Susan estaba jugando con el pequeño Andy ese lunes por la mañana. No solía encender la televisión, pero ese día el internet fallaba y no podía ver otra cosa que no fuera la señal satelital. Recordaba perfectamente dónde se encontraba el día que dos aviones se impactaron contra las Torres Gemelas en Nueva York. Recordaba cómo el noticiero que su madre solía ver transmitió en vivo el segundo impacto, y cómo, poco después, las torres comenzaron a derrumbarse. Parecía sacado de una película de ciencia ficción, pero para el terror del mundo entero, era completamente real.
Ese mismo sentimiento volvió cuando escuchó, desde la cocina, que la programación regular se había interrumpido. Un presentador reportaba una gran explosión en Nueva York. Minutos antes, una luz cegadora había entrado por las ventanas de su hogar, pero no había escuchado absolutamente nada. Lo único que le pareció extraño fue que, antes de la luz, sintió una tristeza profunda y tuvo que consolar a su hijo, que comenzó a llorar sin motivo aparente.
El presentador mostraba las primeras imágenes captadas por un helicóptero, ya que los servicios de internet y telefonía móvil habían fallado minutos antes de la explosión. Las imágenes mostraban que, donde antes había edificios, ahora solo existía un piso blanco que se extendía bastante, hasta que el tono cambiaba por la presencia de una sustancia roja que parecía sangre. En medio de esa escena, se veía lo que parecía ser una cabeza humana gigante.
Inmediatamente después de ver esa imagen por breves instantes, la energía eléctrica de su hogar falló, al igual que en millones de hogares alrededor del mundo, como si, por una extraña coincidencia, alguien no quisiera que vieran lo que había causado aquella explosión. Aunque en estos tiempos, con las redes sociales y telecomunicaciones, resulta casi imposible ocultar algo así.
Susan cayó en cuenta de que Edy trabajaba muy cerca de la zona de la explosión, y por lo que había visto, era muy probable que estuviera herido o, peor aún, muerto. Al pensarlo, se quedó inmóvil y luego intentó comunicarse con él por teléfono, pero descubrió que la red aún no funcionaba.
El capitán Michel había sobrevolado diferentes desastres naturales, desde los terremotos en los años 80 hasta los estragos del huracán Katrina, pero nunca, en sus años de experiencia, había visto algo similar. Prácticamente todo Manhattan había desaparecido, y en su lugar había un piso blanco brillante. En el centro, una cabeza gigante, rodeada de lo que parecía ser sangre. La cabeza era de un humano de edad avanzada, con cabello blanco y una gran barba. Lo que heló la sangre del capitán fue la expresión del rostro: un terror absoluto, como si lo último que hubiera visto fuera algo abominable.
George, el camarógrafo, estaba grabando, pero tuvo que dejar la cámara: empezó a temblar del miedo que le causó aquella escena.
—¿Qué demonios es eso? —preguntó.
—No tengo la menor idea, Charly… pero sea lo que sea, no es de este mundo, eso te lo aseguro —fueron las últimas palabras del capitán Michel, segundos antes de ser derribado por dos misiles antiaéreos.