El vínculo oculto

Capítulo 1 — El aroma de lo imposible

El bosque se extendía en un silencio profundo, de esos que no resultan vacíos, sino llenos de vida contenida. Bajo la luz tenue de la luna, las sombras de los árboles se alargaban sobre la tierra húmeda, y el aire, fresco y denso, arrastraba consigo el aroma de hojas, corteza y noche. Nada parecía fuera de lugar, y sin embargo, había una leve alteración en ese equilibrio que no pasaba desapercibida para quien sabía escuchar más allá de lo evidente.

Kaelith Varn avanzaba con paso firme, sin prisa pero sin distracción. Su presencia no perturbaba el entorno; más bien, parecía formar parte de él. Cada movimiento estaba medido, cada respiración acompasada con el ritmo del bosque. Era un hábito adquirido tras años de vigilancia constante, de responsabilidad asumida sin opción a rechazarla. Aquel territorio le pertenecía, no como posesión, sino como deber.

Fue entonces cuando percibió el cambio.

No fue inmediato ni brusco, sino una variación sutil en el aire, como una nota discordante en una melodía que hasta entonces había sido perfecta. Se detuvo, no por indecisión, sino por certeza. Algo no encajaba.

Inspiró con mayor profundidad.

El olor llegó con claridad.

Sangre.

Su expresión no se alteró, pero su atención se agudizó de forma instantánea. La sangre, en sí misma, no era motivo de alarma. El bosque estaba lleno de ciclos naturales que la incluían. Sin embargo, ese aroma no tenía la crudeza habitual de la caza ni la violencia reciente de un enfrentamiento.

Era distinto.

Más cálido.

Más cercano.

Y acompañado de algo que no lograba identificar de inmediato.

Frunció levemente el ceño, concentrándose. Había otra esencia mezclada en el aire, algo más tenue pero persistente, como un rastro que se negaba a diluirse. No era amenaza, y tampoco era familiar.

Aquello, más que inquietarlo, lo desconcertó.

No recordaba la última vez que algo en su territorio le resultara desconocido.

Sin perder más tiempo, desvió su rumbo y comenzó a seguir el rastro. Sus pasos se volvieron aún más silenciosos, si es que eso era posible, mientras se internaba en una zona más cerrada del bosque, donde la vegetación crecía con mayor densidad y la luz apenas lograba filtrarse entre las ramas.

A medida que avanzaba, el aroma se intensificaba.

Y entonces lo escuchó.

Un sonido débil, apenas perceptible, que lo obligó a detenerse una vez más. Permaneció inmóvil, atento, dejando que el silencio volviera a asentarse a su alrededor.

El sonido se repitió.

No era el ruido de un animal herido.

Era más suave.

Más frágil.

Y no era uno solo.

Esa certeza cambió algo en su expresión, aunque de forma casi imperceptible.

Continuó avanzando, esta vez con mayor cautela, hasta que finalmente apartó las ramas que bloqueaban su visión.

Lo que encontró al otro lado no encajaba con ninguna expectativa.

Una joven se encontraba arrodillada en el suelo, inclinada hacia adelante como si su propio cuerpo fuera lo único que mantenía con vida aquello que protegía. Su cabello oscuro caía desordenado sobre su rostro y sus hombros, ocultando parcialmente sus facciones. Su respiración era irregular, evidente incluso a la distancia, y su postura reflejaba un agotamiento que iba más allá de lo físico.

A su alrededor, dispuestos con evidente prisa, había cinco pequeños cuerpos envueltos en telas.

Kaelith permaneció inmóvil, observando la escena con una atención más profunda de lo habitual. No se trataba solo de sorpresa, sino de una dificultad real para encajar aquello dentro de lo posible.

Cinco.

La cifra, por sí sola, era suficiente para entender la gravedad de la situación.

Un nacimiento múltiple de ese tipo rara vez terminaba bien, incluso bajo condiciones controladas. Allí, en medio del bosque, sin asistencia, el hecho de que alguno de ellos respirara ya era, en sí mismo, extraordinario.

Y, sin embargo, no solo respiraban.

Seguían vivos.

El leve crujido de una rama bajo su peso rompió el silencio.

La reacción de la joven fue inmediata, aunque limitada por su estado. Alzó la cabeza con esfuerzo, y sus ojos, opacos por el cansancio, se fijaron en él con una intensidad que contrastaba con su evidente debilidad.

—No te acerques… —murmuró, apenas audible.

Kaelith no respondió de inmediato. La observó con detenimiento, evaluando cada detalle: la tensión en sus hombros, el temblor en sus manos, la forma en que su cuerpo parecía ceder lentamente pese a su intento por mantenerse firme.

Era evidente que no podría sostenerse mucho más tiempo.

—Si tuviera intención de hacerte daño —dijo finalmente, con voz baja y estable— no me habría detenido.

No había amenaza en sus palabras, solo una exposición clara de la realidad.

La joven lo miró en silencio. No había fuerza en ella para una reacción más contundente, pero tampoco apartó la mirada. Había algo en su expresión, una mezcla de desconfianza y resignación, que dejaba claro que comprendía la situación en la que se encontraba.

Kaelith dio un paso al frente.

Ella intentó retroceder.

Su cuerpo no respondió.

El movimiento fallido provocó un leve gesto de dolor en su rostro, pero no emitió sonido alguno.

Él se acercó lo suficiente como para observar a los cachorros con claridad. Se agachó con cuidado, apartando ligeramente una de las telas. El pequeño cuerpo que encontró debajo se movió débilmente, lo suficiente para confirmar lo que ya había percibido.

Vivía.

El resto no parecía en mejores condiciones.

Kaelith sostuvo la mirada unos segundos más antes de hablar.

—No sobrevivirán aquí.

No fue una suposición.

Fue una certeza.

La joven cerró los ojos un instante, como si ya hubiera llegado a esa conclusión mucho antes.

—Lo sé —respondió, sin alterar el tono.

Aquella respuesta eliminó cualquier posibilidad de interpretar la situación como una súplica implícita. No había petición en sus palabras, ni intento de convencerlo.




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