El verano que nos separó

16. Estrellas.

El joven se despertó de mejor humor que la pareja que había salido a correr, ya había limpiado y ordenado su habitación, cambiando incluso las sábanas para que nadie más tuviera que hacerlo. No había dormido mucho, ya que se quedó preparando un regalo especial para Catalina, a quien encontró en la cocina ajustándose el delantal al cuerpo.

Se veía hermosa ese día. El vestido era un poco más largo de lo habitual, llegándole hasta la rodilla, pero el diseño de grandes flores sobre fondo negro la hacía lucir un poco más madura. Además, su espalda bonita y bronceada, llena de pecas, se veía con el escote de la prenda. Cauteloso, se acercó a donde ella, quien buscó su mirada.

—¿Y qué hará la chef Catalina esta mañana? —preguntó.

—Para ti, café con leche y pan —respondió ella.

La risa de Asher fue inmediata, pero no pudo resistirse a apartar un mechón de cabello de Catalina detrás de la oreja. Ella se giró hacia su madre, quien revisaba el enorme refrigerador para ver qué prepararían.

—Te ves linda hoy —susurró Asher. Quizás no era el mejor momento, pero no quería guardárselo.

—Gracias, ya estoy usando mis prendas elegantes —dijo ella, señalando su vestido. Se miraron a los ojos y sonrieron—. Tengo mucha ropa que lavar, así que creo que uno de estos días me quedaré en casa —añadió, frunciendo el ceño.

—Voy a ayudarte entonces.

—No, ¿cómo se te ocurre?

—¿Por qué no? Te ayudo a lavar tus bikinis.

—¡Asher!

La risita de Catalina fue inmediata y contagiosa. Ambos parecían tomates maduros porque la broma fue un poco más subida de tono de lo esperado para las seis de la mañana, pero no dejaban de sentirse envueltos en un ambiente único, donde esa confianza que tenían desde hace tanto tiempo les permitía ir un poco más allá de lo esperado.

—Te tengo un obsequio —anunció, colocándose a su lado. Catalina lo miró con el ceño fruncido cuando sacó una pequeña estrella hecha de papel.

—Qué bonita —susurró ella, tomando la estrella con delicadeza de sus manos—. Es tan chiquita y adorable, ¿tú la hiciste?

—Sí, pero no es la única —dijo él, mirando hacia atrás, pero Concepción estaba de espaldas a ellos—. Ven a mi habitación en diez minutos y te daré el beso de buenos días que te prometí y las estrellas que tomé del cielo para ti.

Catalina se quedó impresionada por lo que Asher le dijo. Él se separó de ella, pero antes de irse, le guiñó el ojo y se dirigió hacia la sala para buscar el segundo piso. La joven miró la estrella en su mano y luego se encaminó hacia la cocina para batir los huevos para el sándwich estilo Monte Cristo que harían para todos. Finalmente, decidió guardar la estrellita en su delantal y salir.

—¿Adónde vas, mi amor? —preguntó Concepción.

—Uhm, voy a ver si... —Concepción arqueó la ceja, pero cuando Catalina bajó la mirada, la joven empezó a reír—. Solo cinco minutos, lo prometo.

—Ten cuidado, no más de cinco minutos.

—Gracias, gracias, gracias.

La joven se dio la vuelta rápidamente, pero su cuerpo chocó con los fuertes pectorales de alguien que olía bien. Las manos fuertes tomaron sus brazos y ella tragó saliva, elevando la mirada para encontrarse con un Roscoe con una sonrisa tibia.

—¿Adónde vas tan rápido, chispitas?

Ella frunció el ceño y Concepción hizo lo mismo. Las dos sabían que Roscoe no solía usar apodos, así que ese momento fue confuso para ambas. Catalina volteó hacia donde estaba su madre, dando unos pasos hacia atrás del joven recién bañado.

—Voy a buscar algo, buenos días.

—Buenos días, qué linda te ves hoy. Ese estilo de peinado te luce.

La joven tocó su trenza baja, asintiendo, y buscó cómo moverse delante del cuerpo de Roscoe, volteando hacia atrás y encontrándose con su mirada y sonrisa, a la cual intentó corresponder, pero no pudo. Siempre había confiado en los consejos de su madre y, sobre todo, en su intuición. No quería desconfiar del mayor de los Slate, después de todo, no lo veía como alguien peligroso, pero si su madre le había dicho que se alejara de él, lo haría.

Fue cuidadosa al subir las escaleras, no quería encontrarse con nadie en el lugar, pero suspiró aliviada al encontrarlo vacío. No había ni una sola voz o mirada sobre ella, así que se dirigió hacia la habitación de Asher. El leve golpe que dio hizo que la puerta se abriera, así que empujó mejor para pasar al interior, pero su grito de susto fue sofocado por el beso que Asher le dio al tomarla en sus brazos.

Él cerró la puerta y la llevó un poco más adentro de la habitación, perdiéndose en ese beso con el que había soñado, el que le dibujaba sonrisas y lo hacía sentir especial. La dejó en el suelo, acariciándole el rostro, mientras Catalina se aferraba a su cuello, incluso elevando un pie, siguiendo lo que sus emociones le indicaban, riéndose por esos pequeños besos en su mejilla.

—¿Dormiste bien? —preguntó él, mirándola a los ojos.

—De maravilla —respondió ella—. Aunque me desperté más temprano que otras veces y vengo de buen humor al trabajo —él amplió la sonrisa.

—¿Será por el chico guapo que muere por besarte?




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