¿Dios existe? Era la pregunta que, en últimas fechas, se hacía el general Groves. Él, como hombre de la milicia y consciente de la importancia del proyecto que estaba en sus manos —tanto para el bien de su nación como para el fin de la terrible guerra que azotaba a la humanidad desde hacía años— continuaba con su deber. Sin embargo, en las últimas noches tenía constantes pesadillas en las que hablaba con diferentes “seres” que lo visitaban y le decían que lo que se estaba fabricando en aquel desierto era de gran peligro para la raza humana.
—Solo son sueños —se repetía constantemente al despertar. Sin embargo, lo realistas que eran, sumado a la presión de tener buenos resultados, poco a poco lo habían agotado.
—Las mentes más brillantes están a su lado, general —le repetían en cada comunicación que tenía con el presidente de su nación—. Es de vital importancia, no solo para la nación sino para el mundo entero, que este proyecto llegue a buen puerto.
Aquellas palabras se habían convertido en lo que más escuchaba durante todos esos años trabajando en esta “arma”. Sin embargo, desde que comenzaron las pesadillas, él no se encontraba tan tranquilo como antes. Y no era el único: diversos físicos que trabajaban en el proyecto le habían comentado que tenían sueños muy parecidos. Algunos hablaban de soñar con entes muy altos, de color blanco, que los motivaban a abandonar el proyecto, mientras que otros soñaban con los mismos entes, pero de color rojo, que les decían que no debían detenerse, porque la humanidad necesitaba esa paz.
“Estarás interesado en saber que el navegante italiano ha arribado al Nuevo Mundo. La Tierra no era tan grande como habíamos calculado, y llegamos antes de lo que pensábamos”.
—¿Fue así? ¿Fueron los nativos amistosos?
—Todos desembarcaron seguros y felices.
El día que lograron terminar el proyecto, y todo lo que los científicos habían creado pasó a manos de los militares, el general Groves se sintió, en cierta forma, tranquilo. Por mucho tiempo las pesadillas no se manifestaron, por lo que él y su equipo determinaron que aquellas visiones eran producto del estrés y de las largas horas de trabajo. El sentimiento de celebración era muy fuerte entre todos aquellos hombres que trabajaron durante años en aquel proyecto.
Pero después de ver el resultado y las consecuencias de aquella “genial arma”, a mediados de agosto de 1945, muchos de los físicos se horrorizaron del producto de su trabajo. Aquello para lo que trabajaron tanto se volvió algo que sus propios creadores aborrecían: una criatura de Frankenstein real que se volvía contra ellos en forma de culpa.
Sin embargo, para el general Groves, el presidente de la nación y algunos miembros de su gabinete, aquello se convirtió en una experiencia que les cambió la forma de entender su realidad.
El 15 de agosto de 1945 se convirtió en el día en que se entendió la naturaleza del hombre y —¿por qué no decirlo?— del universo en el que habitamos.
Groves llegaba a la Casa Blanca en calidad de general vencedor. Se reuniría con su máximo líder para ser reconocido por su esfuerzo en una reunión simple, pero con gran significado para alguien que había batallado durante años con este proyecto. Lo que sucedió en esa reunión lo dejó marcado para toda su vida —y no solo a él, sino a toda una especie.
El presidente, junto con miembros de su gabinete, no daban crédito a lo que estaban observando. Momentos antes de que el general Groves tomara la palabra, una luz cegadora destelló en el centro de la habitación y, frente a ellos, apareció una criatura de más de dos metros de altura, con túnicas blancas y doradas, vestida con lo que parecía una armadura blanca de porcelana que le cubría completamente el rostro. De su espalda surgían varios pares de lo que parecían ser alas de aspecto metálico. Pero lo más escalofriante era que, a su alrededor, flotaban siete pares de lo que parecían ser círculos dorados con ojos en el centro, con un aspecto muy parecido a las hélices de los aviones en movimiento.
Los integrantes de la guardia presidencial, al observar lo atemorizante de aquella criatura, no tuvieron mejor idea que accionar sus armas contra ella, pero los disparos no llegaron ni cerca del blanco. Las balas desaparecieron antes de tocar a la criatura, la cual pareció dirigir su mirada alrededor de la habitación. Inmediatamente después, aquellos hombres desaparecieron dentro de una luz blanca, quedando solo sus ropas en el suelo.
—Debemos dejar siempre los vestigios de aquello que estuvo vivo, ya que es una obligación darle reconocimiento a lo que fue y pedir por lo que será de ellos —habló la criatura.
El general Groves sintió el miedo más grande que había experimentado en su vida. Aquella criatura que se presentaba frente a él era la misma con la que había soñado meses atrás. Era la misma forma. La misma voz.
De pronto, sin darse cuenta, el general se encontraba de rodillas, vomitando y mareado, sin saber qué estaba sucediendo.
—**La libertad es el regalo más preciado de Aquel al que le debemos el existir en este universo. El libre albedrío es un don que Él les dio a sus creaciones más amadas. Pero dentro de ese privilegio existe un límite, establecido por la misma lógica de ser entes individuales unidos por una misma naturaleza. Los problemas pueden existir incluso entre hermanos de la misma o de diferente especie. Los conflictos que desencadenan en violencia y muerte son parte de esa misma naturaleza y están contemplados ante los ojos de Él como algo que puede suceder gracias a la libertad que tenemos de elección.
Sin embargo, lo hecho por ustedes rebasa cualquier regla natural creada por Él. Utilizar las mismas leyes de nuestro Señor para diseñar un ente capaz de crear tanta destrucción es visto como algo aberrante. Nosotros, al igual que ustedes, somos creaciones de un mismo ser, y no podemos coartar ese libre albedrío, que es sagrado para nuestro Creador. Pero eso no evita que podamos intervenir para tratar de que su especie tome otro camino más cercano a la idea de preservar las leyes establecidas.