, cuya visión ya era un flujo de plata hirviente, esa inmovilidad fue el detonante final. Lanzó un rugido que sacudió las ramas más bajas y se abalanzó sobre él. Sus garras buscaron el pecho de Silas, buscando desgarrar, buscando probar que él también era una fuerza de la naturaleza.
Pero Silas no era un humano.
Con un movimiento fluido, el Alfa se hizo a un lado. Antes de que Ethan pudiera recuperar el equilibrio, Silas lo atrapó por la nuca con una mano que se sintió como una prensa de hierro. Ethan se retorció, lanzando zarpazos ciegos y dentelladas al aire. Logró soltarse y volvió a atacar, buscando la garganta con una furia suicida.
Silas suspiró y permitió que sus ojos brillaran con un dorado profundo. El aire del claro pareció espesarse, cargado de una autoridad ancestral que aplastó la voluntad del chico. Silas esquivó el siguiente zarpazo con desdén y le propinó un impacto seco con la palma en el plexo solar, seguido de un golpe preciso en la base del cráneo.
El mundo de Ethan estalló en chispas plateadas antes de fundirse a negro.
Sus rodillas cedieron y su cuerpo, a medio transformar, cayó sobre el manto de acículas de pino. El silencio absoluto regresó al bosque, roto solo por la respiración pausada de Silas.
—Ha llegado la hora de que te enseñemos a ser lo que ahora eres, Ethan —sentenció el Alfa, su voz vibrando con un poder que hizo que las sombras del claro se encogieran—. Si no aprendes a silenciar el ruido de tu cabeza, la luna te devorará antes de que termine la semana.
De entre las sombras de los árboles, tres figuras se materializaron sin emitir un solo crujido. Eran siluetas fluidas, parte de la misma oscuridad. Una de ellas dio un paso al frente: era Thomas. Sus ojos aún conservaban un rastro de brillo salvaje bajo una expresión de seriedad absoluta. Miró a Ethan, cuyas garras empezaban a retraerse lentamente.
—Se ha resistido más de lo que esperaba —dijo Thomas.
Silas asintió, impasible.
—La sangre de los licántros corre por sus venas ahora. No esperaba menos que un estallido. Pero el sábado la luna no tendrá piedad. Es hora —sentenció—. Ayúdame a levantarlo, Thomas. El entrenamiento empieza ahora, y vamos a ver si el dolor logra callar su mente de una vez por todas.