El aire en el calabozo del Reino de las Sombras era espeso, impregnado del aroma a tierra mojada y a una magia tan antigua como el tiempo. Aeryn estaba encadenada a la columna de piedra central, no por debilidad, sino por pura precaución. Sus captores sabían perfectamente que una bruja de linaje elemental era peligrosa, incluso con las manos atadas.
La pesada puerta de hierro se abrió sin hacer ruido. Dos siluetas imponentes recortaron la luz del pasillo.
A la izquierda avanzó Kaelen, el general del ejército Fae. Era alto, de hombros anchos y porte militar. Su cabello plateado caía desordenado sobre sus ojos oscuros, unos ojos que miraban a Aeryn con una mezcla de sospecha y un deseo reprimido que intentaba ocultar tras su armadura oscura.
A la derecha caminaba Valerius, el príncipe heredero del trono de las sombras. A diferencia del general, Valerius vestía ropajes de seda negra que se ceñían a su cuerpo esbelto y fibroso. Tenía una sonrisa perezosa y una mirada felina, dorada, que devoraba a Aeryn sin ningún pudor.
—Mírala, Kaelen —susurró Valerius, su voz era como terciopelo rozando la piel—. Dijiste que habías capturado a una amenaza, pero yo solo veo un tesoro esperando a ser reclamado.
—No te dejes engañar, alteza —respondió Kaelen, su tono era rudo, pero dio un paso al frente, quedando a escasos centímetros de Aeryn. El calor que emanaba de su cuerpo contrastaba con el frío de la celda—. Su magia casi destruye nuestras defensas en la frontera.
Aeryn levantó la barbilla, desafiante, a pesar de que el corazón le latía con fuerza en el pecho. No era miedo lo que sentía; era la extraña y magnética vibración que comenzó a recorrer su espina dorsal en el momento en que ambos hombres se acercaron. Sus magias no chocaban; se buscaban.
—Si van a matarme, háganlo ya —desafió Aeryn, fijando sus ojos primero en el frío general y luego en el provocador príncipe—. Pero ahórrense los discursos.
Valerius soltó una carcajada baja y se agachó frente a ella. Extendió una mano de dedos largos y elegantes, rozando con la punta de sus dedos la mandíbula de Aeryn. Un chispazo de electricidad mágica saltó entre ellos, haciendo que ambos jadearan sutilmente.
—¿Matarte? Qué desperdicio tan absoluto —murmuró el príncipe, sus ojos dorados brillando en la penumbra—. El oráculo fue muy claro, hermosa bruja. Mi corona necesita el poder de las sombras, el ejército de Kaelen necesita la fuerza de la tierra, y tú... tú necesitas el equilibrio de ambos para no consumir tu propia alma.
Kaelen se tensó, pero no apartó la mirada de los labios de Aeryn. Dio un paso más, rompiendo la distancia que le quedaba, y su mano firme se posó en la nuca de la bruja, obligándola a mirarlo fijamente. La dualidad era abrumadora: la mano de Valerius acariciaba su cuello con una suavidad peligrosa, mientras el agarre de Kaelen era posesivo, firme y demandante.
—Un pacto de tres —dijo Kaelen, su voz ahora más baja, rota por la tensión—. Tu magia unida a nuestras almas. Una unión de sangre, poder... y carne. Si aceptas, las cadenas caen ahora mismo. Si te niegas, el calabozo será tu tumba.
Aeryn sintió el calor de la respiración de Kaelen en su rostro y los dedos de Valerius delineando ahora la curva de su clavícula, desabrochando sutilmente el primer botón de su túnica maltratada. La tensión erótica en la celda era tan densa que casi se podía tocar. Su propio poder elemental despertó, respondiendo a la proximidad de los dos machos alfa que la rodeaban, reclamándolos tanto como ellos querían reclamarla a ella.
—¿Y qué pasa si acepto? —preguntó Aeryn, con la respiración entrecortada, entregándose al juego del control.
Valerius se acercó a su oído, su aliento cálido rozándole el lóbulo.
—Que descubriremos qué tan resistente es una bruja cuando dos gobernantes de la noche deciden adorarla al mismo tiempo.
Kaelen no esperó más. Con un movimiento rápido de su magia, las cadenas de hierro que ataban las manos de Aeryn se rompieron, cayendo al suelo con un eco metálico. Pero antes de que ella pudiera dar un paso, los brazos del general la rodearon por la cintura, pegando su cuerpo contra la dura armadura, mientras el príncipe Valerius atrapaba sus labios en un beso hambriento, marcando el inicio de un pacto del que ninguno de los tres querría escapar.
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Editado: 08.07.2026