El Vínculo de la Noche

Capítulo 2: La Habitación Real

El tintineo de las cadenas rotas aún resonaba en el frío calabozo cuando el beso terminó. Aeryn se quedó sin aliento, con los labios encendidos y el corazón golpeando con fuerza contra su pecho. El príncipe Valerius la miraba con una sonrisa lánguida y felina, limpiándose la comisura de la boca con el pulgar, mientras el general Kaelen mantenía su mano posesiva firmemente sujeta a su cintura, recordándole que no tenía escapatoria.

​—Este no es lugar para una reina, ni para el ritual que nos espera —murmuró Valerius, extendiendo su capa de seda negra alrededor de los hombros de Aeryn—. Muévete en las sombras con nosotros, bruja.

​Antes de que pudiera replicar, la neblina oscura que flotaba en los rincones de la celda se expandió, envolviéndolos a los tres. El suelo pareció desaparecer bajo sus pies y una intensa sensación de vértigo la obligó a aferrarse al duro pecho acorazado de Kaelen. Un segundo después, el olor a moho y sangre fue reemplazado por la fragancia de los pétalos de jazmín nocturno y el sándalo.

​Estaban en los aposentos del príncipe.

​La habitación era inmensa, iluminada únicamente por el fuego azul de una chimenea de piedra y la luz plateada de la luna llena que entra por un enorme ventanal sin cristales. En el centro dominaba una cama de postes de madera tallada, cubierta con sábanas de seda de un color azul tan oscuro que parecía negro.

​Kaelen la soltó con lentitud, aunque sus ojos oscuros no dejaron de recorrerla. Se desabrochó los broches de su armadura de combate, dejándola caer al suelo con un eco sordo. Debajo, solo llevaba una camisa de lino negro entreabierta que dejaba ver las cicatrices de guerra que cruzaban su torso marcado y musculoso.

​—Aún estás a tiempo de temblar, bruja —dijo Kaelen, su voz era un gruñido bajo y rudo mientras caminaba hacia ella, acorralándola entre su cuerpo y el borde de la gran cama—. Una cosa es desafiarnos con palabras en una celda, y otra muy distinta es superar el peso de nuestra naturaleza.

​Aeryn no retrocedió. Su magia elemental, conectada a la tierra, latía con fuerza bajo su piel, respondiendo magnéticamente a la proximidad de los dos machos Fae.

​—No te equivoques, general —respondió ella en un susurro, clavando sus ojos en los de él—. No soy una flor delicada de la corte. Si me quemo, me aseguro de incendiar todo a mi alrededor.

​Valerius soltó una risa suave detrás de ella. Sintió los dedos largos del príncipe deslizarse por su espalda, desatando con extrema lentitud el cordón de su túnica maltratada. La prenda cayó a sus pies, dejándola expuesta ante ellos, vestida únicamente con una fina camisola de lino que translúcía las curvas de su cuerpo bajo la luz de la chimenea.

​—Deliciosa —susurró Valerius al oído de Aeryn, rozando la sensible piel de su cuello con sus colmillos Fae, apenas rozándola, provocándole un escalofrío que la hizo jadear—. Kaelen, deja de interrogarla con la mirada. Ambos sabemos lo que nuestras magias están exigiendo a gritos.

​El general no esperó más. Atrapó las manos de Aeryn y las llevó por encima de su cabeza, sosteniéndolas con una sola de sus grandes manos, mientras con la otra rasgaba la fina camisola de lino, dejando al descubierto sus pechos firmes. Aeryn soltó un gemido de sorpresa que se ahogó cuando Kaelen capturó su boca en un beso rudo, dominante, que sabía a tormenta y a posesión. La lengua del general reclamó la suya con un hambre atrasada de siglos, mientras sus dedos libres delineaban el contorno de sus senos, apretando los pezones ya erectos por la expectación.

​Al mismo tiempo, Valerius se situó detrás de ella. Las manos del príncipe, suaves pero implacables, bajaron por sus caderas, acariciando la piel desnuda de sus muslos y atrayendo el trasero de Aeryn hacia atrás, pegándolo firmemente contra su propia virilidad, que ya se sentía rígida y prominente a través de la seda de sus pantalones. Aeryn se encontró atrapada en un sándwich de puro calor masculino: la dureza militar de Kaelen al frente y la embriagadora y mística urgencia de Valerius a la espalda.

​—Míranos, Aeryn —ordenó Valerius con voz ronca, su mano subiendo por su vientre hasta aprisionar uno de sus pechos, masajeándolo en perfecta sincronía con los besos que Kaelen le daba—. Siente cómo el vínculo se cierra.

​Kaelen bajó sus besos por la mandíbula de ella, descendiendo por su cuello hasta morder suavemente la clavícula de Aeryn, marcándola como suya, justo antes de bajar hacia sus pechos. El general tomó uno de los pezones entre sus labios, succionándolo con fuerza, alternando entre lamidas húmedas y pequeñas mordidas que hicieron que Aeryn arqueara la espalda, gimiendo sin control. Las chispas de su magia elemental comenzaron a flotar en el aire, pequeños destellos verdes y dorados que se entrelazaban con el humo oscuro que emanaba de la piel de los Fae.

​Valerius la obligó a tumbarse en el colchón de seda, quedando ella en medio. El príncipe se deshizo de sus ropas con movimientos fluidos, revelando un cuerpo esculpido y perfecto, antes de colocarse entre las piernas de Aeryn. Kaelen se posicionó a un lado de ella, acostado, manteniendo una de sus pesadas piernas sobre los muslos de la bruja para mantenerla abierta y vulnerable ante ambos.

​Los dedos de Valerius buscaron la intimidad de Aeryn, encontrándola ya completamente empapada en sus propios jugos. El príncipe introdujo dos dedos de golpe, moviéndolos en un ritmo lento y tortuoso que hizo que ella jadeara, clavando las uñas en las sábanas.

​—Estás tan caliente para nosotros, bruja... —murmuró Valerius, sus ojos dorados brillando en la oscuridad con un deseo animal. Aumentó la velocidad de sus dedos, encontrando el punto exacto que la hacía estremecerse—. Kaelen, tómala primero. Quiero ver cómo tus sombras se hunden en su tierra.

​Kaelen se inclinó sobre ella, besándola para acallar sus gritos de placer mientras los dedos de Valerius la preparaban. El general guió su hombría, gruesa y palpitante, contra la entrada de Aeryn, que ya reclamaba el llenado. Con un solo empuje firme y posesivo, Kaelen se hundió por completo dentro de ella.




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