El verdadero macho

16.1

—¿Y tú ya estás soñando con librarte de mí?

—¡No! —Valentín se asustó de que Sasha pudiera ofenderse—. ¡Solo preguntaba! Yo no... no quería decir nada raro...

—Ay, tranquilízate —frunció el ceño ella—. ¿Por qué tiemblas otra vez? Como si fuera a pegarte.

—Bueno, contigo nunca se sabe...

—Ros pagó mi estancia en el hotel hasta que termine vuestra comisión. Luego nos quedamos un par de días más para esquiar y después volvemos a casa juntos.

—Entiendo.

—¿Quieres venir con nosotros?

—¿Qué? ¿A esquiar? —Valentín soltó una risa—. Gracias, pero no...

—Sí, claro —Sasha se bebió el té de un trago, dejó la taza vacía en la mesita de noche y se recostó sobre la almohada—. El esquí no es lo tuyo. Quizá podrías comprarte un trineo. Seguro que en una tienda infantil tienen alguno.

Valentín apretó los labios.

—Si yo quisiera, también podría esquiar —murmuró, dolido—. Solo que...

—Solo que te da miedo.

—¡No! ¡Yo... yo soy la valentía personificada!

Sasha se giró hacia él, apoyando la cabeza en la mano.

—Demuéstralo —dijo, con un brillo pícaro en los ojos. Valentín ya sabía que esa mirada no traía nada bueno.

—¿Qué?

—Demuestra que ahora eres valiente.

—¿Cómo?

—Haz algo inesperado. Algo que me sorprenda de verdad.

—¡Pues claro que lo haré! —aceptó el reto, sorprendiéndose incluso a sí mismo—. ¡Después del oso, ya no le tengo miedo a nada!

—Después del oso que no existía.

—¡Sí existía! Y mi valentía también es real...

—Hazte un tatuaje —soltó Sasha, como si tal cosa—. ¿O no te atreves?

A Valentín el té casi le salió por la nariz. En su mente, los tatuajes pertenecían al reino del masoquismo. ¿Cómo se le ocurre a alguien dejarse pinchar con agujas por gusto? Otra cosa es cuando la tía Katia, la enfermera amiga de su madre, pone una inyección: eso no duele, y además es por salud. Pero tatuarse... eso era tortura pura. Y encima una marca para toda la vida. Una locura, sin duda.

—Vaya idea te has sacado de la manga... —intentó buscar alguna excusa para negarse, pero todas contradecían su nueva imagen de macho valiente—. Yo ni siquiera quiero...

—Me encantan los hombres con tatuajes.

—... no quiero posponerlo. ¡Apúntame ya mismo!

El rostro de Sasha se iluminó con una alegría genuina.

—¿De verdad? ¿No estás bromeando?

—De verdad —resopló Valentín, tratando de parecer seguro—. ¡Apúntame!

Sabía que iba contra sus principios. Sabía que se arrepentiría. Pero esa mirada de Sasha... No podía decepcionarla. Al menos no en ese momento.

—Ahora ya es tarde. La gente duerme, no se tatúa a estas horas. Mañana por la mañana te busco un tatuador.

—Y no te olvides —añadió Valentín con tono severo, para reforzar su pose de tipo rudo.

Sasha se estiró en la cama.

—Qué calentito se está aquí... ni ganas de salir.

—Pero tú misma dijiste que ya es tarde, así que será mejor que te vayas. Necesito dormir, tengo que madrugar para trabajar.

—Qué aguafiestas eres —suspiró ella, bajando las piernas de la cama—. Capaz que esta era tu única oportunidad de acostarte junto a una chica... y la dejaste pasar.

Bostezando, Sasha se dirigió a la puerta. Valentín recordó que debía ser caballeroso: al menos acompañarla hasta la salida y cerrar la puerta. Se levantó envuelto en la manta y la siguió.

—Que tengas dulces sueños, Valentín —le dijo Sasha al llegar al pasillo—. Y no te olvides de la sauna.

En las escaleras apareció primero una sombra, luego la propia Carolina. Reía fuerte mientras hablaba por teléfono, pero al ver a Sasha y a un Valentín medio desnudo, se quedó en silencio. Los miró de arriba abajo, verificó el número de la habitación.

—Vaya, vaya... ¿Así que ustedes...? Juntos... Qué interesante... —dijo imitando el tono de Valentín, y siguió su camino.

A Sasha la confusión le hizo gracia.

—Nos vemos —soltó con una sonrisa y corrió a su habitación.

Valentín se quedó unos segundos parado en la puerta. ¿De verdad Carolina pensó que él y Sasha estaban juntos? Qué papelón... Ahora sí que no iba a mirarlo más. Iba a pensar que su lugar ya lo ocupaba otra. Se rascó la cabeza. Aunque... ¿por qué se preocupaba tanto? Ninguna persona en su sano juicio podría imaginarlo en pareja con Sasha. Eso no tenía sentido.

De pronto se dio cuenta de que seguía luciendo sus coloridos calzoncillos en medio del pasillo. Solo faltaba toparse con la abuela chiflada del hotel. No lo aguantaría por tercera vez en un día. Rápidamente se encerró en la habitación y se metió en la cama.




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