— Vamos a ir, Layla —sentenció, mientras hurgaba en mi armario—. Pero primero, tres cosas. Una, ese vestido rojo carmín que compraste el año pasado clama por ser usado. Dos, no dejaré que uses este vestido —me mostró el vestido color miel que había comprado para aquella noche con Eidan, que ahora estaba hecho un desastre a causa de la lluvia—. Debería estar en la basura —lo volvió a colocar en su lugar— Y, tres; necesito que estes porque quiero presentarte a alguien —termino tomando la última opción que tenía, y la única, el vestido rojo que no había usado desde aquella cena que organizo la galería. Era el primero que había tomado.
— ¿Uno nuevo? —pregunte incrédula—. Necesito que pares ya Chloe, tengo miedo de que uno me reconozca en la calle y yo no sepa cual de todos los que me has presentado es —me quejé.
— Tampoco exageres, Ly. No han sido tantos —se hizo la loca.
— No exagero, Chloe —me cruce de brazos—. Es la verdad. Si tan solo en la universidad me presentaste a cinco —extendí mi mano— ¡Cinco!
— Bueno, pero con él es diferente —babeo por un instante antes de tirarme el vestido en la cara—. Te llevaras este y fin de la discusión.
Miré el vestido y asentí resignada.
Antes de salir, me mire en el espejo. Aquel vestido se ajustaba a mi cuerpo como una segunda piel, resaltando mi piel y el brillo recuperado de mis ojos. Me veía diferente y me sentía segura. No feliz, pero si protegida por la seda y el maquillaje.
— Te ves hermosa, Ly.
Me miro a través del espejo. Su sonrisa era inigualable, sabía que se sentía feliz por aceptar dar un gran paso después de todo lo que había pasado.
— ¿Nos vamos? —me tendió la mano—. No quiero hacer que mi príncipe espere tanto por mí.
Sonreí y tomé su mano.
La azotea Le Velo, era una hermosa cafetería en el centro de la ciudad. Un hermoso edificio con temática de jardín atrapado en el tiempo, con dos plantas; aunque la segunda planta la mayoría del tiempo era reservada para eventos privados, además era famosa por los hermosos atardeceres que podías observar. Cuando llegamos, la tarde era espectacular. La brisa soplaba con suavidad, llevando consigo el murmullo de risas y el tintineo de copas. Chloe, radiante, me arrastro a la mesa en donde yacía un chico alto, de tez morena y sonrisa amable. Lo reconocí al instante, era aquel chico que había visto un par de veces en la cafetería donde Chloe trabajaba.
— Ly, este es Marcus, mi novio —dijo ella, envolviendo su brazo alrededor del de Marcus con un brillo en los ojos que no veía hace mucho tiempo—. Marcus, ella es Layla. Mi mejor amiga de la universidad.
— Mucho gusto Layla —extendió su mano libre—. Chloe me ha hablado mucho de ti.
— El gusto es mío, Marcus —estreche su mano, muy gustosa.
Marcus era encantador, un hombre culto que hablaba con propiedad y que miraba a Chloe como si ella hubiera inventado la electricidad, y ella no se quedaba atrás, lo miraba como si él ya hubiera bajado la luna y los demás planetas del sistema solar, solo para ella. Sin embargo, quince minutos después, sentía que estorbaba en el ambiente. Tome mi copa de vino y me aleje de ellos. Nina fue la primera en acercarse a mi para platicar que había sucedido en estos diez años, tras casi una hora de charla me llevo a cada una de las mesas para saludar a viejos compañeros del salón. Algunos ya se habían casado y tenían hijos, otros seguían explorando las oportunidades de la vida, otros estaban divorciados y otros que no se cansaban de repetir que la vida de casado era un asco.
Al final el ambiente termino asfixiándome y me alejé hacía la bardilla para observar a la multitud. Y entonces, escuché la risa. Una risa estridente y desagradable que conocía muy bien: Chris. El típico bravucón que nunca supero sus días de gloria en la cancha de basquetbol, estaba junto a su amigo, señalando y burlándose de alguien.
Seguí su mirada.
Al final de la barra, alejado del ruido y de los grupos de gente que se palmeaban la espalda, estaba un chico, vestía un pantalón color café en conjunto con una camisa negra de cuello de tortuga, que le quedaba de maravilla. Estaba solo, con un vaso de whisky en la mano, observando la ciudad como si no perteneciera al planeta. Nunca recordaba haberlo visto.
— Chloe —susurré cuando ella se acercó a mi—. ¿Quién es el chico que está sentado en la barra?
Chloe miró hacia el mismo punto que el mío y frunció el ceño.
— ¿No lo recuerdas? —me miro incrédula—. Fue la comidilla de tu salón por meses. Es Kalix, tal vez no lo recuerdas porque estabas ocupada siendo orbitando alrededor de Eidan, pero un par de meses antes del baile de otoño, se dice que le robo la beca a un estudiante del mismo año gracias a las conexiones de sus padres con los directivos de la universidad y cuando alguien se enteró, el rumor no tardo en esparcirse por toda la universidad. Incluso los de la facultad de veterinaria se enteraron —suspiro—. Pero ¿por qué preguntas?
— No recuerdo haberlo visto.
— O más bien, nunca notaste su presencia —tomo la copa de vino que uno de los meseros le ofreció—. Ahora si me disculpas tengo a un caballero esperándome en la mesa —reí y ella se alejó para volver al lado de Marcus.
Kalix…