El Viaje Sin Condiciones

La distancia exacta

EMILY

Habían pasado cinco días desde el inicio de clases, y recién entonces entendí que el último año no comenzaba con grandes cambios, sino con pequeñas repeticiones que se volvían inevitables.

Cinco días sentándome en el mismo banco.

Cinco días compartiendo espacio con la misma persona.

Cinco días fingiendo que aquello no significaba nada.

Me desperté con el sonido del teléfono vibrando sobre la mesa de luz. No era la alarma. Era una llamada.

—Emily —dijo la voz de mi madre apenas atendí—. Buenos días.

Miré el reloj: 6:12.

—Buenos días —respondí, incorporándome con lentitud.

La casa estaba en silencio, como todas las mañanas. Demasiado ordenada. Demasiado quieta. Desde que mamá viajaba por trabajo, cada habitación parecía más grande de lo necesario, como si el eco de su ausencia se hubiera instalado en las paredes.

—Solo quería escucharte —continuó—. ¿Cómo estás llevando estos primeros días?

—Bien —respondí por costumbre.

Hubo una pausa breve. Mi madre siempre supo leer los silencios, aunque nunca supo cómo intervenir en ellos.

—Voy a quedarme fuera unas semanas más —explicó—. Te llamaré seguido.

—Está bien.

—Emily... —dudó—. Si necesitas algo…

—Lo sé.

—Sabés que podés llamarme cuando quieras. Siempre estoy.

Solté una risa breve, sin humor.

—¿De verdad? —pregunté—. Porque por acá no te veo, mamá.

—Hija, por favor... —su voz se volvió tensa.

—Nos vemos. Suerte en Italia.

Corté antes de que pudiera decir algo más. No necesitaba seguir hablando. La conversación ya se había vuelto incómoda.

Vivía sola, pero no me sentía independiente. Me sentía suspendida. Como si estuviera esperando algo que no sabía nombrar.

Me preparé con movimientos automáticos. Uniforme prolijo, cabello lacio, flequillo acomodado. El reflejo en el espejo seguía siendo el mismo, aunque yo no lo fuera.

Las ojeras ya eran notables, el cansancio que reflejaban mis ojos me daba miedo hasta mi.

Salí de mi casa, hice 3 cuadras, y doble para la derecha viendo como una rubia me esperaba con su sonrisita de siempre.

Rose me esperaba en la esquina, como siempre.

—Cinco días —dijo apenas me vio—. Oficialmente sobrevivimos a la primera semana.

—Todavía es temprano para celebrar —respondí.

Caminamos juntas hacia el colegio. Ella hablaba del proyecto final, del viaje que se acercaba, de posibles destinos, de todo lo que todavía parecía lejano. Yo la escuchaba, aunque parte de mí se quedaba atrapada en pensamientos ajenos a la conversación.

—¿Cómo estás con... ya sabés? —preguntó finalmente.

Sabía exactamente a quien se refería.

—Normal —contesté—. Lo suficiente.

—¿Te habla?

—Sí. Lo justo.

No mentía. Tyler no había vuelto a provocarme. No hubo comentarios fuera de lugar ni gestos innecesarios. Solo convivencia.

Y eso, curiosamente, era lo que más me descolocaba.

—¿Y vos? —pregunté, mirándola de reojo.

—¿Yo? No entien...

—Rose —la interrumpí—. No soy tonta. Veo cómo lo mirás.

Suspiró.

—Con Neil estamos bien —dijo—. Solo es falta de comunicación. Nada que no se pueda manejar... al menos por el proyecto final.

—¿El proyecto final o tu corazón? —sonreí apenas.

—Oh no empieces señorita Cooper.

—No se me hace gracioso, mi apellido es Morgan.

Vi como se reía mientras yo la fulminaba con la mirada.

Entramos al aula apenas llegamos y ocupé mi lugar habitual, junto a la ventana. Tyler llegó unos minutos después y se sentó sin mirarme.

—Buen día —dijo, al abrir su cuaderno.

—Buen día.

Nada más.

A veces intercambiábamos frases mínimas. Comentarios sobre la tarea, sobre el proyecto, sobre fechas. Nunca sobre nosotros. Nunca sobre el pasado.

Por ejemplo, la última vez que intercambiamos palabras fue para decirnos nada más y nada menos que esto;

—¿Anotaste lo de la bibliografía? —preguntó una mañana.

—Sí.

—Perfecto.

Silencio.

Me preguntaba si esa normalidad era una estrategia o simplemente una elección. No parecía incómodo. No parecía forzado. Era como si hubiera decidido aceptar la situación tal como estaba.

Yo no sabía si podía hacer lo mismo.

Estaba repasando unos apuntes cuando veo que una sombra aparece en mis hojas.

Irritada y malhumorada levante la vista, gran error.

Estaba Olivia enfrente de nuestro banco mirando fijamente a Tyler.

—En el almuerzo— Empezó diciendo— Acompáñame

a hablar de algunas cosas.

—Sobre que?— Le preguntó él.

—Cosas personales, que no pienso hablar acá.

Y fue cuando dirigió su mirada hacia mi.

—Te podes correr?— La fulmine con la mirada— Estas justo enfrente de donde tengo mis cuadernos.

—Nos vemos en el almuerzo Ty— Dijo finalmente ignorándome por completo.

—Imbecil — Murmuré mientras veía como volvía a su banco de nuevo.

—Yo? o Olivia...— Tyler me hablo con inseguridad— Porque yo no la llame para que venga...

—Vos no Tyler, ya sabes que me refería a ella.

Me miro de una manera expectante como esperando a que agregara algo más, pero no lo hice, no había más de que hablar.

En el recreo, Rose se sentó frente a mí con su bandeja.

—No te noto peor —dijo—. Eso es algo.

—No es lo mismo que estar bien.

—A veces no empeorar ya es un avance.

La observé sonreír con esa suavidad que siempre la caracterizaba. Rose tenía esa capacidad de no presionar. De acompañar sin exigir respuestas.

Tyler pasó cerca, hablando con Neil. No nos miramos.

—¿Creés que esto va a seguir así todo el año? —pregunté.

—No —respondió Rose sin dudar—. Nada se mantiene igual tanto tiempo.

—Supongo que así es.

—Ay no... —dijo de repente, desviando la mirada por encima de mi hombro.

—¿Qué pasa? —pregunté, girándome apenas.



#3012 en Novela romántica
#275 en Thriller
#126 en Misterio

En el texto hay: #romance, #amistad, #adolescencia

Editado: 06.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.