Me desperté antes de que sonara la alarma, con la grisácea del amanecer filtrándose por las cortinas de mi habitación como un susurro. Lo primero que sentí no fue el frío del edredón no el peso del día que me esperaba. Fue un hormigueo eléctrico en mis labios, con cosquilleo que parece haberse instalado ahí para siempre. Aún siento la presión de sus labios sobre los míos, la forma en que su mano se enredó en mi cintura, cómo el olor amaderado de su perfume se mezcló con el aroma de la noche. Fue tan real que ahora, con los ojos abiertos y la luz del día entrando por la ventana, me parecía tan irreal. Me pasé los dedos por los labios despacio, como si así pudiera confirmar que no fue un sueño. A diferencia de la noche en la que nos conocimos, ahora estaba completamente sobria, y aun así el recuerdo era tan vivido que sentía que seguía soñando.
A las diez en punto, escuche ese motor: ronco, potente y un sonido que ya empezaba a sentirse como una promesa. Me asomé por la ventana y ahí estaba él. Apoyado contra la puerta de su deportivo negro, con la espalda recostada y los pies cruzados como si fuera un modelo en una sesión de fotos. Sostenía dos vasos de café con una elegancia que casi era ridículo en medio de la calle cotidiana de mi barrio. Vestía un una camisa formal azul y un pantalón negro, digno de su elegancia. Me miro y levanto uno de los vasos con una sonrisa que me hizo sentir como el sol acabara de salir directamente para mí.
Me quede un segundo más frente al espejo de mi habitación, tocándome el pelo obsesivamente, dándome un último retoque al maquillaje perfecto que tenía. Y es entonces cuando me doy cuenta de que estaba haciendo cosas que creí haber olvidado, como ajustar mi vestido azul cielo o asegurándome de que mi cabello estuviera perfecto. Eran esas acciones que hacía cuando estaba empezando a salir con Eidan, esas acciones que me hacían sentir como una adolescente esperando a que su cita llegara a tocar la puerta de su casa.
Bajé los escalones con el corazón latiendo tan fuerte que incluso sentía que podía escucharlo. Me detengo frente a él, y su mirada recorre mi cuerpo examinando el vestido azul cielo que llevaba puesto, hasta detenerse en mis labios por un instante más de lo necesario.
— ¿Servicio de chófer privado ahora? —bromeo, aunque sabía perfectamente que anoche había dicho que hoy me llevaría al trabajo— Mi pobre auto acumulara polvo —mi voz sale un poco más baja de lo que esperaba.
— No iba a dejar que llegaras a la galería en un taxi después de… —se quedó callado, pero su mirada hablaba por sí misma. Entregándome el vaso de café, noto que sus dedos rozan los míos por un segundo—. Después de ayer. Considéralo un servicio de escolta. Y sobre tu auto… podemos discutirlo después.
Camino hacia la puerta del copiloto para abrirme la puerta, como si fuera lo más natural del mundo. Su mano se posa en el marco del auto para evitar que me golpee, igual que anoche, y en ese gesto sencillo está toda su atención por mí.
— Y no desaprovecharé la oportunidad —le devuelvo la sonrisa y le giño un ojo, aunque por dentro me sentía tan nerviosa como emocionada.
Me acomodo en el asiento, el olor del coche me envuelve de inmediato: cuero, el aroma a café caliente y su perfume que no tarda en intensificarse cuando el entra al auto. El trayecto empieza en silencio, con ese silencio tan común que comenzaba a familiarizarse entre nosotros, sintiéndose como si el aire entre nosotros estuviera cargado de electricidad. De repente, Kalix enciende la radio. Sale una melodía sofisticada, algo de jazz que parece hecho solo para él, pero luego cambia a una canción de pop que conozco muy bien, que hace que mi corazón dé un vuelco de nostalgia. Me río un poco sin querer.
— No esperaba eso de ti —comento, y él sonríe sin mirarme.
— Todos tenemos secretos —contesta, y su mano derecha sigue en el volante mientras la izquierda toma su vaso de café para dar un sorbo.
Miro hacia él sin querer apartar la vista. Ahora, con la luz del día entrando por el parabrisas, noto cosas que no vi en la penumbra de anoche: pequeñas pecas esparcidas por sus mejillas, casi imperceptibles si no las buscas; el arco de Cupido en sus labios era más marcado de lo normal, y algo en esa curva me hacía recordar cómo se sintieron contra los míos; su cejas eran gruesas y bien definidas, y cuando fruncía el entrecejo un poco al concentrarse en el camino, se veían aún más hermosas. No podía evitarlo: mi mirada se quedaba en él como si fuera la primera vez que lo veía.
— Si sigues mirándome así, no dudaré en frenar en la primera gasolinera que vea y besarte —amenazo sin desviar la mirada del camino, pero su voz tenía un tono más grave.
Me atrevo entonces. Estiro mi mano lentamente hasta alcanzar su mejilla, y mis dedos acarician las pecas son suavidad. Su piel era tan cálida, un poco rugosa en ese punto, y me encantaba la sensación.
— Es que no puedo evitar notar esto —mis dedos seguían trazando pequeños círculos sobre sus mejillas— . Me gustan mucho.
— A mí no —refuto, pero noto cómo su mandíbula se relaja un poco, cómo su mano en el volante se apretúa un instante.
— ¿Sabes que no entiendo a las personas como tú? —dejo de tocarlo, pero mi mano sigue suspendida en el aire por un segundo antes de volver a mi regazo.
— ¿Qué quieres decir? —pregunta, ahora sí me mira por un instante, sus ojos color miel me miran más de lo que me gustaría aceptar.