Tenía que dirigirme al Sagrarium en cuanto tuviera oportunidad, pero el miedo que sentía al recordar aquellos gritos no me dejaba salir del apartamento. Me asustaba que sin querer hubiera violado alguna regla, pero lo que más me aterraba de toda esta situación era aquella lanza que había aparecido en la puerta de mi morada.
Me acerqué poco a poco y me percaté que, como tal, no era una lanza, sino más bien una alabarda. Ambas puntas de la misma eran de diferentes formas y parecían de diferente material: la punta más grande era dorada y la punta más pequeña de un metal plateado no muy brillante.
Busqué en el empíreo información al respecto, pero no había absolutamente nada.
Tomé aire profundo para cargarme de valor, agarré aquella arma y finalmente salí de mi departamento. Mi sorpresa fue mayúscula al observar que, dentro de aquella poblada zona, solo éramos unos pocos los elegidos para dirigirnos al Sagrarium.
Esta arma era completamente diferente a todo lo que había observado en este paraíso. Todo aquí es muy “tecnológico”: desde los trajes, pasando por las calles, hasta las armas. Las lanzas que tienen los guardias poseen puntas iluminadas de un verde muy brillante y, por lo que sé, disparan una especie de luz capaz de desintegrar lo que esté frente a ellas. Sin embargo, esta alabarda no tiene nada de tecnología; de hecho, parece hecha de un material diferente a todo lo que hay aquí.
La punta dorada es de un tono completamente distinto al de los objetos dorados del lugar, y la punta plateada es simplemente un metal común, aunque me resultaba familiar.
Al llegar unas calles antes del Sagrarium, noté que los guardias, que nunca abandonan aquel recinto, estaban repartidos alrededor de la zona con sus brillantes lanzas doradas y con la misma alabarda que yo llevaba colgada en la espalda. Los notaba diferentes, parecían más agresivos que de costumbre. Había algo que no me agradaba en lo más mínimo en el ambiente.
Siguiendo las indicaciones de los guardias, llegamos al patio trasero del Sagrarium. Debo reconocer que nunca había entrado al enorme edificio; aquel palacio, la morada del padre de todo lo conocido en este universo, me pareció imponente.
Al pasar por la sala principal, donde había hermosas pinturas que representaban la historia de la creación hasta nuestros días, fue maravilloso observar la magnificencia del creador y todo lo que había hecho por nosotros, sus creaciones.
Pero el patio trasero donde nos encontrábamos no tenía nada especial.
De pronto, en mi campo de visión apareció un mensaje que indicaba que todas mis funciones corporales, con excepción de las vitales, la auditiva y la vista, serían desactivadas. En pocas palabras, no podía mover ni un músculo y solo podía escuchar y ver.
Me quedé paralizado, con la mirada fija en un pequeño escenario donde subió una enorme figura, alguien que nunca había visto antes, que parecía ser el líder de los guardias. Su armadura era imponente y la gran cantidad de ojos que tenía en la parte superior me hacía saber que era de un rango muy alto.
—Ángeles, los tengo aquí reunidos porque es posible que HAYYANNA, nuestra hermosa ciudad, esté en peligro —exclamó aquel imponente ser—. Ustedes han sido elegidos porque son quienes más conocen a nuestro enemigo.
—¿Conocer al enemigo? —pensé. ¿Cómo es posible? Mi recuerdo más antiguo fue el día que me otorgaron el traje.
—Debemos estar prevenidos ante un posible ataque, pero a mi parecer la mejor estrategia es agarrar desprevenidos a nuestros enemigos, por lo cual algunos de ustedes me acompañarán en una misión de reconocimiento al plano de ellos.
—No teman, el arma que tienen en sus manos es una copia exacta del arma más poderosa que ellos poseen. La punta dorada es perfecta para acabar con sus seres divinos y la punta plateada matará con un solo corte, de manera irremediable, a cualquier ser mortal que se ponga frente a ustedes.
—Sin más que decir, mis queridos ángeles, me retiro y les deseo la mejor de las suertes. No olviden que a partir de hoy ustedes son los soldados de nuestro creador y es su deber morir por él.
En ese momento, en mi campo de visión apareció un mensaje que indicaba el fin de la suspensión de funciones y la orden de dirigirme de inmediato a la puerta de Nabucodonosor, además de otra serie de indicaciones sobre cómo usar aquella alabarda y cómo era la fisionomía de nuestros principales enemigos.
Pero lo que más llamó mi atención fueron dos cosas: la primera era que, al cruzar la puerta de Nabucodonosor, se nos desbloquearían algunas memorias y que evitáramos hacernos muchas preguntas al respecto.
La segunda era que, si dentro de nuestros enemigos nos encontrábamos con seres divinos de ese plano, con más de dos alas y más de seis esferas flotando a su alrededor, no los enfrentáramos solos; debíamos ser mínimo cuatro para poder matarlos, y por ningún motivo dejáramos que nos atraparan, porque el traje se autodestruiría con nosotros dentro.
Sentí un enorme escalofrío que recorrió todo mi cuerpo y me dirigí a aquella enorme y redonda puerta, que se encendió con un hermoso brillo azul. Junto con otros cientos de compañeros, me adentré a ese plano desconocido.