Ángel alzó la mirada, un tanto incomodo, no era de su agrado cuando la gente daba utilidad a los segundos nombres, pero muy a su pesar tuvo que hacer a un lado sus peculiaridades y contener el aire. Ante el yacía majestuosidad, no, no un hombre corriente, era el reflejo de Dios delante suyo, resplandeciente, carisma e inocencia y con una fiebre de justicia demoledora, la manera en que sonreía, mostrando su alma a él, un don nadie. En la piel pálida de sus mejillas un tono rosado lo acompaño, sus pestañas bailaban con la curiosidad, la intimidad de sus palabras y apariencia lo hicieron enmudecer, se sintió tal cual Botticelli trazando con tonos pasteles y delicadeza la virtuosa belleza a sus alegorías paganas y doncellas, así como el nacimiento de Venus, rodeada de ninfas adorándola y él estaba parado delante de esa representación encarnada solamente hecho de carne sin nada que ofrecer, deseándolo como una estrella al infinito, un sueño que ni con el pecho abierto, dejando al descubierto sus latidos lograría encantar.
De entre todas las razones solo entendía que, ese sujeto, estaba destinado a romperle el corazón y al mismo tiempo siquiera saberlo. Llevo una mano al pecho, como si fuera posible contener esos fuegos artificiales incinerando sus impulsos joviales.
—Si —Su diccionario mental se vio afectado por la presencia de ese espécimen bien hecho. Su adolescencia hizo su primera señal de existencia.
—Profesor de Geometría sagrada —tendió la mano—. Octavio Juárez.
El mago, por alguna razón había dudado, pero extendió la mano y la estrecho y, lo que descubrió fue dolor, su tacto frio, sin signos de vida contradecía la esencia visual; ese aparente poder cálido y vibrante que poseía alteraba el suyo. Si bien relajante resultaba a la vista había algo detrás de sus ojos que lo intrigaba, lo inquietaba y atraía como azúcar a cucaracha, quizás era la falta de costumbre al interactuar con terceros, era diferente, es como si Octavio Juárez intentará decorar su oficina con el rostro de Ángel, así como él tanto quería someterse a los misterios del hombre.
—Un gusto, señor —Una risa nerviosa escapó de sus labios sin hallar algo más que decir—; la directora acepto la solicitud de mí madre sobre ingresarme en primer año, pero dada mi edad se vieron obligadas a pasarme a segundo, no sé si dieron a entender eso o no, creo que me confundí…
Octavio dio a entender que iría a segundo, que él sería su profesor y quién estaría a cargo de él hasta que se adaptará a la institución y sus reglamentos—que conociéndose así mismo sabe que los romperá, uno por uno—, la necesidad de no sentirse presidiario como en su casa era más grande que el temor a ser echado apenas llegando.
—Estas nervioso —Observo el profesor, aún sin alejar su mano—. Todo saldrá bien.
Por un soplido sus temores casi hubieron palidecido. Se pregunto una y otra vez si se debía la incuestionable presencia de este mortal que ha dejado cautivado a su corazón apenas viéndole o si se trataba de una pronta enfermedad incurable, esas que sufren las personas al comenzar a amar tan prontamente.
Octavio se ofreció a terminar el papeleo por la directora, al tiempo que ambos seguían en compañía del otro. Ángel estaba embelesado, una conversación nunca había sido retroalimentaría, nadie había sido capaz de mantener su atención con palabras, ese aire que muchas veces se desperdiciaba en tonterías; pero ahora sabe que hay otros magos capaces de mantenerlo quieto y centrado en una sola cosa.
—Entonces, has estudiado en casa desde niño —Empezó. Observándolo desde su lugar—. Imagino que reconoces tus propias habilidades, ¿no es así?
—Por supuesto, tuve grandes maestros, aunque tengo más conocimientos en Alquimia y Las Artes Macabras —Enderezo su postura, estaba orgulloso de sí mismo, pero no de haber sufrido para ser perfecto—; Además de la literatura mágica y La Mundana también he publicado varios cuentos bajo pseudónimos y si este año puedo me gustaría exhibir cuadros al óleo en galerías de la ciudad o aquí.
Con el interés incrementado Octavio se irguió sobre el escritorio, estudiando con minucioso esmero cada rasgó de Ángel, esperando que se mostrara aún más abierto, como cualquier otro mago joven.
—Fascinante —entrecerró los ojos, convencido de algo—. Estoy en presencia de un artista ¿Te gustan los libros de romance?
—Cualquier cosa que lleve romance delante de una oración y no sea sobre lenguas, me da alergia. —dijo gravemente, pero solo un oyente devoto captaría la burla inocente de un joven en sus primeras etapas de la rebeldía.
El hombre enarco una ceja y se echó hacía atrás, sus dedos largos y pálidos paseaban sobre su mentón. Tal gesto debía de darle respuestas sobre cada situación cotidiana o solo era un tic y no él dándole significancia a todo.
—¿No cree que el amor es digno de expresar por escrito o recitado en verso por actores? —pregunto incrédulo.
—Claro que si —se cruzó de brazos—: El romance real, en el que a veces amamos profundamente a quienes menos nos aman y más nos lastiman, por razones engañosas, aún con eso decidimos seguir destruyéndonos con tal de no perderlo. Prefiero lo que se pueda sentir en su esencia más pura antes que caer bajo los engaños de la falsa luz.
—Amar es como soñar, nos eleva, saca lo mejor de nosotros mismos y no duele, jamás debería hacerlo —Octavio se sonrió, recordando su propia juventud—. Es abrir tú corazón a las sorpresas que el mundo tiene para ofrecer.
—Este mundo no tiene nada que ofrecer —contesto no deseando seguir con el parloteo insulso del profesor, pero sin poder controlarse siguió —; Soñar nubla nuestro juicio de modo que no amamos a la persona puesto que es monstruosa con nuestro corazón, sino porque las expectativas fueron más elevadas que nuestra capacidad real para querer al monstruo.
—Sin embargo, la magia que corre como sangre por tus venas es amor —siguió contradiciendo al joven mago.