Thomas se ajustó la capucha de su sudadera gris, sintiendo cómo el tejido áspero rozaba la piel de su nuca, todavía sensible por el entrenamiento de la mañana. Sus botas, curtidas por años de transitar sobre el musgo húmedo y la roca afilada del Nodo Natural, golpearon el asfalto agrietado con un sonido sordo y extraño. Para Thomas, entrar en Grey Hollow no era un regreso al hogar; era una infiltración en un territorio que se sentía como un cadáver mantenido en pie por cables eléctricos. El aire aquí no vibraba con la libertad del bosque; pesaba, cargado de una estática que le erizaba el vello de los brazos y le dejaba un sabor amargo, como de metal oxidado, en la parte posterior de la lengua.
—No te acerques demasiado al centro, Thomas —le había advertido Silas antes de que partiera, mientras el sol del viernes apenas lograba herir la neblina—. Los Arcanos están tensando el Velo para el festival de mañana. La frecuencia de la maquinaria es tan alta que cualquier rastro de sintonía natural brillará como una bengala en la oscuridad.
Ethan lo había interceptado justo antes de cruzar el límite de los árboles. El joven Omega tenía una urgencia en la mirada que Thomas reconoció al instante: era la desesperación del que todavía tiene algo que perder. “Calle Roble, Thomas. La casa de la valla blanca descolorida, la que tiene el rosal seco en la esquina. Solo mírale desde lejos. Necesito saber que mi padre sigue siendo él mismo, que no se ha convertido en uno de esos... autómatas de mirada perdida”. Thomas había asentido sin decir palabra. En un pueblo donde la voluntad era un recurso confiscado, "ser uno mismo" era el acto de rebelión más peligroso de todos.
Mientras caminaba por las aceras, Thomas notó que el zumbido del Nodo Artificial era hoy más intenso. Era una vibración mecánica que se sentía en la base de los dientes, una nota discordante que chocaba frontalmente con el ritmo orgánico que latía en sus venas. Al pasar frente a la antigua escuela secundaria, un edificio de ladrillo rojo que ahora parecía una prisión de máxima seguridad, los recuerdos lo golpearon con la fuerza de un impacto físico. Thomas no siempre había sido un lobo; antes de la manada, antes de Silas, él había sido un chico normal que amaba el olor de la lluvia sobre el asfalto caliente.
Recordaba perfectamente cuándo comenzó la transformación del pueblo. No fue un estallido, sino una filtración lenta de oscuridad. Todo comenzó con la llegada del nuevo Subdirector a la escuela. Thomas recordaba el día en que aquel hombre cruzó el umbral del despacho principal: vestía un traje gris que parecía no tener arrugas y poseía unos ojos humanos, perfectamente normales en forma y color, pero tan vacíos que daban la sensación de estar mirando hacia un abismo sin fondo. No había luz en ellos, ni empatía, ni ira; solo una ausencia gélida. Con su llegada, un aire frío empezó a recorrer los pasillos de la escuela y, poco después, las calles de Grey Hollow.
Ese fue el desembarco del Círculo de Arcanos. Thomas fue testigo de cómo la era de la maquinaria se tragaba la calidez del pueblo. Los profesores, que antes solían bromear, empezaron a actuar como robots, siguiendo un orden invisible y dictando lecciones con voces monótonas. Los vecinos dejaron de reunirse en los porches; ahora caminaban con una cadencia idéntica, como piezas de un reloj al que alguien acababa de dar cuerda con demasiada fuerza. Las risas en los parques desaparecieron, sustituidas la instalación de extraños postes metálicos que el Círculo llamaba "estabilizadores de red", pero que Thomas ahora sabía que eran receptores de energía vital.
El punto de ruptura ocurrió hace un año, durante el Festival de Otoño. Thomas, impulsado por una curiosidad que casi le cuesta la vida, se escabulló tras los generadores principales del campo de ferias. Allí, bajo la luna de octubre, vio el ritual que lo cambió todo. Cinco figuras envueltas en capas de una seda tan oscura que parecía absorber la luz ambiental estaban posicionadas en los puntos exactos de una estrella de cinco puntas. No caminaban sobre la tierra; sus pies flotaban a escasos centímetros del suelo, deslizándose con una fluidez antinatural, como si el aire fuera un fluido denso que ellos dominaban a su antojo. Sus ojos eran humanos, sí, pero carecían de alma, eran cuencas de carne que solo reflejaban la nada.
Lanzaron un ritual para anclar el Nodo Artificial, desgarrando el Velo con una serie de cánticos que sonaban como metal chirriando contra cristal. Thomas, aterrorizado, se tropezó con una caja al intentar retroceder. En ese instante, los cinco pares de ojos vacíos se fijaron en él al unísono. La persecución fue un borrón de pánico y adrenalina. Thomas corrió hacia el bosque, sintiendo cómo los Arcanos lo seguían, levitando entre los árboles como espectros de obsidiana, lanzando ráfagas de energía que cristalizaban la madera de los pinos al contacto, convirtiendo la vida en estatuas de sal fría.
Estaba acorralado contra un barranco, el olor a ozono y hierro oxidado llenándole los pulmones, cuando el bosque rugió con una furia que nunca antes había escuchado. En aquel entonces, la manada de Silas era más numerosa; eran nueve miembros en total. Nueve sombras de pelaje denso y garras listas para el sacrificio que cayeron sobre los encapuchados desde las copas de los árboles.
El combate fue una carnicería sensorial. Thomas recordaba el sonido de los huesos rompiéndose y el estallido de la magia de los Arcanos chocando contra la piel regenerativa de los lobos. Silas, en su forma más pura de Alpha, era un torbellino de violencia controlada, esquivando los rayos de energía pura que habrían reducido a cenizas a cualquier humano. Sin embargo, los Arcanos eran letales. Con un movimiento coordinado de sus manos, tres de los Arcanos lanzaron una red de energía que atrapó a tres de los hermanos de camada de Silas. Thomas vio con horror cómo sus cuerpos eran desintegrados, sus células colapsando bajo el peso de una magia que anulaba cualquier intento de regeneración. Sus aullidos de agonía todavía resonaban en las pesadillas de Thomas.