La noche no avanzó con la rapidez habitual.
Dentro de la estructura, el tiempo pareció adquirir una densidad distinta, como si cada instante se estirara más de lo necesario, obligando a quienes se encontraban allí a permanecer en un estado constante de espera. No era una quietud tranquila, sino una tensión sostenida, casi imperceptible en su inicio, pero imposible de ignorar a medida que los minutos se acumulaban.
Selka no se apartó de los cachorros más de lo imprescindible. Su concentración era absoluta, cada movimiento calculado para conservar el calor, estabilizar sus débiles respiraciones y evitar que el agotamiento natural de sus pequeños cuerpos terminara por apagarlos. Había improvisado con rapidez, utilizando todo lo que tenía a su alcance, pero incluso así, el margen de acción era limitado.
Kaelith permanecía de pie, apenas unos pasos detrás, sin intervenir. No era ignorancia lo que lo mantenía al margen, sino la comprensión de que cualquier acción incorrecta podía resultar más perjudicial que la inacción. Sin embargo, su atención no se encontraba únicamente en los cachorros.
Volvía, una y otra vez, hacia Nyra.
La joven no había recuperado la conciencia. Su estado no había mejorado de forma visible, pero tampoco había empeorado de manera abrupta, lo que, en esas circunstancias, resultaba casi una forma de resistencia. Su respiración continuaba siendo irregular, aunque más estable que antes, y el leve movimiento de su pecho era suficiente para confirmar que aún se aferraba a la vida.
Aun así, había algo más.
Una sensación persistente que Kaelith no lograba ignorar.
No era un olor.
No era un sonido.
Era una percepción distinta, más difícil de definir, como si una parte de su instinto estuviera intentando reconocer algo que su mente aún no comprendía. No era amenazante, pero tampoco familiar.
Y estaba ligada a ella.
Desvió la mirada por un instante, tensando levemente la mandíbula, como si el simple acto de reconocerlo fuera suficiente para volverlo más real.
No le gustaba no entender.
Nunca le había gustado.
El murmullo del exterior, que en un inicio había sido apenas un fondo distante, comenzó a adquirir mayor claridad. Voces bajas, contenidas, pero cargadas de una intención que ya no podía confundirse con simple curiosidad. La noticia se había extendido, y con ella, las opiniones.
No todas eran favorables.
Rhaegor fue el primero en entrar nuevamente, su presencia marcando un cambio sutil en el ambiente. No hizo ruido innecesario, pero su sola aparición bastó para que Selka levantara la vista un instante, evaluando sin palabras la situación.
—Se están reuniendo —dijo, sin rodeos.
Kaelith no se movió.
—Era esperable.
Rhaegor avanzó unos pasos más, deteniéndose a una distancia prudente. Su mirada se desvió hacia Nyra y luego hacia los cachorros, como si buscara confirmar por sí mismo que nada había cambiado de forma drástica.
—No será una conversación simple —añadió—. Hay inquietud.
Kaelith no necesitaba que se lo explicaran.
Podía sentirlo.
—¿Quién ha hablado primero?
—Varek.
El nombre no pasó desapercibido.
Kaelith giró levemente la cabeza, lo suficiente como para que su atención se centrara en Rhaegor con mayor claridad.
—Era previsible —murmuró.
Varek no era impulsivo, pero tampoco toleraba lo que consideraba una alteración innecesaria del orden. Para él, la estabilidad de la manada no admitía excepciones.
Cinco cachorros desconocidos.
Una hembra al borde de la muerte.
Traídos sin consulta previa.
No había forma de que aquello fuera bien recibido.
El silencio que siguió no fue incómodo, sino denso. Cargado de implicaciones que no necesitaban ser expresadas.
Selka volvió a concentrarse en su tarea, aunque su atención parecía dividirse ahora entre lo que ocurría dentro y lo que comenzaba a tomar forma fuera.
—Si interrumpen ahora, no podré hacer nada por ellos —dijo finalmente, sin apartar la mirada de los pequeños cuerpos.
No era una queja.
Era una advertencia.
Kaelith asintió.
—No lo harán.
No explicó cómo pensaba evitarlo.
Pero en su voz no había duda.
Rhaegor lo observó unos segundos más, como si evaluara la firmeza de esa afirmación. Luego, sin añadir nada, se apartó ligeramente hacia la entrada, adoptando una posición que, sin ser abiertamente defensiva, dejaba claro que no permitiría un acceso indiscriminado.
El ambiente volvió a sumirse en una tensa quietud.
Fue entonces cuando ocurrió.
Al principio, fue tan sutil que habría pasado desapercibido para cualquiera que no estuviera completamente atento.
Un cambio en la respiración de Nyra.
Kaelith lo percibió antes incluso de procesarlo de forma consciente. Su mirada se dirigió hacia ella de inmediato, enfocándose en el leve movimiento de su pecho, en la forma en que sus labios parecían tensarse apenas.
Un segundo después, su mano se movió.
No fue un gesto amplio ni consciente, sino una reacción débil, casi involuntaria. Sus dedos se cerraron levemente sobre la superficie en la que descansaban, como si intentara aferrarse a algo que no podía ver.
Selka lo notó también.
Se inclinó hacia ella, observando con mayor atención.
—Está reaccionando…
No terminó la frase.
Porque en ese mismo instante, los ojos de Nyra se entreabrieron.
No fue un despertar completo. Su mirada estaba desenfocada, perdida entre la conciencia y el agotamiento. Pero era suficiente.
Kaelith dio un paso al frente sin darse cuenta.
Algo en su interior respondió de inmediato a ese cambio.
Una tensión que no era amenaza.
Que no era alerta.
Era… otra cosa.
Más profunda.
Más directa.
Nyra intentó inhalar con mayor fuerza, pero el esfuerzo fue evidente. Su cuerpo no estaba listo para sostenerla, y aun así, había una urgencia en ese gesto, como si algo la empujara a volver.