Estaba jugando a escondidas con su varita en la mañana siguiente, Berenice lo pesco obligándolo a ir a sus tutorías de piano con ese profesor de aspecto esquelético de nariz ganchuda y pelo enmarañado negro como su mirada, que tanto miedo le daba. Su abuela ha tomado clases de violín con ese sujeto a lo que Ángel solamente puede pensar en que carajo se había convertido aquel sujeto o si alguna vez fue humano.
No pudo contra la fuerza de su abuela, esta pese a tener sus ochenta años seguía teniendo la fuerza de sus veinte, no importo cuanto se aferrará a la madera de los barandales de las escaleras que lo llevarían a su destino sellado por fealdad de la maldad en ese extraño ser oscuro con mascara de persona. Para su desgracia termino frente al piano con el hombre viéndolo con una sonrisa torcida y sin embargo en ella no había ni un ápice de ternura o bondad.
—¡Antonio Veracruz! Mi amigo más preciado —Berenice le dio un abrazo que ni a su hija habría dado, estaba conmovida y muy afectuosa—. Mi nieto es muy sensible, pero no temas ser cruel con él. Debe acostumbrarse.
Ángel miró hacia la ama de llaves e imitó gestos nauseosos haciendo reír por lo bajo a la joven empleada. Su abuela lo habrá visto porque le dio con el libro de partituras en la frente dos veces antes de abandonarlo con el bicho ese.
—Toma asiento —El hombre le dirigió muy amablemente la palabra por primera vez sin despegar los labios ni gesticular solo observándolo con el rojo malicioso de sus ojos brillando—. No temas, almorcé bien antes de venir.
«Tenía que ser Vampiro… ¿Por qué lo dejan con un depredador?». Por instinto miró hacia la puerta procurando que estuviera como mínimo entreabierta en caso de tener que gritar. Correr no sería opción porque al hacerlo aumentaría el comportamiento animal del sujeto que lo ve como si fuera una ternera jugosa.
—Estoy bien acá —los nervios insistieron tanto en dejarse ver qué cuando contesto su voz se quebraba con cada palabra pronunciada. No era para menos, era la primera vez que estaba cara a cara con un hijo de la noche y aunque estuviese mal juzgarlo antes de conocerlo su miedo es razonable—. Me gusta estirar las piernas.
Antonio sacudió la cabeza y se paró haciéndole un lugar a su lado con un ademán hacia el piano. Ángel se detuvo en cada movimiento; elegantes, pero vacíos, no había emoción más que una vaga chispa de cortesía que parecía más un performance bien ensayado por la inmortalidad que honestidad.
—Insisto.
Fue entonces cuando sintió una sorpresiva presión entre las cejas. Al principio creyó que fue el tono ausente, pero en realidad era la perversa hipnotización lo que lo llevó a moverse hacia el lugar y obligarse a respirar el aroma a sangre que provenía de él. Ángel se fue despidiendo de su libertad momentánea porque cualquier pensamiento de hastío o miedo que se interpusiera con la encomienda de su abuela y la del vampiro eran reemplazados por una punzada en la cabeza; lloraba en silencio y sin embargo no podía emitir ningún sonido solo obedecía a las instrucciones en intentaba tocar el piano lo mejor que podía.
Por cada error un golpe en las manos con una regla.
—Vuelve a empezar. —ordeno.
—Ya no quiero…
Antonio alzó el rostro del adolescente y lo miró con aquel brilló.
—¿Y si lo intentas nuevamente? —El frio escalo a su nuca más rápido que la impotencia y aunque el tono fuese amable Ángel también podía ver a través de los demás y no era nada bueno estar ante la maldad más orgullosa de su infamia.
—Dije que no quiero. —susurro.
Tenía la intención de levantarse e irse por contrario a sus deseos su cuerpo seguía paralizado por el miedo. La punzada empeoraba, el frío se iba y volvía para sofocarlo y la creciente angustia hincaba sus espinas alrededor de su cerebro.
—¿Querés sentir dolor y qué está clase se haga más exhaustiva para vos? —Inquirió sonriendo—. Porque tengo todo el tiempo y paciencia del mundo, vos no.
«Lo odio. Lo odio tanto, ruego que el sol alcance su miserable cuerpo y lo haga polvo». Ángel suspiro volviendo a obedecer con un nudo atravesado en la garganta.
No existía cosa más desprovista de decoro y moralidad que la compulsión; estar a merced de un don así y verse bajo el yugo de la opresión de toda voluntad propia. No podía decir que parase, que le dolían las manos, pero también sabía que si no lo toleraba el castigo sería aún más fuerte. La excelencia lleva sus cicatrices.
Desde luego que cualquiera en su lugar perdería la noción del tiempo viviendo en un lugar donde no es visto más que un objeto al cuál darle cierta utilidad según lo que necesiten otros, una solución a una maldición y un hereje de luz al que pretenden controlar. Busco un instante de soledad en su mente, necesitaba rodearse del silencio, pero el ruido siempre llegaba por el medio que sea; desde dentro o las órdenes del maestro titiritero que sostenía los hilos de sus movimientos. Las teclas volvían a arrancarlo del escape y lo obligaban a vivir esa tortura sin sangre ni gritos.
Más tarde cuando lo dejaron huir con los dedos entumecidos, una disculpa vacía y una migraña de lo más insoportable sin pensarlo dos veces se arrastró hacia la biblioteca y cerró la puerta con cerrojo dejándose caer al suelo frío, abatido por el sueño, pero con la necesidad de seguir leyendo hasta dormirse sobre el olor a páginas viejas y amarillentas. No había sospesado en la claridad que entraba del ventanal hasta que la sombra y el aleteo histérico de una paloma lo tomaron por sorpresa. Pudo escucharla arrullar en la cornisa y luego irse tras el grito del aguilucho que andaba dando vueltas por los árboles del barrio.
El piso ya no era cómodo y aunque no quiso tuvo que incorporarse con demasiado esfuerzo que le pareció patético. Camino alrededor de los estantes con aire melancólico buscando un libro que no hubiera sido suyo en horas nocturnas y se detuvo en los clásicos del terror que tanto idolatraba; Howard Lovecraft y sus criaturas cósmicas movidas por el miedo de las masas o el encanto oscuro y profundo de la narrativa de Mary Shelley y su presentación del monstruo inocente y vengativo. Por curioso que sonase admite de todo corazón que consideraba desde niño un hogar leer esos mundos oscuros y siniestros creados por esos autores, el horror, la naturaleza humana destructiva y los quiebres del alma... todo eso apacigua sus entrañas que se enredaban en el veneno, no importa cuán alegre o quejumbroso este, siempre vuelve la ira. Se convence a diario de que es bueno, que es lo que su familia y el mundo espera, pero no es así, Ángel entiende que por impulso y anhelo solo se distinguen las consecuencias, solo eso lo frenan, las consecuencias de que si se muestra tal cual es querrían destruirlo al no poder controlarlo. Esa ira cava tan profundo en su carne que la olvida por un tiempo, pero siempre está al acecho de sus secretos. Solo recordar lo poseído de alegría que estaba aquella mañana antes de la interrupción.