El veneno en los huesos

Capitulo 6

A veces siento que estoy condenado a consumirme en mi propio fuego, que mí destino es desvanecerme en mí locura. Admito que es horroroso sentirse así, o me convierto en lo que anhelan los demás y los complazco o sigo los hilos del poder supremo que surcan los cielos…

Ángel reposaba su cabeza sobre el vidrio. Había una especie de barrera casi traslucida que cubría todo el campo alrededor de la ruta, el brillo era tenue, pero se llegaba a divisar el dorado, eran como diminutas moléculas de luz que levitaban durante las mañanas hasta el mediodía, pero estas se cernían sobre esas tierras durante horas.

El viaje llevaba consigo cierto misticismo, el carro que transporta almas perdidas a sus destinos. Donde también yacen curiosidades atrevidas e inexploradas por un adolescente, así como el hallazgo deseado del amor y la razón del ser que lo define, algo estaba por hacer temblar todos sus ideales. Estaba listo para atesorarlo, o destruirlo y en el caso de que su debilidad aumenté dejará que lo rompan.

Ernestina veía a Ángel de vez en cuando por el espejo, tarareando esa misma canción que desde su punto de vista era odiosa de oír. Mientras el movía la cabeza, era evidente que no tenía ningún tipo de apego hacia ella, demasiado contento como irse de casa a tan temprana edad sin la añoranza de volver. No quería dejarlo en ese lugar pudiendo estar protegido bajo su techo, si bien, no ha sido la mejor criándolo porque dejó durante muchos años que su madre, Berenice ocupara su lugar, y de la peor manera. Ernestina ama a su pequeño, no sabe mostrarle su corazón, desconoce cómo hablarle sin herirlo, es una especie de burla universal; ella siendo tan bruta en cuanto sentimientos se trata, pero su hijo es todo lo contrario, sensible, llorón y en cierta medida de moral cuestionable por su ausencia. No puede amarlo y tampoco odiarlo. Nunca estuvo en su lista de deseos dar vida. En sus tiempos eras madre y punto, si es que no querías perder tu educación como riquezas que la familia pudiera tener.

Cruzó varias barreras, una tras otra. Al parecer mejoraron la seguridad de la escuela desde que ella se graduó, por dentro le recorrió un gran alivio.

—Me gusta este lugar —Ángel atravesó el silencio como fantasma a pared, con ese tono soñador característico de la juventud—, presiento cosas buenas.

—¿Enserio? —No pudo evitar ser sarcástica.

El adolescente alzo la mirada, con el ceño arrugado ante la notoria hostilidad de la adulta. Qué vergüenza ajena le daba reconocer la falta de modales de la mujer que se supone debe de darle el ejemplo más noble y sano.

—Si —para disgusto de Ernestina su hijo respondió igual de amable—. Siempre esperó que sucedan cosas buenas.

El portón tenía las abreviaturas talladas junto al mineral representativo, que sobresalía un poco, los detalles rosados y blancos parecían mándalas inconexas hasta que una flor llegaba a distinguirse. La arbolada le impedía ver, excepto la punta de una campana; y se burló de quién haya tenido la buena idea de poner una iglesia con agua bendita y crucifijos en una escuela donde hay estudiantes Vampiros, Demonios y Lobos. Quisiera saber cómo harían también los magos oscuros que estudiaran con él a no ser que ellos estuvieran excluidos de tales zonas. De todas formas, no sabía más allá de lo que los libros le dijeron bajo las velas todos esos años.

Ernestina lo dejo en la entrada de la escuela y se fue. Ángel, mientras la veía marchándose se preguntó si en verdad lo dejo a su suerte o solo fue a estacionar. Una sensación de desamparo apresuró sus pasos hacia su pecho y mantuvo acorralada su sensibilidad.

Cuando no la vio regresar se puso nervioso, hasta entonces no había reparado en las dos estatuas de Marfil a cada lado del portón; son la sombra de lo que parecían haber sido guerreros, en sus cabezas reposaba un yelmo, pesado, de bronce, que dejaba ver un vacío infinito de oscuridad dónde debería de haber ojos llenos de luz, uno sostenía una espada de oro con un diamante en el mango. Entre ambos había una placa de oro y tenía grabado en latín «Innominatus». Por la breve historia eran los soldados más leales a la causa mágica, protegieron inocentes del Padre Oscuro y sus secuaces pagando con su propia vida, fueron reconocidos por sus tácticas de combate y valentía hasta en el lecho de muerte, esos honorables caballeros también fueron corroídos por el encanto egoísta de la avaricia, muchos de ellos no soportaron tales tentaciones vacías y acabaron abandonando a los suyos. Volviendo su vista hacia el otro guerrero no tenía una espada, pero si un látigo de cinco cabezas, alzado al cielo con orgullo enfermizo. Ambas figuras le provocaron sensaciones confusas. Se puso de punta y tocó el timbre sin despegar la vista de ambos caballeros, ¿sería paranoico creer que lo estaban observando? Viviendo en un mundo así no le sorprendería que así fuese.

Se acercó nuevamente a ellos. Que maravillosos y aterradores eran al mismo tiempo, tan grandes y perfectos. Cuánto tiempo habrá llevado capturar sus detalles, que virtuosidad tenía quien los haya creado, claro está que no fue alguien corriente, sus manos bendecidas estaban.

—vivimus in luce et pro ea moriemur. —recitó cauteloso.

Acaricio con las yemas de los dedos la espada del guerrero. Por la familiaridad en que su textura le brindaba la calma volvió a acompañarlo, exhalo el aire contenido.

—Debe ser agotador, ser inmortalizados, seguir trabajando para un mundo que nunca ha de cambiar, inclusive tras la muerte —dijo en un susurro, viendo el trasfondo triste—, deberían dejar ir sus cenizas.

El camino de piedras se volvió agotador, algunas se incrustaban en la suela de sus zapatos. Si lo veía de reojo no era más que un edificio neogótico, abrazado por el día, bien conservado; pero si prestaba absoluta atención se sorprendía de tales cosas, como los vitrales adornando el frente, la templanza de expresión solemne sosteniendo las vasijas con agua frente al río, su cabellera larga cubriendo su desnudez al padre sol. Al cruzar la última gárgola está cobro vida, alzándose sobre sus alas alegré, meciéndose a la par de la brisa.




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