El Verano En El Que Nos Perdimos

El Eco de Ocho Años

La lluvia no era una cortina de desesperación gris y fría que me envolvía. No era una lluvia romántica como las que veías en las películas, sino una tormenta brutal y torrencial, como si el cielo quisiera burlarse por completo para participar en mi catástrofe personal.

Eidan, mi Eidan, el hombre con el que había elegido los muebles de nuestro departamento, las vajillas que usaríamos en nuestras cenas de domingo y hasta el nombre de nuestro futuro perro imaginario, y al que pensábamos llamar Iskra; me miraba con una expresión que mezclaba ambición despiadada y una patética cobardía.

— París, me ha ofrecido un lugar en la Galería Moreau —habló, como si recitara una línea ensayada cientos de veces, mirándome a los ojos—. Es mi oportunidad, Layla. Es mi sueño. No puedo arriesgarlo.

Sentí cómo el aire se congelaba en mis pulmones, cómo el frío de la lluvia se anidaba en mis huesos antes incluso de mojarme del todo. El sueño. ¿Y qué era yo entonces? ¿Un capítulo olvidable en la historia de su grandeza? ¿Qué sucedían con esos ocho años de nuestra vida, con cada rincón de ese departamento que habíamos llenado de recuerdos?

— ¿Y yo, Eidan? —mi voz salió rota, apenas en un susurro perdido en el fragor de la lluvia—. ¿Qué hay de nosotros? ¿Qué éramos nosotros? ¿Un riesgo que no valía la pena correr? Eidan… no son ocho meses, son ocho años, ¡Ocho años! —grite—. ¿estás echando ocho años de nuestra vida a la basura?

Él evito mi mirada, centrando su vista en la maleta ya lista a su lado; de color negro, brillante y nueva, más importante que la mujer que estaba frente a él, empapándose mientras le hablaba del amor que creían compartir.

— Layla, por favor, no me pidas que elija —desvió la mirada de su maleta para verme al fin, pero en sus ojos no había ni una pizca de tristeza, ni arrepentimiento, ni siquiera el eco del hombre que un día me había prometido el mundo entero. Nada— No te puedo elegir a ti. Te amo, pero…

— No termines esa frase —lo interrumpí, y la primera lagrima cayó caliente por mi mejilla, pero se desvaneció al instante en el agua fría que caía del cielo—. Si me amaras, la vida que construimos sería el sueño… no ese, Eidan. Yo… yo puedo ir contigo. Podemos vivir en París, encontrar un pequeño apartamento cerca de la galería, yo puedo buscar trabajo allá, empezar de nuevo juntos. Te lo digo en serio, estoy dispuesta a dejarlo todo por ti.

Por un instante, vi cómo su rostro se tensó. Pero luego, una sonrisa irónica cruzó sus labios, una sonrisa que no me había dirigido nunca antes.

— ¿Tú? ¿En París? Layla, no seas ingenua. Ese mundo no es para ti. Allá se trata de talento de verdad, de nombres importantes, de oportunidades que no se le dan a cualquiera. No puedes simplemente “empezar de nuevo” allá. Mi lugar está en la Galería Monreau, no en un pequeño piso con una mujer que no entiende mi sueño.

Las palabras cayeron sobre mí como piedras heladas. Me quedé inmóvil, sintiendo cómo el vestido que tanto había tardado en escoger con Chloe, azul marino, con encaje en los hombros, el único que me hacía sentir como una princesa, se empapaba hasta pegarse a mi piel. Mi maquillaje, que había tardado una hora en hacer, se corría en ríos negros y rojos por mis mejillas, mezclándose con la lluvia hasta convertirme en un espectáculo de desgracia.

Me sentía vacía. No solo abandonada, sino desechada, como un mueble viejo que ya no encajaba con la estética de un nuevo departamento en el centro de la ciudad. El frío glacial del asfalto mojado subió por mis piernas hasta calarme hasta el alma, hasta hacer temblar mis dedos mientras intentaba sujetar el pasamanos de la acera.

Él tomó su maleta sin decir nada más, se dio la vuelta y levantó la mano para llamar el primer taxi que pasara. Subió sin mirar atrás, sin una palabra de despedida, sin siquiera un gesto. Aquel taxi se alejó dejando un rastro de luces borrosas en el pavimento húmedo, y con él se marchaban ocho años de risas, promesas, mañanas compartidas y planes para un futuro que ahora parecía tan lejano como un sueño olvidado. Y yo solo estaba ahí, parada en medio de la calle, con el corazón roto en mil pedazos y la sensación de que mi vida se había detenido en ese instante.

No recuerdo cuántas horas pasaron hasta que pude mover los pies. Mis pasos se arrastraban, la suela de mis zapatos resonaba en el silencio roto del edificio, en cada escalón que subía hacia el pequeño apartamento que compartíamos. Al entrar, el aire estaba cargado con el perfume de Eidan –aquél que siempre usaba en las noches especiales–, que aún flotaba en el ambiente, pero el espacio ya se sentía inmenso y vacío. No me molesté en quitarme el vestido mojado o limpiar mi cara; solo me senté en el gran sofá gris que habíamos escogido juntos en esa tienda de muebles de barrio, y las lágrimas brotaron con una fuerza que me quemaba el lácho, un llanto tan profundo que sentía que en cualquier momento me dejaría sin aliento. Me llevé las piernas al pecho y me escondí entre ellas, como si así pudiera proteger lo poco que quedaba de mi mundo.

Las siguientes setenta y dos horas fueron una niebla de autocompasión y destrucción. Todo el día permanecía acurrucada en el sofá, el único lugar donde no podía ver la ausencia de Eidan en cada rincón, su taza de café en el mesón, su chaqueta colgada en el perchero, los libros de arte que siempre dejaba por medio. El silencio era opresivo, y solo se rompía por el sonido del timbre cuando el repartidor dejaba las cajas de pizza en la puerta. La sala se llenó de ellas, apiladas una encima de la otra, como si fueran el testimonio de mi desolación. Estaba cansada, mi cuerpo dolía por dentro y por fuera, y las lágrimas no dejaban de salir; mi corazón se sentía vacío, roto, a veces incluso ausente.




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