Reconocer su voz y sentir su calor cerca del mío provoco una sensación que hace tiempo no experimentaba y que creí que había dejado de experimentar hace mucho tiempo. Kalix, apareció de la nada, luciendo imponente y con ese estilo que seguía llamando mi atención. Se veía muy bien.
— ¿Tú quién eres? —Eidan pregunto confundido, pero con un tono disimulado de enojo.
— Por si no lo has notado —quito su brazo de mi hombro para rodearme la cintura con el brazo, en un gesto posesivo y protector que me provoco un escalofrío que me recorrió toda la espalda—. Soy el novio de Layla.
Me miro con una sonrisa que podía jurar nunca haber visto en mi vida. Me quede como una tonta admirándola, olvidándome por completo que lo que él acababa de decir era una completa mentira.
— Pero la verdadera pregunta es ¿quién eres tú? —su sonrisa desapareció para ser remplazada por una expresión seria.
— Soy el…
— Es nuestro nuevo artista —me apresuré a interrumpirlo—. Hace un mes que firmo con nosotros para que nuestra galería exponga sus obras y estábamos terminando de discutir los últimos detalles —solté una risa incomoda— pero ¿qué haces por aquí, cariño? —lo miré, continuando con la mentira.
— Te llamé varias veces y no contestaste —no tenía mi número— su puse que estabas ocupada, así que mejor vine para llevarte a cenar —hablo tranquilamente, olvidándose de la existencia de Eidan y solamente colocando un mechón de cabello detrás de oreja.
— Me encantaría, mi auto no esta tan lejos.
— ¿Olvidas que yo también tengo auto, cariño? —ladeo la cabeza
Me ofreció su mano y aunque estaba dudosa, la acepte. Su mano era cálida, pero sobre todo más grande que la mía.
— Nos vemos señor Eidan… —me despedí.
Caminamos silenciosamente hacía el auto, pero sin soltarnos de las manos. Cuando soltó mi mano para abrir la puerta para mí, el calor dejo de ser un acompañante para volver a sentir la brisa que ahora se sentía fría. Él coloco su mano por encima de mi cabeza para evitar que pudiera pegarme con el marco de la puerta del auto. Cerró la puerta cuidadosamente y rodeo el auto para subirse del lado con piloto, no tardo en arrancar y emprendió camino. No sabía a donde me llevaba, pero no me importaba, quería estar lo más lejos posible de aquel lugar que volvía a unirnos una vez más.
— ¿Qué hacías ahí? —pregunte sin despegar la vista de la ventana y rompiendo el silencio nada incomodo que había entre nosotros.
— Lo que dije no fue mentira, aunque es diferente —hablo sin despegar la mirada del camino—. Aquella noche cuando te di mi tarjeta, esperaba que me llamaras, pero no lo hiciste, así que decidí visitarte en la galería para poder hablar contigo e invitarte a cenar. Y por suerte escogí el mejor día.
Aunque ver aquella situación no era su intención, el ayudarme tampoco era su intención. Lo hizo. Pudo haber evitado la situación, pero me ayudo aun cuando no pedí su ayuda. A pesar de que no llevábamos mucho tiempo de conocernos, literalmente, solo habíamos compartido dos noches antes de esta, siempre terminaba ayudándome a sentirme mejor, o enseñándome a cómo respirar mejor cuando el mundo se me venía encima. Y todo esto hacía que mi curiosidad por el aumentara. Aun cuando sabía que la curiosidad era un defecto muy feo, o eso solía decir mi padre; pero quería saber más de él, que le gustaba comer, que película era su favorita o si prefería tomar té o café. Pero, en ese momento solo podía hacer una cosa. Darle las gracias.
— Gracias… —despegué la mirada un momento de la ventana para mirarlo. Nuestras miradas se encontraron—. Por ayudarme, gracias —desvié la mirada a mis dedos que jugueteaban nerviosamente con el borde de mi vestido—. Sin tu ayuda, no sé qué habría pasado. Quizás hubiera empezado a gritarle, o a llorar, o las dos cosas a la vez —solté melancólicamente—. Y la prensa ya está al acecho por la exposición.
— No es necesario que me agradezcas, pero en cambio, acepta mi oferta para invitarte a cenar ¿sí? —preguntó antes de volver a colocar su vista sobre el camino, pero noté cómo sus labios se curvearon en una sonrisa casi imperceptible.
— Sería muy descortés de mi parte no aceptar tal invitación —bromeé y él soltó una risa profunda ,y cálida. Esa risa que por alguna razón solo yo podía escuchar, y que solo yo podía provocar.
— Aparte de mentirosa, eres buena para hacer reír a la gente —ambos reímos, y la tensión que llevaba en los hombros empezó a desaparecer.
— Es uno de mis talentos ocultos.
— ¿Así que tienes de esos? —no lo vi, pero sabías que había arqueado una ceja, su voz cargada de complicidad.
— Por su puesto. Todo el mundo tiene, inclusive tú. ¿Cuál es el tuyo? —pregunté.
Se quedo pensativo unos segundos antes de responder.
— Pues tendrás que ayudarme a descubrirlos, porque no recuerdo tener uno —volvió a mirarme fugazmente, sí, con esa sonrisa que no me cansaba de admirar y de desear.
— Será un honor para mi —reí—. ¿A todo esto, a dónde me invitarás a cenar?
— Ya lo verás —me guiñó un ojo, y en su rostro se dibujó una expresión de orgullo que me hizo preguntarme qué tenía preparado.
El restaurante L´Éclat, nos dio la bienvenida. Un gran lugar que parecía haber sido construido con cuidado, cada detalle había sido cuidadoso, la iluminación y las obras de sus paredes parecían haber sido escogidas con sumo detalle, un blanco con toques dorados adornaba las paredes y los pilares tallados detalladamente para encajar con el diseño de cada espacio de aquel lugar. A pesar de mi trabajo en la galería, codeándome con coleccionistas que compraban arte por millones, jamás había puesto un pie aquí o siquiera escuchando su nombre. Tal vez porque se encontraba a media hora del centro de la ciudad, pero era el tipo de lugar que no aparecía en las guías turísticas, era un secreto guardado entre aquellos que sabían que el verdadero lujo es el silencio y la exclusividad. Y al parecer Kalix pertenecía a ese círculo de personas.