Los rayos del sol matutino en el Reino de las Sombras no eran dorados, sino de un tono violeta pálido que se filtraba perezosamente por el ventanal. Aeryn se despertó con una pesadez extraña en el cuerpo, pero no era cansancio; era una sobrecarga de energía. Bajo su piel, los canales de su magia elemental, que antes se sentían como pequeños riachuelos, ahora fluían como ríos salvajes.
Estaba atrapada en medio de la cama. A su izquierda, Kaelen dormía de lado, con un brazo pesado y musculoso rodeando firmemente su cintura, como si incluso inconsciente temiera que ella escapara. A su derecha, Valerius descansaba boca arriba, con una pierna entrelazada con la de ella y el cabello oscuro desordenado sobre la almohada de seda. La escena era de una intimidad abrumadora, casi pacífica, si no fuera porque el día anterior eran enemigos.
Al moverse sutilmente, la marca plateada en su muñeca —tres líneas entrelazadas como ramas y humo— brilló con un pulso tenue.
Kaelen abrió los ojos de inmediato. El instinto del general no descansaba. Sus ojos oscuros pasaron instantáneamente de la neblina del sueño a una lucidez fría y analítica. Miró la muñeca de Aeryn, luego la suya propia, donde la misma marca destellaba.
—Así que no fue un delirio de la noche —murmuró Kaelen con voz ronca, soltándola lentamente y sentándose en el borde de la cama. Sus cicatrices de la espalda se tensaron—. El vínculo se ha sellado.
—¿Te arrepientes, general? —preguntó Aeryn, incorporándose y cubriéndose el pecho con la sábana de seda. La frialdad matutina de Kaelen contrastaba dolorosamente con la fogosidad salvaje con la que la había poseído unas horas antes.
Kaelen se giró a mirarla, sus facciones endurecidas.
—Hice lo que el reino necesitaba, bruja. Las fronteras están cediendo y la magia de mi ejército depende de que este Triunvirato funcione. No mezcles el deber con el sentimiento.
Esas palabras pincharon el orgullo de Aeryn.
—No te preocupes. No olvido que tu ejército fue el que quemó las tierras de mi clan en el norte hace cinco años. No estoy aquí por afecto, Fae. Estoy aquí para sobrevivir.
Un silencio tenso se instaló en la habitación, pero fue roto por un bostezo teatral. Valerius se estiró con la gracia de un felino, abriendo sus ojos dorados, que ahora lucían un brillo mucho más vivo que el día anterior. La palidez enfermiza que el príncipe solía tener debido al desgaste mágico del reino había desaparecido por completo; la magia de la tierra de Aeryn lo había revitalizado.
—Qué manera tan aburrida de empezar la mañana, caballeros —dijo Valerius, apoyando la barbilla en su mano mientras miraba a ambos—. Kaelen, eres un soldado excelente, pero un pésimo amante por las mañanas. Y tú, mi bella Aeryn, no dejes que este bloque de hielo te amargue. Siente tu poder. ¿No notas la diferencia?
Aeryn cerró los ojos y se concentró. Extendió la mano abierta hacia una maceta de piedra que adornaba la esquina del cuarto, la cual contenía una planta marchita por la decadencia del reino. En lugar de tener que susurrar un conjuro y desgastar su propia energía, bastó un solo pensamiento. Una ráfaga de luz verde brotó de sus dedos y, en un segundo, la planta no solo revivió, sino que floreció con flores de un violeta encendido, trepando por la pared de piedra.
Los tres se quedaron sin aliento. El poder era puro, rápido y devastadoramente fácil de usar.
—La profecía no mentía —dijo Valerius, su tono perdiendo la burla y volviéndose serio por primera vez. Se acercó a Aeryn, tomando su mano con suavidad, delineando la marca de la muñeca—. Tu tierra estabiliza mis sombras. Y la fuerza física de Kaelen te da el anclaje para que ese poder no te destruya la mente. Somos un engranaje perfecto.
—Pero hay un problema —interrumpió Kaelen, poniéndose de pie y vistiéndose con sus pantalones de cuero negro—. Mi rey, tu padre, no sabe nada del oráculo. Él espera que hoy presente a la bruja capturada ante el consejo para su ejecución pública. El Rey Noah odia a los elementales; cree que la magia de la tierra es primitiva y peligrosa.
Valerius se tensó notablemente, y una sombra de vulnerabilidad cruzó sus ojos dorados antes de ocultarla tras su habitual máscara de arrogancia. Su relación con su padre era un campo de minas.
—Mi padre no la tocará —sentenció el príncipe, su voz destilando un peligro sutil—. Si intentamos esconder el vínculo, el consejo sospechará. Debemos presentar a Aeryn no como una prisionera, sino como mi consorte elegida... y la tuya, Kaelen.
—La corte se alzará en armas —advirtió Kaelen—. El poliamor está permitido en los rangos bajos, pero que el heredero al trono y el general supremo compartan a una bruja extranjera... es una declaración de guerra interna.
Aeryn los miraba a ambos, dándose cuenta de que el peligro no solo venía de las sábanas o de los monstruos de la frontera, sino de los secretos palaciegos. El misterio de por qué el Rey Noah odiaba tanto a su estirpe flotaba en el aire.
—Si me van a presentar ante ese nido de víboras —dijo Aeryn, bajándose de la cama, dejando caer la sábana con una nueva confianza, mostrando su cuerpo orgullosamente marcado por los encuentros de la noche—, sugiero que me den algo mejor que usar que estos harapos. Si voy a jugar a ser su reina, quiero lucir como una.
Valerius sonrió con fascinación, devorando la vista de su silueta, mientras Kaelen, a pesar de su rigidez militar, no pudo evitar que su mirada se oscureciera de deseo al verla recordar la noche anterior. La atracción mutua estaba empezando a tejer hilos invisibles entre los tres, hilos que iban mucho más allá de una simple profecía de supervivencia.
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Editado: 08.07.2026