La oscuridad en los confines del bosque siempre olía a lo mismo: tierra mojada, testosterona y el peligroso aroma metálico de la sangre fresca.
En el interior de la cabaña en ruinas, el ambiente quemaba. Muriel observaba al patrullero Wulver encadenado a la columna. Estaba desnudo de cintura para arriba, con los músculos tensos, cubierto de sudor y jadeando bajo la mirada lasciva de Lesly, que jugaba con el filo de una daga rozando su abdomen.
—Te lo volveré a preguntar solo una vez más, cachorro —susurró Muriel, acercándose tanto que sus labios casi rozaron la oreja del lobo—. ¿Dónde se esconde mi hijo Marcus? Hace un año que huyó tras traicionar a su propio padre.
—No... no lo sabemos —escupió el prisionero—. Desapareció el día de la batalla. Jamás volvió.
Lesly soltó una risa ronca, una caricia llena de malicia, mientras enredaba sus dedos en el cabello del hombre y tiraba de él hacia atrás, exponiendo su cuello.
—Marcus no huiría por cobardía, Muriel —provocó Lesly, humedeciéndose los labios—. Es un maldito alfa. Un macho dominante. Solo se marcharía si tuviera una debilidad... o un secreto demasiado jugoso.
Muriel entrecerró los ojos. Recordó el final de la batalla. Recordó a Marcus, salvaje y fuera de sí, cubriendo con su propio cuerpo a aquella joven Dearg. Recordó la mirada de su hijo: una mezcla de posesividad animal y un hambre tan oscura y devastadora que solo significaba una cosa. La pareja de destino.
—Eilis... —pronunció Muriel, y el nombre de la vampiresa sonó como una maldición pecaminosa—. Ella sigue viva en el poblado, ¿verdad?
El parpadeo del prisionero la delató. Muriel sonrió con una crueldad felina.
—Vaya, vaya... Así que la muerdes para salvarla, le das a beber tu sangre y luego la abandonas. Qué poético. Apuesto a que esa pequeña Dearg se está consumiendo de abstinencia, ansiando el calor y el fluido vital que solo el cuerpo de Marcus puede darle.
Lesly apretó el agarre, rozando sus colmillos contra la piel del herido, ansiosa por morder.
—¿Lo mato? —jadeó Lesly.
—No. Déjalo ir —ordenó Muriel, dándose la vuelta—. Quiero que regrese arrastrándose a su clan. Quiero que le lleve un recado a la muñequita de mi hijo.
Muriel clavó su mirada en la penumbra, prometiendo fuego y sumisión.
—Dile a Eilis que Muriel ha vuelto. Y que cuando le ponga las manos encima, voy a usar ese lazo de sangre para hacer que Marcus se ponga de rodillas. Voy a destrozar al alfa cobrando el precio de su traición en la piel de lo único que su cuerpo y su alma desean poseer.
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Editado: 07.07.2026