El vínculo oculto

Capítulo 2 — Bajo la ley de la manada

El camino de regreso se extendió más de lo que Kaelith habría permitido en cualquier otra circunstancia, no por la distancia en sí, sino por la carga que llevaba consigo y la necesidad de mantener un ritmo que no comprometiera aquello que, con cada paso, parecía pender de un hilo cada vez más frágil.

El bosque, que en otras noches le resultaba un entorno familiar y predecible, adquiría ahora una cualidad distinta. No era hostil, pero tampoco ofrecía la misma sensación de pertenencia. Tal vez se debía a la presencia de la joven inconsciente entre sus brazos, o al débil calor de los cinco pequeños cuerpos que apenas se movían, envueltos con el abrigo que él mismo había dispuesto. Aquella combinación de vidas vulnerables alteraba algo en el equilibrio que siempre había conocido.

Nyra apenas reaccionaba. Su respiración, irregular y superficial, obligaba a Kaelith a ajustar su atención de forma constante, verificando en intervalos cada vez más cortos que el leve ascenso de su pecho no desapareciera por completo. No había palabras para describir con precisión la sensación que eso le provocaba; no era exactamente preocupación en el sentido habitual, sino una forma más profunda de inquietud, una tensión que no encontraba alivio ni siquiera en el movimiento.

Los cachorros, por su parte, permanecían en un estado igualmente delicado. A ratos, alguno emitía un sonido apenas perceptible, más cercano a un reflejo que a una señal de fuerza real. Kaelith los sentía, uno contra otro, frágiles, dependientes de un calor que difícilmente sería suficiente por mucho más tiempo.

Aceleró el paso.

No era una decisión impulsiva, sino una necesidad evidente.

Cuando finalmente cruzó el límite invisible que marcaba el territorio de la manada, el cambio en el entorno fue inmediato, aunque no visible para ojos ajenos. La presencia de otros como él se percibía en el aire, en la densidad del ambiente, en la forma en que el silencio se organizaba alrededor de esa zona como si obedeciera una estructura definida.

No avanzó más de unos cuantos metros antes de sentir la atención sobre sí.

No era una sola.

Eran varias.

Algunas cercanas.

Otras más distantes.

Ninguna indiferente.

Una figura emergió entre los árboles con la calma de quien no necesita apresurarse para imponerse en una situación. Kaelith la reconoció incluso antes de verla con claridad.

Rhaegor.

Su presencia, firme y contenida, se detuvo a pocos pasos de distancia. No habló de inmediato. Su mirada recorrió la escena con detenimiento, deteniéndose primero en el rostro de Kaelith, luego descendiendo hacia la joven y, finalmente, hacia los pequeños cuerpos.

El silencio que siguió no fue casual.

Fue un espacio de evaluación.

—No es propio de ti traer lo desconocido al centro del territorio —dijo finalmente, con una voz que no buscaba confrontación, pero tampoco suavidad.

Kaelith no modificó su postura.

—No era una opción dejarlos.

Rhaegor mantuvo la mirada fija en él durante unos segundos más, como si midiera el alcance de esa respuesta. No cuestionó la veracidad de sus palabras, pero tampoco las aceptó sin reservas.

—Cinco —murmuró, observando a los cachorros—. Es inusual.

—Lo sé.

—Y peligroso.

Kaelith no respondió a eso. No porque no estuviera de acuerdo, sino porque la afirmación resultaba innecesaria.

El riesgo era evidente.

Siempre lo había sido.

Rhaegor exhaló lentamente, desviando la mirada por un instante hacia la oscuridad que los rodeaba, donde otras presencias se mantenían al margen, observando sin intervenir.

—Esto no quedará sin respuesta —añadió—. La manada lo verá como una amenaza, o como una carga que no eligió.

—La manada no decide sobre esto.

La frase no fue elevada ni impuesta. Fue dicha con una calma que la hacía aún más firme.

Rhaegor no replicó de inmediato. Había en su expresión algo cercano a la resignación, como si comprendiera que la decisión ya estaba tomada mucho antes de ese momento.

—Entonces tendrás que sostenerla —dijo al fin—. No todos estarán dispuestos a aceptarlo.

Kaelith asintió apenas, un gesto mínimo que cerró el intercambio.

No había más que discutir.

Continuó avanzando.

A medida que se adentraba en el territorio, las miradas se hacían más evidentes. Algunas figuras se mostraban parcialmente entre los árboles, otras permanecían ocultas, pero ninguna ignoraba su presencia. La noticia se propagaba sin necesidad de palabras, como una corriente silenciosa que recorría cada rincón del lugar.

Cuando alcanzó la zona central, la tensión se volvió palpable.

Varios miembros de la manada ya se encontraban allí, reunidos en pequeños grupos, observando con una mezcla de curiosidad, recelo y algo más difícil de definir. El murmullo comenzó antes incluso de que Kaelith se detuviera, un sonido bajo que crecía a medida que la realidad de lo que traía consigo se hacía evidente.

No se detuvo a explicaciones.

No ofreció justificaciones.

Cruzó el espacio con la misma determinación con la que había tomado la decisión en el bosque, ignorando las miradas que se posaban sobre él, hasta llegar a una de las estructuras destinadas a la atención de heridos.

El interior ofrecía el mínimo necesario.

Suficiente.

Depositó primero a los cachorros, uno a uno, con una precisión que contrastaba con la tensión que aún recorría su cuerpo. El contacto, breve pero inevitable, le permitió percibir con mayor claridad la fragilidad de cada uno de ellos.

Selka no tardó en entrar.

Su presencia, rápida y enfocada, se detuvo junto a los pequeños cuerpos sin necesidad de que se le dieran instrucciones. Sus manos se movieron con experiencia, evaluando, ajustando, corrigiendo lo que podía ser corregido.

Su expresión cambió apenas al comprender la magnitud de la situación.

No era incredulidad.




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