La luz no pidió permiso para entrar. Se filtró por el ventanal del estudio con tranquilidad, iluminando los lienzos vacíos que había por la habitación. Me desperté con el corazón tranquilo, una sensación tan ajena a mí que me asustó, más que cualquier pesadilla. Entonces, sentí el peso.
Era Kalix…
Estaba dormido a mi lado, dándome la espalda parcialmente, pero si calor me rodeaba con el brazo que descansaba sobre mí. Su respiración era el único sonido en la habitación, un ritmo lento y seguro que parecía sincronizarse con el mío. Me quede inmóvil, observando la línea de su columna, la curva de su hombro y la forma en que sus dedos se hundían en la vieja manta de lana de mi padre.
Por un momento, el impulso de estirar mi mano y acariciar su piel fue tan fuerte que me dolió. Quise despertarlo solo para ver si sus ojos seguían teniendo ese brillo que había visto la noche anterior. Quise decirme que no había sido un error. Pero el miedo, ese viejo amigo que se había instalado en mis pulmones desde que Eidan se fue a París, me apretó con fuerza.
— Esto no es justo para ti…
Me susurre.
Me levanté con la agilidad de quien huye de un incendio. Mis movimientos eran torpe y erráticos, la resaca ya comenzaba a surtir efecto, pero luchaba por no hacer ruido. Recogí el vestido rojo carmín, ahora arrugado, y me lo puse torpemente, intentando planchar las arrugas que tenía, sin duda tomaría un taxi. Me sentía casi expuesta, no por la falta de ropa, sino por la paz que aquel hombre me había dado sin pedir nada a cambio. Le di un último vistazo antes de salir de la habitación, se veía tan real, que me sentí una cobarde por no ser capaz de sostener aquello que empecé. Me di la vuelta y salí.
Al llegar a mi departamento con el alma casi en un hilo y un mar de recuerdos eróticos pasando por mi mente. Chloe estaba allí, sentada en la isla de la cocina con una taza de café humeante y una expresión que gritaba a miles de kilómetros que estaba por matarme.
— No me digas que el teléfono se murió, Layla —dijo con voz autoritaria—. Marcus y yo recorrimos cada rincón de esa azotea. Pensé que te habías tirado por el balcón.
— La idea no me desagrada —corrí a mi habitación.
— ¡Layla! —camino enojada detrás de mí.
— No grites Chloe —abrí mi armario—. Te juro que la cabeza esta por explotarme —tomé lo primero que vi—. Y antes de que sigas regañándome, te avise que me iba primero porque tenía algo que hacer temprano en la mañana.
— ¿A esto le llamas temprano? —me señalo de abajo para arriba—. Llevas el mismo vestido de ayer y hueles a alcohol ¿dónde estuviste? —entrecerró los ojos.
— ¿Qué te parece si te lo cuento luego? Voy tarde, demasiado tarde.
Corrí al baño y tomé la ducha más rápida de mi vida. Tomé una tostada hecha que había dejado Chloe sobre la mesa y salí de mi departamento.
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En la galería, Liam, nuestro subdirector, nos esperaba con una noticia que debería haber sido el punto más alto de mi carrera.
— Chicos, me complace decirles que por fin lo conseguimos —anunció, con una gran sonrisa que rara vez solía mostrar—. ROSE ha aceptado.
Mis corazón dio un vuelco.
— Expondremos sus obras dentro de tres meses. Layla —me llamo— tú serás la principal promotora del montaje —Sam y Luke me miraron emocionados—. Conoces sus obras mejor que nosotros tres presentes, es por eso por lo que te di la oportunidad, así que disfrútala —tomo sus cosas y salió de la sala de reuniones, no sin antes guiñarme un ojo.
ROSE, se convirtió en mi refugió unos meses después de lo sucedido con Eidan. Sus cuadros, cargados de una melancolía vibrante, me habían enseñado que podía sufrir con elegancia. Y ser la encargada de su exposición era el sueño que no sabía que tenía hasta que supe que estaba buscando una galería para exponer sus más famosas obras.
— Soy yo o particularmente hoy está de MUY buen humor.
— Esta de buen humor —hablo Luke—. Ayer una chica muy hermosa se le acercó y creo que hoy tendrán una cita.
— ¡¿Una cita?! —me sorprendí.
— Jajajaja, sí. Una cita —habló Sam—. Incluso en la mañana se acercó a preguntarme qué tipo de cosas podía llevar a la cita. Aun así, felicidades por tu logro, Ly —se acercó a darme un abrazo.
— Gracias Sam —le dedique una sonrisa.
— Pero no te libraras de mí. Soy algo así como tu asistente, pero felicidades, Ly. Eres extraordinaria.
Ambos hicieron un corazón con sus manos antes de salir de la sala.
Sin duda, necesitaba empezar con los preparativos. Tomé mis cosas y salí de la sala para correr a mi escritorio a organizar todo para ese día.
Por la tarde, cuando salí de la galería. Sam, Luke y yo estábamos dispuestos a visitar el famoso restaurante que Sam había visto por internet. Pero mi paso se detuvo abruptamente cuando vi a mi madre apoyada en mi auto, luciendo ese abrigo de cuero que siempre usaba cuando quería parecer más poderosa de lo que era. No nos hablábamos desde que el cuerpo de mi padre aún estaba caliente.
— ¿Ly? ¿Qué sucede? —pregunto Sam.
— Chicos, creo que tendremos que dejarlo para otro día —intente sonreír—. Tengo otro asunto que atender.