Valentín llamó a la puerta con cierta inseguridad. En realidad, había pensado ir a ver a Rostik, pero sus pies lo llevaron por su cuenta hasta la habitación de ella. De su chica. ¿Su chica? Ni él mismo sabía en qué momento se había enamorado de Sasha. ¿Y si no era amor? Antes creía estar coladito por Karolina, pero lo que sentía ahora era mucho más fuerte. Mientras se perdía en esas dudas, la puerta se abrió.
Sasha apareció en el umbral con una bata negra de lo más provocadora. Valentín soltó un quejido mental. ¿Lo está haciendo a propósito? Las piernas largas y torneadas le daban ganas de aullar como lobo a la luna. Sin querer, su mirada subió... y se quedó fija en ciertas curvas femeninas. En ese momento, Valentín se sintió hombre. Un verdadero hombre. Jamás una chica le había provocado un deseo tan salvaje.
Sasha notó su atención desmedida y se hizo a un lado con una sonrisa ladeada:
—Entra de una vez, que todo el hotel ya se enteró de cómo te comes con los ojos mis pechos.
Una oleada de vergüenza recorrió el cuerpo de Valentín. Por fin logró mirar a otra parte y entrar en la habitación:
—Perdón, es que yo... este...
—¿Te colapsaste?
—Un poco. Es que tú estás muy... esto, o sea, em... —el nudo en su garganta apenas lo dejaba hablar.
Sasha no aguantó más, le tomó las manos con fuerza. Al contacto, una corriente cálida les recorrió la piel. Ella lo miró con esos ojos de chocolate que le nublaban el juicio:
—Valentín, no se habla así. Si vas a decir algo, primero piénsalo y luego lo sueltas. Nada de “este”, “esa”, “eso”. Haz una pausa si hace falta, pero habla claro. Ahora respira, piensa... y dime qué querías decirme.
Cuanto más pensaba Valentín, más le cundía el pánico. El corazón le retumbaba en las sienes, tenía un nudo en la garganta y le faltaba el aire. Pero se armó de valor y, en un solo aliento, soltó:
—Eres muy guapa.
Sasha sonrió y soltó sus manos sudorosas:
—¿Ves? No era para tanto. Anda, pasa. Y cuéntame por qué tienes esa pinta de haber peleado con un tractor.
Valentín se quitó los zapatos y los colocó con esmero junto a la puerta. Al ver sus calcetines con Pikachus, se maldijo en silencio con palabras que harían enrojecer a su madre. ¿Por qué no me puse los lisos y aburridos que a Sasha le gustan? En el bowling no se dio cuenta, pero ahora seguro los notaría.
Sasha se sentó en la cama y lo observó con atención. Valentín se quedó plantado en mitad del cuarto, sin saber qué hacer con su cuerpo:
—Unos tipos del pueblo me pegaron. Pensé que eran los matones que contrató Miroslav, pero no. Solo pasaban por ahí. Yo les dije algo y terminé con una paliza. Oleg, por cierto, salió corriendo.
Sasha soltó una carcajada cristalina:
—Ya veo. Siéntate, anda. Voy a curarte esas heridas. Creo que vi un botiquín por aquí.
Valentín se sentó en la cama como si se hubiera dejado caer sobre una plancha caliente. Nunca antes se había sentado en la cama de una chica. Sasha se acercó y se colocó a su lado. Mojó un algodón con agua oxigenada y se lo puso en el labio partido. El escozor fue inmediato, y Valentín siseó como una serpiente. Sasha retiró el algodón y le sopló suavemente sobre la herida.
El cuerpo de Valentín se erizó al instante. Su aliento despertaba en él fantasías totalmente inadecuadas.
—¿Y ahora Karolina te ve como un héroe?
—Sí, ella… —iba a decir el típico “este”, pero recordó el consejo de Sasha. Pensó unos segundos y continuó—. Incluso quiso darme un beso como agradecimiento.
Sasha desvió la mirada, retorciendo el algodón entre los dedos. Su mandíbula se tensó, aunque intentó mantener una expresión neutra:
—Espero que no te hayas desmayado de la emoción.
—No. Al contrario, me di cuenta de que no quiero besarla.
—¿Por qué? ¿Comió ajo?
—No. O no lo sé. No es eso —Valentín calló un momento, debatiéndose consigo mismo.
Sabía que a Sasha le gustaban los hombres decididos. No quería pasar meses suspirando por ella, como le pasó con Karolina. Si le daba calabazas, si se reía o incluso si le soltaba una bofetada, al menos sabría a qué atenerse.
Sintió el nudo en la garganta, tragó saliva y se armó de valor:
—Me di cuenta de que no quiero besarla a ella… sino a ti.
Reunió todo su coraje y se inclinó hacia ella. ¡Ahora sí! ¡Mi primer beso! No tenía idea de qué hacer exactamente, pero esperaba que la naturaleza le guiara. El corazón le latía tan rápido como el de Oleg cuando huía de los pandilleros. Cerró los ojos… y recibió un golpe en la frente.
Lo sabía. Me pegó.
Abrió los ojos, decepcionado, solo para ver a Sasha frotándose la frente mientras se reía a carcajadas.
—¿¡Eso era un intento de besarme!? ¡Y terminamos dándonos un cabezazo!