El veneno en los huesos

Capitulo 3

18 de mayo. 1984.

Horrores nocturnos.

Capítulo 3. Borrador.

Existe un mundo ajeno al mío, uno que voy a presenciar cada cierto tiempo, uno que yace en las profundidades de mi consciencia, allí hay historias, secretos que se vuelven películas y verdades forzando el aire en mis pulmones para darle voz en forma de caos: En ese mundo idílico es cuando mi mente y espíritu apartan la materia y elevan mí cuerpo por las nubes, a veces tengo unas inmensas alas con las que recorro los pabellones del infierno, en algunos casos, cuando me acerco lo suficiente reconozco caras, brazos que alguna vez me envolvieron, oía esas voces que más de una ocasión habrían de haberme cantado una canción de cuna…temo tanto acercarse más y vislumbrar una sección dedicada a mí, más cercano al demonio y cada vez más lejos del cielo.

Se que es real, allí iré sí es que no caigo en mis verdaderos deseos, allí viviría por toda la eternidad en un sufrimiento que nadie puede imaginar. Recuerdo esa pesadilla, pero no sé si lo fue realmente, por una parte, me aterrorizó como también anhelé que volviera a repetirse. Así poder comprenderme más…

Había vuelto a visitar el infierno. Realmente me esfuerzo por no hacerlo, pero mi alma siempre vuelve a ir, en ese camino frívolo me encontré con una presencia a la que solía ignorar y ella a mí, pero está vez fue diferente, ni ella ni yo seguimos nuestros caminos, nos quedamos enfrentados en un silencio extrañamente ruidoso y lo que ocurrió me robo la capacidad de dar respuestas coherentes. Me había hablado:

—Estás perdido.

No fue una voz, lo describiría como un hilo de sombras atravesando mi frente, transformando una intensión de comunicación en un pensamiento. Aún no le había dado rostro ni historia a ese personaje incorpóreo, sin embargo, podía sentirlo como una extensión de mí.

—No, no lo estoy —Mire mi alrededor, el grito de los pecadores se deformaba contra las paredes estrechas del averno y la presencia de la entidad esa resultaba tan familiar que incomodaba—. Estoy buscando algo.

No estaba seguro de porque le mentí, solo que esa criatura no era amiga y su silencio confirmaba que me ha estado vigilando desde que pisé aquel lugar.

—¿Me reconoces?

Por un breve instante tararee mí canción favorita con la esperanza de que se aburriría e iría por dónde vino, pero permaneció.

—No —dije, al fin, como si fuese obvio.

La presencia comenzó a cambiar; una cabellera rubia cubría sus hombros, sus ojos estaban vacíos, sin pupilas ni blancura, eran tan negros como los trapos que vestía y sus manos huesudas como mi profesor de piano se extendieron hacia mí y tomaron mis muñecas con una fuerza destructora.

—¿Enserio pensaste qué podías entrar a mí reino cuándo quieras e irte sin una marca? —Mis huesos crujieron y los gritos aturdieron el torrente de pensamientos. Mi carne parecía estar prendiéndose fuego desde adentro y todo el cuerpo temblaba del horror—. No sos bienvenido acá.

—Ignóralo, solo es un sueño—me susurre—. Esto es un...

—Cariño, los sueños no dejan cicatrices al despertar. —se burló de mí.

La punta del lápiz se partió, con ello sus ideas. Estaba fatigado, la tormenta veraniega y nocturna que eterna se percibió había decidido marcharse en la madrugada, no sin antes obsequiarle a él, su mayor detractor el último recuerdo de su estadía tirando un árbol en la entrada de su casa y otro en su jardín mancillando sus pobres cactus. No había podido dormir bien por los gritos celestiales de los ángeles, que llegaban como rayos azules golpeando la tierra. Luego, quedó esa calma momentánea antes que el sonido chirriante de los grillos se despidiera del diluvio, no estaba de buenos ánimos y pena le daría desvelarse; a regañadientes volvió acostarse, todavía pensativo, contemplando el rejuvenecimiento de la vida misma en todos menos en él.

Se removió tantas veces que la seda de su pijama le quemaba la piel.

—¿Qué me pasa? —Se abstuvo de gritar, estaba cansado, sin creatividad y pronto tendría hambre, pero no lograba mantenerse dormido. Es como si su mente estuviera debatiendo con su corazón sobre cuánto más podría estar sin alzar la pluma sobre un papel de manera sublime, y no como ahora, despreciándose así mismo e incapaz de escribir algo bueno.

Ángel disponía de una gran variedad de cuadros con insectos y cuatro cabezas de cuervos albinos que su abuela le regaló para su cumpleaños número diez. A su corta edad ya sentía apreciación por la muerte, cada cadáver de escarabajos, mariposas o el caparazón de un caracol el los recolectaba y llevaba a su cuarto dónde los bañaba en resina y acomodaba de manera meticulosa hasta estar satisfecho. Amaba esos insectos y no sabía si en R.D.I lo dejarían hacer ese tipo de cosas con la suficiente persuasión—los más probable que no—, durante el día hubo releído las normas de la escuela unas cuatro veces y muchas de las cosas que considera simples pasatiempos y hábitos, difíciles de dejar, son prohibidos porque dañan la moral y alma de los alumnos. Ahora, Ángel se cuestiona si la disección de animales muertos o poseer una basta colección de libros sobre magia oscura y necromancia son blasfemia cuando en ese mismo lugar hay estudiantes con tales habilidades, no comprende porque esa contradicción le genera tanto malestar. Podrá ser un Iluminado nato, pero sus gustos como sueños giran en torno a lo oscuro y no porque deseé generar dolor, más bien, es mayor la curiosidad y necesidad de enriquecer su alma con conocimientos y habilidades variadas.

A su falta de sueño se levantó de la cama y arrimó una silla; se sentó frente a su colección, y por extraño que pareciera un hormigueo le recorrió desde el vientre hasta el cuero cabelludo. Se relajo.




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