La luz no pidió permiso para entrar. Se filtró por el ventanal del estudio con tranquilidad, iluminando los lienzos vacíos que había por la habitación, algunos llevaban solo unos pocos trazos de pintura, como si la inspiración se hubiera marchado antes de terminar. Incluso noté aquel pincel que creía haber perdido hace mucho tiempo, seguía donde lo había dejado la última vez que lo vi, apoyado en un jarrón de cerámica que mi padre había hecho cuando yo era aun una niña. Mi corazón se sentía tranquilo, una sensación tan ajena a mí que me asustó, más que cualquier pesadilla. Entonces, sentí el peso.
Era Kalix...
Estaba dormido a mi lado, dándome la espalda parcialmente, pero su calor me envolvía por completo gracias al brazo que descansaba sobre mi cintura. Su respiración era el único sonido en la habitación: un ritmo lento y seguro que parecía sincronizarse con el latido de mi pecho. Me quedé inmóvil, observando la línea de su columna, la curva de su hombro y la forma en que sus dedos se hundían en la vieja manta de lana de mi padre. La tela, desgastada por los años, llevaba el olor a tabaco y aceite de linaza que siempre había asociado a mi padre, pero ahora se mezclaba con el aroma a vainilla y cedro de Kalix.
Por un momento, el impulso de estirar mi mano y acariciar su piel fue tan fuerte que me dolió en las yemas de mis dedos. Quise despertarlo solo para ver si sus ojos seguían teniendo ese brillo dorado que había visto la noche anterior, cuando hablaban de cosas sin necesidad de palabras. Quise decirme a mí misma que no había sido un error, que por fin podía dejar de correr. Pero el miedo, ese viejo amigo que se había instalado en mis pulmones desde que Eidan se fue a París, me apretó con fuerza hasta que me faltó el aire. Recordé cómo Eidan también había dormido a mi lado una vez, antes de su partida, un momento en el que me decía que me amaba, pero de un momento a otro me abandonó.
— Esto no es justo para ti... —me susurré, y mi voz se perdió en el silencio de la mañana.
Me levanté con la agilidad de quien huye de un incendio. Mis movimientos eran torpes y erráticos, la resaca ya comenzaba a hacer que me temblaran las piernas, pero luchaba por no hacer ruido. Recogí el vestido rojo carmín del suelo, ahora arrugado como un papel mal doblado, y me lo puse con dificultad, intentando alisar las arrugas con los dedos. Me sentía casi expuesta, no por la falta de ropa, sino por la paz que aquel hombre me había dado sin pedir nada a cambio. Le di un último vistazo antes de salir de la habitación: se veía tan real, tan presente, que me sentí una cobarde por no ser capaz de sostener aquello que había empezado. Me di la vuelta y salí.
Llegué a mi departamento llevando el alma casi en un hilo, con un mar de recuerdos que me hacían temblar aún más. Chloe estaba allí sentada en la isla de la cocina con una taza de café humeante en las manos y una expresión que gritaba a kilómetros que estaba a punto de matarme.
— No me digas que tu teléfono se murió, Layla —dijo con voz autoritaria—. Marcus y yo recorrimos cada rincón de esa azotea. Pensé que te habías tirado por el balcón.
— La idea no me desagrada —murmuré mientras me dirigía a mi habitación con pies pesados.
— ¡Layla! —caminó enojada detrás de mí—. Te llamé más de cincuenta veces. Marcus estaba a punto de llamar a la policía... él ha estado empezando a tratarte como si fueras su hermana.
— No grites, Chloe —abrí mi armario con fuerza, y las perchas chocaron unas contra otras—. Te juro que la cabeza está a punto de explotarme. Y antes de que sigas regañándome, recuerdo haberte avisado que me iba primero porque tenía algo que hacer temprano por la mañana, pero estabas muy ocupada con Marcus.
— ¿A esto le llamas temprano? —me señaló de abajo para arriba, y su mirada se posó en mi vestido arrugado—. Llevas el mismo vestido de ayer, hueles a alcohol y tienes los ojos hinchados. ¿Dónde estuviste realmente? —entrecerró los ojos, esperando una respuesta que yo no estaba lista para dar.
— ¿Qué te parece si te lo cuento luego? Voy tarde, demasiado tarde —me apresuré a tomar una camisa y un pantalón de una percha.
Corrí al baño y tomé la ducha más rápida de mi vida, sintiendo cómo el agua caliente intentaba lavar no solo el sudor y el olor del alcohol, sino también la sensación de culpa que me quedaba por dentro. Al terminar tomé una tostada que había dejado Chloe sobre la isla, tenía mantequilla y mermelada de fresa, mi favorita; y salí de mi departamento a toda prisa ignorando la mirada matadora de Chloe que me observaba desde el pasillo.
En la galería, la sala de reuniones tenía paredes de ladrillo visto y luces colgantes dándole un toque elegante a la sala. En una esquina había una escultura de madera que representaba un corazón roto, era una de mis obras favoritas del lugar. Liam, nuestro subdirector, nos esperaba con una noticia que debería haber sido el punto más alto de mi carrera
— Chicos, me complace decirles que por fin lo conseguimos —anunció, con una gran sonrisa, que rara vez solía mostrar—. ROSE ha aceptado.
Mi corazón dio un vuelco.
—Expondremos sus obras dentro de tres meses. Layla —me llamó— tú serás la principal promotora del montaje —Sam y Luke me miraron emocionados. Sam quien llevaba su jersey de lunares favorito, el que siempre usaba cuando estaba emocionada y Luke quien intentaba mantener la compostura, pero sus pies daban pequeños saltitos de alegría bajo la mesa, me dedicaron una mirada llena de emoción y felicidad—. Conoces sus obras mejor que nosotros tres presentes, es por eso que te di la oportunidad, así que disfrútala —tomó sus cosas y salió de la sala, no sin antes de guiñarme un ojo.