«Cuando la Luna de Sangre se alinee con las tres estrellas de la corona, el Reino de las Sombras caerá en el invierno eterno... a menos que la tierra, la espada y el trono se unan en un solo lecho».
Las palabras del Oráculo de las Sombras resonaban en las paredes del Gran Templo, repitiéndose como una maldición en la mente del Príncipe Valerius y del General Kaelen.
Durante siglos, la dinastía Fae de la Noche había gobernado con mano de hierro, pero su magia se estaba agotando. La tierra se moría, las fronteras se debilitaban y el caos amenazaba con destruir su mundo. La profecía era clara, pero absurda para la moral de la corte: la salvación no vendría de una guerra, ni de un matrimonio político conveniente. Vendría de un vínculo inquebrantable, una unión de almas y cuerpos que desafiaría todas las leyes del reino.
Hacía falta una Bruja Elemental, una portadora de la magia de la tierra primigenia, capaz de canalizar el poder sin corromperse.
Pero el poder era demasiado vasto para un solo hombre. Ningún Fae, por más puro que fuera su linaje, podría soportar la intensidad de esa magia elemental por sí solo; terminaría consumido por el fuego de la bruja. Se necesitaban dos pilares para sostenerla. Dos hombres que compartieran el mismo derecho, el mismo deseo y la misma sangre en el campo de batalla.
Kaelen, el general inflexible, representaba la fuerza, la estrategia y la protección del ejército.
Valerius, el príncipe heredero, representaba la oscuridad, el magnetismo y los secretos del trono.
Dos hombres que compartían todo, excepto una mujer. Hasta ahora.
La profecía dictaba que la bruja no pertenecería a ninguno, sino a ambos. Una relación poliamorosa y un pacto de sangre donde el placer erótico no era un pecado, sino el canal conductor para entrelazar sus poderes en este universo de fantasía oscura. Si lograban someterla —o si ella lograba someterlos a ellos—, el reino florecería. Si fallaban en unirse en cuerpo y alma, la oscuridad devoraría el mundo.
Esa misma noche, las alarmas de la frontera real sonaron. Una intrusa de inmenso poder había cruzado los muros mágicos de la ciudad.
El destino se había puesto en marcha. La bruja ya estaba en sus tierras, y ni el príncipe ni el general se detendrían hasta tenerla de rodillas... o caer de rodillas ante ella.
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Editado: 08.07.2026