¿Recuerdan esa sensación, ese frío en la espalda que todos hemos llegado a sentir cuando sabemos que estamos metidos en un gran problema? Como cuando éramos niños y nuestros padres nos descubrían en medio de una enorme travesura, o de adolescentes cuando tomamos el carro sin permiso y, para nuestra mala suerte, nos detenía un policía de tránsito.
Pues multipliquen esa sensación por 100 y quizás entenderán lo que sintió Evanizer Black en el momento en que aquella imponente criatura le dijo que esa cabeza era del padre de todos nosotros.
Miles de pensamientos rondaron la mente del comandante Black; de un momento a otro, se sintió mareado y terminó hincado en el suelo, tratando de asimilar lo que aquella criatura acababa de decirle.
—Me sorprende que dentro de todos los humanos usted tenga esa reacción, Evanizer Black —murmuró un ángel que se acercó por la espalda al todavía impresionado Black—. De toda la humanidad, uno pensaría que aquel que ha dedicado toda su vida a perseguirnos estaría consciente de que la creación es más que un simple planeta que gira alrededor de una pequeña estrella.
Black volteó a ver a aquella figura y la reconoció de inmediato.
—¿Eres el arcángel Gabriel, verdad? —dijo con voz entrecortada por el miedo.
—Increíble que alguien de esta tierra me reconociera con solo verme —exclamó Gabriel—. No fue difícil, eres el único ángel que tiene figura humana; si no fuera por tus alas y la gran cantidad de esferas que vuelan a tu alrededor, podrías pasar por uno de nosotros —comentó Black mientras se ponía de pie.
En ese instante, Gabriel tomó su alabarda y colocó el filo plateado en el cuello de Black, diciendo:
—Explica por qué la cabeza de nuestro padre, su DIOS, está en su planeta, y cómo rayos hicieron para matar a Luzbel y traer su cabeza también a su planeta.
Black sólo pudo abrir los ojos con sorpresa y de su boca salió un tímido:
—No tengo idea de lo que nos estás hablando.
Gabriel, conocido por su habilidad para comunicarse en todas las lenguas de la creación y por su retórica capaz de convencer incluso a su padre, esta vez parecía dispuesto a dejar las palabras y usar sólo su alabarda para acabar con todos y cada uno de los hijos de Adán.
—¡Ya basta, Gabriel! —exclamó un enorme ángel que tenía alrededor de 32 esferas flotando—. Ellos no tienen ni la menor idea de lo que les estás hablando. Por la reacción de él y los que lo acompañan, ni siquiera sabían que la otra cabeza es de Luzbel.
Gabriel alejó la parte plateada de su alabarda del cuello de Evanizer y sólo agachó la cabeza para decir:
—Sí, Metatrón.
Aquella imponente figura se acercó a Black y dijo:
—Hijo de Adán, ustedes, como especie, son los únicos a los que mi padre les otorgó el libre albedrío, es decir, la completa libertad para hacer, pensar y decidir sobre su futuro. Además, les otorgó su completa protección y prohibió a las demás creaciones inteligentes acercarse a ustedes, y mucho menos conquistarlos. Tienen todos los derechos sin las obligaciones que otras creaciones sí tienen. Por eso, son las únicas criaturas que podrían diseñar o copiar un arma con capacidad de dañar a seres divinos. No exculpo a Gabriel por su actitud tan violenta, digna de un simple hijo de Adán, pero para nosotros fue imposible no sospechar, especialmente al detectar un gran pedazo del Eliseo en su planeta.
El general Watson se acercó a Black y le tomó del brazo.
—Tenemos que salir de aquí, ninguna arma ni vehículo funciona, y la mayoría de los soldados simplemente huyeron al ver a esas criaturas que descendieron del cielo.
—Watson, no podemos escapar —respondió Black—. No hay ningún lugar en todo el universo donde podamos escondernos. Esas criaturas que ves son ángeles, después del creador los únicos seres divinos que existen. Y peor aún, el que está frente a nosotros es el más poderoso, el que se sienta a la derecha del Padre: el arcángel Metatrón, cuyo poder es el más cercano al de DIOS.
—General, lo único que podemos hacer es tratar de comunicarnos con el gobierno francés. Si la cabeza que está en París es de Luzbel, en cualquier momento los ángeles caídos llegarán, y ellos, a diferencia de estos, no son muy adeptos al diálogo. Prefieren usar sus alabardas para aniquilar a sus enemigos antes que negociar —dijo Evanizer.
Watson asintió y ordenó a sus soldados seguirlo al campamento. Mientras tanto, Evanizer se arrodilló nuevamente frente a Metatrón.
—Mi señor, le aseguro que no tenemos la tecnología suficiente para diseñar o copiar alguna de sus alabardas sagradas. Además, por lo que sé, la única alabarda capaz de lastimar a un ser divino es la que posee el arcángel Miguel, y en toda la historia de la humanidad nadie ha tenido contacto directo con el general de los ejércitos de DIOS —comentó, sin dejar de mirar al suelo.
Metatrón abrió sus alas y detuvo por un instante a cada una de las 32 esferas flotantes a su alrededor, luego se elevó sobre la cabeza de un asustado Black.
—Hijo de Adán, tu boca no es digna de pronunciar el nombre de mi hermano, y menos tu mente de saber que el arma más poderosa de la creación está en sus manos. Tú y los demás hijos de Adán y Eva tienen los días contados. Sólo les daré quince días de gracia antes de desaparecer este planeta de la creación. Si no encuentran —o yo encuentro— otra explicación de por qué parte del cadáver de nuestro DIOS está en este planeta, los tomaré como culpables. Pagarán el crimen con el peor de los castigos: desaparecerán. No habrá ni cielo ni infierno, simplemente dejarán de existir.
Después de decir esto, todo el ejército de ángeles voló hacia el cielo y desapareció.
Black se levantó, encendió un cigarrillo con la mano temblorosa y caminó lentamente hacia el campamento militar, donde encontró al general Watson, quien, al verlo, supo que las cosas no habían terminado bien.
Sin detenerse a saludar, Black se sentó.