El eco de las palabras de Elena aún vibraba en el aire del claro cuando Silas dio media vuelta, su gabardina negra ondeando como el ala de un cuervo gigante contra el verde profundo del bosque. Ethan, todavía recuperando el aliento tras sentir sus garras retraerse bajo la piel, los siguió. No habían caminado ni cien metros cuando dos figuras emergieron de entre las sombras de los robles: Marcus y Thomas.
Marcus, el rastreador, avanzaba con una rigidez casi mecánica, con la nariz ligeramente elevada filtrando las moléculas de un aire que para Ethan solo olía a pino. Thomas, por el contrario, mostraba una sonrisa alentadora mientras terminaba de ajustar las correas de sus botas.
—Llegas tarde al relevo, Silas —dijo Marcus, cuyos ojos ámbar brillaron un segundo antes de volver a su tono café humano—. El rastro se está enfriando, pero la estática que deja es inconfundible.
—Ethan necesitaba entender su propia naturaleza antes de enfrentarse a lo que no tiene nombre —respondió Silas con voz gélida—. Ahora, es momento de que aprenda a usar los sentidos para algo más que sobrevivir al miedo.
Ethan asintió, tratando de enfocar su mente, pero la mención del tiempo despertó una punzada de angustia en su pecho que no podía ignorar.
—Mi padre... —soltó Ethan de repente. El silencio del bosque pareció volverse más denso—. No he vuelto a casa desde esa noche. Él debe estar aterrado. Primero mi madre muere, y ahora su único hijo desaparece en el bosque sin dejar rastro. Pensará que estoy muerto, Silas. No es justo dejarlo así.
Silas se detuvo en seco, girándose lo justo para que Ethan viera el destello dorado en su ojo izquierdo. El cuello de su gabardina alzado lo hacía parecer una sombra sólida.
—Tu padre está a salvo porque no sabe dónde estás, Ethan —respondió con una honestidad brutal—. En Grey Hollow, la ignorancia es la única armadura que ellos no pueden atravesar fácilmente. Si vuelves ahora, el rastro en tu sangre encenderá todas las alarmas del Círculo. Tu casa ya no es un refugio; es una jaula con sensores.
—Silas tiene razón —añadió Thomas con un tono inusualmente serio—. Pero no te preocupes. La manada tiene ojos en el pueblo. Sabemos que está bien, aunque se pase la noche dejando la luz del porche encendida. Ahora, concéntrate. Si no cazamos a este espectro, su "frío" atraerá a los Arcanos hacia nuestro sector y entonces sí que nadie estará a salvo.
Marcus se agachó junto a un matorral de helechos que parecían haber sido marchitados por un fuego invisible.
—Aquí está —susurró Marcus—. No busques una huella de pie, Ethan. Un espectro es un vacío de calor. Huele a hierro oxidado, a ceniza vieja y a ese aire estéril que hay en las habitaciones cerradas por mucho tiempo. El olor del tiempo pudriéndose.
Ethan cerró los ojos y respiró profundo. Al principio, solo sintió el almizcle y la tierra húmeda que emanaba de sus compañeros, pero luego, una punzada ácida golpeó sus fosas nasales. Era una nota discordante en la sinfonía del bosque.
—Lo siento... —murmuró Ethan, abriendo los ojos, que ya destellaban en plata—. Está hacia el norte, donde las piedras se vuelven negras.
—Bien —asintió Silas mientras empezaban a trotar con una agilidad que desafiaba la gravedad—. Mientras rastreamos, escucha. Posees una ventaja que ni siquiera los arcanos del Círculo pueden replicar fácilmente: la regeneración celular acelerada.
Thomas intervino, saltando sobre un tronco caído con una gracia asombrosa.
—Nuestra sangre no solo transporta oxígeno, Ethan; transporta voluntad —explicó Thomas—. Si ese espectro logra tocarte, sentirás que tu alma se congela, que tus músculos se vuelven piedra. Pero si mantienes tu corazón bombeando, tus células se reconstruirán más rápido de lo que el espectro puede deshacerlas. Un Beta puede sanar una herida de cuchillo en minutos. Un Omega como tú... bueno, podrías cerrar un desgarro profundo antes de que la primera gota de sangre toque el suelo.
La curiosidad por este mundo nuevo empezaba a ganarle terreno al miedo en la mente de Ethan. Todo era tan vasto, tan antiguo.
—Es increíble... —murmuró Ethan—. Entre la magia de los Arcanos y este Nodo... es como vivir en un libro de terror.
—Y no has visto nada —añadió Silas con una sombra de ironía—. Grey Hollow es un nido de avispas, pero no somos los únicos depredadores en la zona. A veces, los hilos del Velo se cruzan con los intereses de La Estirpe.
Ethan se detuvo en seco, haciendo que Marcus también parara.
—¿La Estirpe? —preguntó Ethan, confundido.
—Vampiros, chico —respondió Thomas de manera casual, como quien habla del clima—. Aristócratas de la sangre. Se creen los dueños de las sombras porque tienen castillos y linajes que se remontan a antes de que el hombre descubriera el fuego. Son elegantes, letales y tienen un ego más grande que la montaña que estamos pisando. Generalmente mantenemos una paz tensa con ellos, pero con el Festival de la Cosecha tan cerca, se vuelven... inquietos.
Ethan parpadeó varias veces, procesando la información. Se pasó una mano por el cabello, dejando escapar una risa nerviosa que rompió la tensión del rastreo.
—A ver si lo he entendido —dijo Ethan, gesticulando con las manos—. ¿Estamos en un bosque mágico, huyendo de magos autoritarios, yo soy un hombre lobo inestable y ahora me dices que también hay... vampiros? ¿Qué sigue? ¿Angeles ? ¿Hadas que cobran impuestos?
Thomas soltó una carcajada estrepitosa que hizo que algunos pájaros levantaran el vuelo. Incluso Marcus permitió que una comisura de su boca se elevara. Silas emitió un sonido que, en él, era lo más parecido a una risa: un gruñido rítmico y seco. El ambiente, por un breve momento, se sintió armónico, casi como una familia compartiendo una broma privada en medio de la tormenta.
—No hay hadas, al menos no en este condado —rio Thomas, dándole una palmada en la espalda a Ethan que casi lo derriba—. Pero me gusta tu espíritu, novato. Mantén ese sentido del humor, lo vas a necesitar cuando veas la palidez de un líder de La Estirpe.