El verdadero monstruo

Innecesario

Alina y yo caminamos hasta la biblioteca pública antigua del lugar. Ya casi nadie iba ahí, pero exactamente eso nos conviene ahora.

Dejé mi mochila en el suelo y me senté frente a una computadora. Alina tomó asiento cerca de mí.

—¡Dios! Al fin un medio para entrar a cualquier página sin que me saquen los datos hasta de mis antepasados y descendientes inexistentes.

—No te emociones. Le pasa algo a esa cosa y la bibliotecaria nos mata.

—¿Pasarle “algo”? Ni siquiera sé cómo sigue funcionando.

—Ujum, solo investiguemos, chico de la luna roja —dijo Alina entre risas, golpeándome suavemente hombro con hombro.

Yo me reí bajito, pero todo lo que había pasado en la noche me seguía dando vueltas.

—…Alina… ¿A ti no te pasó nada raro anoche?

Ella me miró fijamente.

Parpadeó una vez… otra vez…

De tanta espera, mi vista se fue un poquito a la derecha.

Una figura oscura, pero borrosa, se asomaba por la ventana.

—Yo no necesito lentes… —murmuré bajito, como si la indiferencia me salvara de algo.

—¿Qué?

Mi pecho comenzó a subir y bajar junto a mi respiración irregular. La figura me veía y yo a ella.

De un momento a otro su mano atravesó la ventana, haciendo que mi cuerpo soltara un respingo. Cerré los ojos con fuerza y sentí cómo alguien me tomaba de los brazos.

—¡NO!

—¡Damián!

—¿E-Eh…?

Abrí los ojos lentamente.

Solo… solo era Alina.

Y quien se encontraba de pie detrás de ella era la bibliotecaria.

—¿Qué te sucede, Damián?

—Yo… yo…

—¿Estás bien, muchacho? —preguntó la bibliotecaria.

Asentí.

—Si no te sientes bien, regresa a tu casa, niño… Espero que no estén haciendo nada raro.

—No… nada…

—Ujum.

La bibliotecaria se alejó y yo suspiré.
Alina me pasó la mano por el rostro, moviéndome el cabello de la cara.

—¿Qué te pasa? ¿Estás bien? Estás sudando frío… Si quieres puedo llevarte a tu casa.

—N-No… yo… yo te pregunté algo y luego todo… todo se volvió raro.

—¿Algo? Tú solo te pusiste raro de la nada y dijiste que “no usabas lentes”.

—¿No escuchaste?

—Damián, te prometo que te escuché con atención y no dijiste nada.

—Ah.

—¿Cómo que “ah”? ¿Damián, estás bien?

—Solo… solo déjalo. Tranquila, estoy bien.

—¿Seguro?

—Que sí. Investiguemos del tema, que mañana hay clases y no tengo tiempo.

—Bien, pero si te pones raro de nuevo vamos a tu casa.

Por un tiempo nos pasamos investigando sobre el ritual, los significados y otras cosas, pero… ok, bien, nos distraímos con otras cosas. Supongo que algo es algo.

En un momento simplemente quise ir al baño, pero…

Cuando miré el espejo, un escalofrío recorrió mi espalda.

Nuevamente esa figura estaba detrás de mí.

—H-Hey… ¿A… Amadeo, no…?

Una mano golpeó el vidrio con fuerza.
Como si viniera de adentro.

Giré rápido, pero no había nada detrás de mí.

—¡Entendí, perdón! ¡No te gusta! ¡¿Cómo se supone que podemos comunicar…!?

Comunicación…

Revisé todos los espejos de nuevo y no había nada.

Salí corriendo hacia Alina, que estaba jugando algún juego al azar en la computadora.

—¡Tengo una idea! ¡La gracia me ha iluminado!

—¿Eh…? ¿Qué pasa?

—¡Necesitamos comprar una ouija!

—¿En serio eso fue lo que te “iluminó”?

—¡Alina! Cada vez que digo Amadeo una cosa extraña pa—!

Un libro cayó.

—¿¡Lo ves!? ¡Siempre que digo ESE nombre se altera! ¡No le gusta, pero me persigue! ¡Necesitamos una tabla para comunicarnos con él!

—Ok, calma… Necesito explicación.

—Alina, te juro que hay un fantasma persiguiéndome y necesitamos contactarnos con él. Los fantasmas existen porque tienen cosas sin terminar… ¡Así nos dejará en paz!

—No es por nada, pero “nos” suena a mucha gente.

—¡Hey!

—Tranquilo… Te ayudo… sé con quién ir
—dijo Alina con una sonrisa.

Tomamos nuestras cosas y salimos de la biblioteca.

Caminamos un poco hasta llegar al centro. Entramos a la tienda y el frío nos golpeó.

—¡Dios! ¡Al fin aire acondicionado decente! —mencioné como si fuera lo más importante ahora.

—Vamos, Damián… Estoy segura de que Cassidy nos ayudará.

—De que nos ayuda, nos ayuda. Lo que me preocupa es el precio.

Caminamos hasta el mostrador, pero Cassidy no estaba. Alina miró con duda y se acercó más.

—Disculpe… ¿Dónde está la chica que siempre está en el mostrador? Se llama Cassidy, cabello rubio, tiene piercings y buen gusto… ya saben, la chica de diecinueve.

—Ah… ella… La quitaron del mostrador porque había un grupito que venía a verla y no a comprar todos los días… No me digan que ustedes—

—¡No, no, no! —dije negando con ambas manos—. Nosotros somos sus amigos y sí venimos a comprar.

—Pues puedo ayudarlos… ¿Qué necesitan?

—Una tabla ouija. —dijimos ambos demasiado rápido.

—¿Qué?

—Una tabla ouija. —Volvió a decir Alina como si fuera obvio—. Necesitamos una.

—Ah… —El trabajador del mostrador suspiró como si fuera la quinta vez que le preguntaban eso—. Ya les llamo a Cassidy.

El chico se asomó por una puerta trasera llamando a Cassidy. Ella salió del almacén mientras se quitaba los audífonos… Cuando nos miró, su sonrisa se extendió de forma dulce.

—¡Hola, chicos! ¿Qué les sucede?

—¡Hey, Cassi! Necesitamos tu ayuda en una cosita.

—Los chicos necesitan una tabla ouija, Cassidy.

—Ah… Creo que ya no vendemos de esas, lo siento.

—¡Sí, pero tú sabes dónde conseguir! —replicó Alina—. Cuando me quedé a dormir en tu casa, tu papá tenía una.

Cassidy se cruzó de brazos.

—Tú lo dijiste. Mi papá tiene una, yo no. Y sabes que no le gusta que toquen sus cosas.

—Cassi… por favor… Tenemos algo muy importante que contarte. Verás que querrás ayudarnos.

—Ujum, claro que sí, Damián. ¿Qué hicieron ahora?

—¡No hicimos na—!




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.