El verdadero Albedrío

Capitulo 14

Metatrón entró en la habitación principal de la torre central en el Eliseo. La habitación, de forma triangular, se encontraba en la parte más alta y exactamente en el centro de la imponente estructura. Era una construcción gigantesca con un hermoso brillo blanco, con vivos plateados y dorados. En medio de la misma se encontraba una fuente, rodeada de árboles blancos de hojas rosas. Un pequeño trono se ubicaba frente a la fuente: un trono sencillo, de color plateado y sin muchos decorados. Metatrón no se atrevía a sentarse en él, aunque por jerarquía, después de la desaparición de su maestro, él era quien debía asumir el cargo. Continuaba colocándose en su lugar habitual, a la derecha del trono, en un pequeño asiento. Más que negarse a tomar el lugar que le correspondía, lo hacía por el dolor que sentía por la pérdida de su padre, y también como una manera de negarse a creer que algo así pudiera haber pasado.

Gabriel entró en la habitación respetando el protocolo que antes seguían frente a su padre, pero ahora haciéndolo frente a Metatrón.

—Maestro, necesito saber qué acciones vamos a tomar con los hijos de Adán. ¿En verdad vamos a destruir a la creación predilecta de nuestro padre?

Metatrón observó a Gabriel y le dijo:

—A pesar de las bendiciones que nuestro padre les dio, son, dentro de todas las creaciones, las que más probabilidades tienen de poder replicar las armas divinas. Pueden, por su libertad, forjar esas armas sin ser detectados.

Gabriel se detuvo un momento a observar a su nuevo maestro y le dijo:

—No quiero que piense que pongo en duda su criterio, pero me es difícil pensar que los terrestres puedan fabricar armas divinas. Si bien tienen los recursos materiales para físicamente poder forjarlas, no tienen un avance tecnológico ni comprensión de la creación como para darles el poder de un arma divina. Ni siquiera creo que las dos razas más antiguas, los pleyadianos y los malvianos —que incluso formaron parte de la Segunda Guerra Impía— puedan replicar la alabarda de Miguel. Además, por lo que sabemos, los hijos de Adán tienen problemas con los caídos, y si en verdad tuvieran armas divinas, el ejército de Luzbel no les sería un problema.

Metatrón lo observó.

—Retírate, Gabriel. Necesito revisar la estabilidad de la existencia.

Gabriel asintió y se retiró a continuar con sus deberes.

Metatrón volteó hacia la fuente, la misma fuente que su padre había mirado durante incontables millares de años. Quería observar la condición en la que se encontraba la creación. La fuente proyectaba en su interior un gigantesco mapa que abarcaba miles de millones de galaxias, y en ninguna parte podía encontrar signos de desestabilización. Metatrón no podía comprender cómo, a pesar de que el Padre de Todo había desaparecido, la creación no parecía estar desmoronándose. Si bien todo parecía haber perdido su "brillo", en general, nada más había cambiado.

Posteriormente, se sentó en su silla a meditar un poco sobre la situación.

—La Segunda Guerra Impía… hace miles de años que no escuchaba ese nombre —dijo en voz alta.

Se levantó nuevamente y se quedó observando la silla que durante años le perteneció a él: la silla a la derecha del Creador. Aquel lugar que originalmente estaba pensado para el más perfecto de los ángeles, no para él.

—Al parecer siempre termino en una posición que originalmente estaba pensada para alguien más —se dijo a sí mismo.

Inmediatamente salió por la puerta principal de la habitación, una hermosa puerta plateada con diferentes imágenes que celebraban la creación del Eliseo. Se detuvo frente a ella y recordó el fin de la Segunda Guerra Impía: cómo Luzbel entró portando su imponente espada, aquella arma que era capaz incluso de representar un peligro para el Creador de Todo. No podía olvidar la altanería de su hermano al entrar portando su armadura dorada, y cómo salió de esa misma habitación mucho tiempo después sin su espada, pero con una armadura negra con vivos en rojo, siendo el regente de una dimensión propia: el Hades.

No podía olvidar la arrogancia con que su hermano lo observó, su mirada tan despectiva hacia él, que sabía sería la nueva mano derecha. La guerra había provocado millones de bajas, la aniquilación de varias especies, e incluso la muerte de varios ángeles. Nunca pudo entender por qué su padre decidió terminar la guerra en el momento en que parecía que los rebeldes podrían ser derrotados. Tampoco cómo pudo perdonar la traición de los pleyadianos. Peor aún, cómo recompensó a Luzbel dándole su propio reino y la potestad de castigar a las personas después de la muerte.

Eran preguntas que nunca tendrían una respuesta, y ahora parecían poco importantes, ya que los dos protagonistas de aquella guerra se encontraban muertos.

Metatrón continuó hacia la salida de la torre cuando cayó en cuenta de que su padre nunca le dijo por qué esa guerra era la "Segunda Guerra Impía". Nunca habló nada de una Primera Guerra Impía.

Metatrón se movió rápidamente rumbo al Luminario, el lugar donde se encuentra reunida toda la historia e información del Eliseo. Mientras se dirigía hacia ese lugar, pudo escuchar cómo Evanizer Black rezaba, pidiendo por volver a encontrarse con él.



#549 en Ciencia ficción
#960 en Paranormal
#338 en Mística

En el texto hay: #religiones, #nihilismo, #apocalipsis

Editado: 05.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.