Una semana después de lo ocurrido en Nueva York, Susan decidió regresar a vivir a su ciudad natal, del otro lado del país, en California. El golpe de lo sucedido fue tremendo para ella: había perdido a su marido días antes del cumpleaños del pequeño Andy.
¿Cómo decirle a un niño de cuatro años que nunca volvería a ver a su padre? Y lo peor era que ni ella entendía completamente qué había pasado. Edy simplemente había desaparecido junto con miles de personas.
—No hay nada, no hay cuerpos, ni ropa, nada. Ni siquiera escombros —decía Susan a su madre.
—Hija, es muy complicado lo que estás enfrentando, pero debes ser fuerte por el pequeño Andy.
—Lo sé, madre, pero es difícil. A veces me gusta pensar que, de alguna manera, él sigue vivo... que simplemente está en otro lugar.
—Hija, debes ser realista. Y, por muy difícil que sea de aceptar, lo más seguro es que él ya no esté con nosotros.
Desde el día que llegó, Susan notó algo diferente en su madre. Bárbara Wilson era una mujer sumamente religiosa, acostumbrada a pasar casi todo el tiempo en el templo. Sin embargo, desde su llegada, su madre no había salido de la casa y en ninguna conversación había nombrado a Dios. Susan no le dio mucha importancia; tenía cosas más urgentes de las cuales preocuparse.
—Señoras, ¿puedo pasar? —preguntó un viejo amigo de su padre, el señor Alan Smith.
—Adelante, Alan, pasa. ¿Gustas una taza de café? —respondió Bárbara.
—Claro, con gusto.
Alan era el mecánico del viejo John Wilson y lo había conocido desde jóvenes. Pocas personas extrañaban tanto a John como él. Sentía la obligación de estar al pendiente de Bárbara y de Susan, a quien conocía desde que era una bebé.
—Susan, ¿cómo estás? Ya sabes que estoy aquí para lo que necesites —comentó Alan.
—Gracias, Alan. Por el momento me encuentro bien —respondió ella.
Alan se sentó en la mesa y, con algo de preocupación, les comentó algo que le había sucedido el día anterior:
—Estando en el taller, se acercó a mí el reverendo Monet para pedirme trabajo.
—¿El reverendo Monet? —preguntó extrañada Susan.
—Sí. También a mí me pareció extraño. Sobre todo cuando le pregunté sobre su trabajo como reverendo, y él solo me contestó que ya no estaba interesado en ese empleo.
Susan volteó a ver a su madre, quien solía estar mucho tiempo con el reverendo en el templo, pero ella no pareció interesada por la noticia. Se limitó a comentar que “la mecánica le daría para vivir”.
Continuaron platicando unos minutos más hasta que Alan se retiró, pues tenía trabajo pendiente. Susan entonces subió al segundo piso a ver al pequeño Andy, quien se encontraba profundamente dormido. Aprovechó para prender por un momento las noticias, que hablaban de un tema que en particular le pareció inquietante.
—¿Me está diciendo que la tasa de muertes en hospitales subió de manera exponencial desde el día del suceso en Nueva York? —preguntaba el presentador del noticiero a una joven investigadora de la Universidad de California.
—Sí. Y al parecer por enfermedades que no son consideradas graves: infecciones simples, procedimientos de rutina… están terminando en gran porcentaje con la muerte del paciente.
—¿En qué porcentaje?
—La muestra que tomamos es solo de algunos estados, pero el porcentaje general de fallecimientos entre quienes ingresan por cualquier causa a hospitales es del 55%, y en el caso de operaciones sube al 65%.
Susan apagó la televisión, completamente asustada. Sabía que las cosas no estaban bien, en ningún sentido. Desde aquel día, sentía que el mundo a su alrededor se había vuelto diferente. No sabía cómo explicarlo, pero todo parecía menos “alegre”.
Esa noche tuvo muchas pesadillas. Soñó que el pequeño Andy se enfermaba y que tenía que enviarlo a uno de esos hospitales donde moría tanta gente. También soñó que Edy seguía vivo, pero ahora era un militar, con un hermoso uniforme verde y dorado.
Despertó esa mañana por un ruido horripilante y una enorme luz que entraba por la ventana. Su madre entró corriendo, asustada, y ambas salieron al exterior de la casa. Al mirar al cielo, vieron muchas figuras: seres vestidos de blanco y dorado, con alas plateadas y múltiples ojos rodeándolos. También otras criaturas de tamaño colosal que parecían círculos formados únicamente por ojos, y otras como hélices gigantes con ojos en el centro. Todas cubrían completamente el cielo.
Susan, aterrorizada, junto con su madre, volvieron a entrar a la casa.